No me gustaba verla en aquella silla. Ni antes ni ahora.
La rigidez de su cuerpo empezaba a delatar su estado.
Tengo que reconocer que no me resultó fácil. Era la primera vez que hacía algo así, y me temo que no sería la última.
Afuera, una tormenta quebraba el silencio de la casa.
Decidí que lo mejor sería tumbarla sobre la gran mesa central. A pesar de su reducido tamaño, la tía era difícil de manejar. Con mucho esfuerzo conseguí colocarla.
Entonces llegó lo peor: introducir el cuerpo en una de esas bolsas de basura negras que usan en la comunidad.
La maldita anciana estaba lista para emprender su último viaje.
Los últimos días habían sido duros, pensando en cómo llevarlo a cabo. En mi cabeza se repetían frases sueltas, inconexas. Pensaba en la cantidad de ancianos que se ahogan con su propia medalla, en aquel collar de perlas que parecía tener tantos años como ella, en el café… ese asesino invisible que mata poco a poco…
Entonces llamaron a la puerta.
-¿Está preparada la muerta?-preguntó mi compañero de fatigas.
Y salió por la puerta, envuelta en su mortaja de plástico negro, camino de la que sería su última función.
Al terminar, volvería a descansar dentro de una caja, bajo el escenario.
Quién sabe si algún día tendríamos que resucitarla otra vez.
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