Yo soy la angustia, y no llego como un estruendo ni como un gesto teatral que te permita anticiparme, porque mi manera de aparecer es más íntima y más cruel, como una revelación que no pide permiso y que se instala en el centro de tu respiración hasta volverla pesada, irregular, casi consciente de sí misma, y cuando finalmente te obligo a advertirme no lo hago desde un afuera reconocible sino desde ese territorio donde tus pensamientos dejan de obedecerte y empiezan a decir verdades que preferirías no haber sabido nunca.
No nací para arruinarte, aunque todo en mí parezca orientado a ese fin, sino que soy la consecuencia inevitable de aquello que alguna vez te animaste a amar sin medida, de cada instante en el que creíste que algo podía quedarse, de cada promesa silenciosa que hiciste sin palabras y que el tiempo, con su lógica despiadada, no tuvo intención de respetar, de modo que mi existencia no es un error sino una continuidad, una forma torcida pero fiel de todo lo que en vos fue intenso, verdadero, irrepetible.
Me extiendo en tu cuerpo como una certeza que no puede ubicarse del todo pero que tampoco se puede ignorar, porque no tengo forma definida y sin embargo peso, no tengo nombre preciso y sin embargo me reconocés, y en ese reconocimiento empiezo a desarmarte con una lentitud que desespera, haciendo de cada recuerdo una herida abierta, de cada ausencia una presencia insoportable, de cada silencio una voz que insiste en repetirte aquello que ya no tiene remedio, como si el pasado no se resignara a ser pasado y eligiera sobrevivir en vos como una insistencia.
No me limito a doler, porque el dolor es apenas una superficie de lo que soy, sino que atravieso, separo, expongo, y en ese proceso convierto tu interior en un paisaje donde todo parece a punto de quebrarse sin llegar a romperse del todo, como si mi tarea fuera mantenerte en ese borde donde la caída nunca se consuma pero tampoco se detiene, obligándote a habitar una tensión constante entre lo que fue y lo que ya no puede volver a ser, entre lo que deseás y lo que sabés que no va a ocurrir.
Soy la prueba de que hubo algo que no pasó en vano, porque si no hubiera existido aquello que te marcó, yo no tendría razón de ser, y es por eso que resulto tan insoportable y tan necesaria al mismo tiempo, ya que no puedo ofrecerte alivio pero tampoco puedo mentirte, no puedo devolverte lo perdido pero sí puedo impedirte que lo reduzcas a un simple recuerdo sin peso, y en esa fidelidad feroz a lo que fue es donde radica mi forma más profunda de habitarte.
No intentes arrancarme de vos como si fuera un cuerpo extraño, porque cada intento de expulsión no hará más que arraigarme con mayor fuerza, ya que yo soy, en definitiva, la manera en que tu propia historia se resiste a ser olvidada, la forma en que lo vivido exige seguir teniendo un lugar aun cuando duela, aun cuando desgarre, aun cuando te deje sin palabras frente a una evidencia que no admite consuelo.
Y si alguna vez mi voz se apaga, si dejo de recorrer tu interior con esta persistencia que ahora te resulta insoportable, no creas que habrás encontrado una victoria definitiva, porque mi desaparición no es la paz sino otra cosa más cercana al vacío, una quietud donde ya no habrá grietas pero tampoco profundidad, donde nada dolerá pero nada importará lo suficiente como para dejar marca, de modo que mientras yo exista en vos, mientras te atraviese con esta intensidad que a veces sentís como un castigo, hay todavía algo que resiste, algo que insiste, algo que, aun desgarrado, se niega a desaparecer.
OPINIONES Y COMENTARIOS