Adelante, Marco

Adelante, Marco

Elsa

31/05/2026

ADELANTE, MARCO

        Aún es temprano cuando el muchacho se despierta, sus ojos contemplan las pesadas cortinas de terciopelo que le protegen de la humedad todas las noches. Mira hacia arriba y su mirada se detiene un instante en los dibujos adamascados de la tapicería del dosel. Un cosquilleo le recorre la base de la espalda y serpentea hasta la nuca, allí donde su pelo se recoge en una pequeña coleta. Ha pasado la noche inquieto, entre sábanas revueltas; ni siquiera el suave golpeteo del agua contra la escalera de la casa, que a menudo le resulta soporífero, le ha relajado esta noche. Así que salta de la cama y, con la escasa luz que se cuela por entre los gruesos cortinones de paño marrón, se viste y calza con premura. Hoy es el día, piensa, y resopla. Bajo su incipiente bigote el labio superior suda en forma de pequeñas gotas, que se depositan de manera aleatoria en el vello suave y oscuro de sus recién estrenados quince años. En el corredor que conduce a la empinada escalera, la luz atraviesa la vidriera y le acompaña escaleras abajo como un crisol de colores. El muchacho se detiene un momento para ajustarse la zapatilla derecha y, a través de un mechón de pelo rebelde, que se escapa de su habitual recogido, contempla el dibujo del vidrio soplado: sobre un fondo cobalto, ribeteado de verde y magenta, una galera enfrenta las olas blancas. El sol de la mañana ilumina las zapatillas de fieltro del joven que, por momentos, se tornan azules y rojizas. A sus pies, él contempla las gastadas velas dispuestas en la escalera, entre el hueco de la alfombra y la pared: blancas, ordenadas y apagadas, como una hilera de religiosas en el claustro de un convento. Despacio y en silencio, desciende hacia el primer piso, pero el ansia le urge y, de un salto, libra los tres últimos peldaños. Piensa, con acierto, que la mullida alfombra que abriga la piedra ambarina de la escalera amortiguará el ruido. El corazón le rebota en el pecho y nota las axilas húmedas bajo la camisa. Es la primera vez que desafía el orden natural de la casa para escabullirse, sin permiso, de la rutina impuesta por su querida tía Flora. A pesar de los nervios, el estómago le ruge y le conmina a modificar sus planes de huida y adentrarse en la cocina. Allí aprovecha un descuido de la cocinera, que, levantada desde el alba, trastea en la despensa, para hacerse con un panecillo aún caliente y un trozo de queso. Sabe que, si se lo pidiese, Beatrice le serviría un desayuno abundante con sus fornidos y curtidos brazos sicilianos, pero necesita darse prisa; así que vuela por el entramado de callejuelas y puentes hacia los muelles del Gran Canal para ver partir los barcos que culminan la estiba a primeras horas de la mañana, antes de su lección diaria de letras. Hoy es jueves y le toca latín. No le disgusta la lengua, pero lo que de verdad le apasiona—lo que hace que un gorgojeo extraño le recorra el esófago hasta la comisura de los labios y silbe por entre el hueco de sus dos incisivos centrales—es la geografía.

        Ya se lo dijo su tía Flora años atrás, al descubrirle absorto mientras contemplaba el portulano de Venecia en la Dogana da Mar: Venecia se te queda pequeña.

      Su tía, con su mirada atenta y observadora: puño de hierro en guante de seda. Seda, como ese paquete que enviaron a casa su tío y su padre hace ya varias temporadas; esa tela azul, profunda como las aguas de la laguna, con brocado de oro, que tanto le gustó. El muchacho no puede olvidar la expresión en la cara de la mujer cuando abrió el envoltorio rugoso del paquete. Una sonrisa pequeña, apenas imperceptible, se dibujó en su templado rostro al sujetar la tela entre sus manos a la luz de la ventana de la biblioteca. Era el tejido más fino, brillante y suave que había visto jamás. Es como la piel de un ángel; un ángel de Oriente, le dijo su tía. El muchacho rozó con manos temblorosas de emoción la tela. La pulsión por la aventura le llamaba como un canto de sirenas. ¿De dónde viene semejante belleza? ¿Qué manos son capaces de hacer esto? Oriente, solía susurrar, y evocaba el recuerdo del tacto de la seda, mientras la palabra le acompañaba noche y día. Fuera, el aire de la tarde era espeso, y el vapor subía por el canal contiguo a la casa, voluptuoso, hasta las persianas bajadas, para rebosar en forma de miles de gotas de agua condensadas en los barrotes de las ventanas. Eran las seis de la tarde y la iglesia de San Lorenzo retumbaba bajo los sonidos impulsivos e irregulares de sus tres campanas.      

      Hoy es el día, pero aún no es la hora, se repite ese mismo muchacho mientras apresura el paso por el Canalazzo. El camino no es fácil; se negocia cada día en medio del ajetreo frenético de la vida del puerto. Le gusta situarse al final, justo al límite, para ver partir los barcos hacía la apertura de la laguna y más allá, según recuerda del mil veces visto, mil veces memorizado plano de Venecia, hacía el Adriático. Se suele sentar cerca del agua y cerrar los ojos. Juega a un juego desde niño: intenta distinguir cada sonido en la algarabía, el chapoteo del agua, los golpes de las maromas sobre la cubierta de los barcos, el chirrido de las poleas y el crujir de los mamparos cuando los barcos escoran para recibir, hambrientos, la carga de la estiba. Todo ello, mezclado con los gritos, silbidos y canciones de los marinos. ¿Cómo será navegar y dejar atrás lo conocido? ¿Cuál será entonces la referencia en medio del ancho mar, bajo la dirección de las estrellas y siempre atento al rumbo del compás? Las preguntas que se ha hecho desde hace años hoy cobran un sentido más hondo, más profundo y, a la vez, más superficial; afloran desde dentro como un latido que le apremia por conseguir todas las respuestas. De todas ellas, la que más le intriga es saber cómo serán las gentes de otros lugares. ¿Sentirán lo mismo? ¿Qué comerán, cuáles serán sus preocupaciones? En su interior alberga una necesidad, un anhelo, por conocer aquello que su tía ha alimentado año tras año con los libros de la biblioteca y, por supuesto, con las noticias de su tío y su padre. Su padre: en ese instante, esa palabra se reduce al desconcierto de lo desconocido. No hay nada tangible que lo una a él, sino por la tierna lectura de las notas finales de sus cartas en la voz de su querida tía Flora. Un olor fuerte a sardinas fritas le recuerda que hace ya tiempo que el queso se le ha quedado escaso y, muy a su pesar, decide volver. El sol ha cambiado de posición en el cielo de Venecia y él no quiere enfadar a su tía. Al franquear la puerta, la camisa se le pega a la espalda y comer algo más se ha vuelto una necesidad. Beatrice sale a su paso desde la cocina.

       La signora le espera. Está con un signor en la biblioteca —le dice, mientras le acerca un panecillo untado con miel, pasas y piñones.

       Entonces lo sabe, nota de nuevo el cosquilleo en su espalda, sube la escalera de su infancia hacia la aventura, hacia lo desconocido. De un bocado engulle el panecillo y la miel, con un ligero matiz a canela, explota en su paladar mientras sus pensamientos se atropellan en la cabeza: las noticias de hace un mes que anunciaban la llegada, el encuentro con su sangre, la respuesta a tantas preguntas que se ha hecho desde niño, la promesa de que regresaría. Justo antes de entrar, frente a la puerta labrada con el escudo de la familia de su tía, se recompone e intenta controlar el temblor involuntario de sus manos. Es la hora: el tañido de las campanas anuncia las doce del mediodía. Marco resopla, cierra los ojos y, con un movimiento mecánico mil veces repetido, se ajusta el lazo de su coleta para, después, llamar con energía a la puerta. Del otro lado, como salida del fondo de una gruta, cavernosa, profunda, pero cálida a la vez, oye una voz de hombre que le dice:

       Adelante, Marco.

       Elsa Pérez

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