Manuscritos de Aram

Manuscritos de Aram

Josué Mares

16/04/2026

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Al estudioso Alejandro Ferri le fue encomendada, en el otoño de 1987, la tarea de catalogar los manuscritos que el difunto orientalista Víctor Holz había legado a la Biblioteca Nacional. Entre aquellos papeles —la mayoría cartas sin destinatario y textos traducidos de idiomas que no supo reconocer— encontró un cuaderno sin fecha cuya primera página rezaba, con letra pulcra y diminuta: Transcripción fiel de la conversación sostenida en el Desierto de Aram, entre el autor de estas líneas y un hombre cuyo nombre no conviene registrar.

Ferri leyó el cuaderno esa misma noche. Lo que sigue es, con algunas omisiones inevitables, lo que el cuaderno decía.

Holz llegó al desierto por accidente o por necesidad —él mismo nunca lo determinó con claridad. El camino se había bifurcado en un punto que no figuraba en ningún mapa, y eligió, como eligen los hombres cansados, la dirección que prometía sombra. Al cabo de una hora encontró a un hombre sentado sobre una piedra que tenía un no sé qué. Parecía anterior a las piedras.

—¿Está usted perdido? —preguntó Holz.

—Estoy escrito —respondió el hombre.

Holz se sentó frente a él. El sol era una hipótesis. La arena, por momentos, un argumento. No supo cuál de los dos le incomodaba más.

—¿Escrito por quién?

El hombre pareció considerar la pregunta, como si no fuera nueva.

—Por usted —dijo al fin—. O por alguien que todavía no decide del todo qué hacer conmigo. A veces dudo de mi continuidad.

Holz no lo había notado. Dudó entonces, casi con torpeza, y creyó ver que el hombre se desvanecía un instante, como una palabra mal recordada.

—¿Qué soy yo, entonces?

—Eso depende —dijo el hombre—. Usted prefiere llamarse autor. Es una costumbre respetable. Y también, si me permite decirlo, es una comodidad.

Holz sonrió, pero no estaba seguro de haber entendido.

—Si yo soy el autor, puedo terminar esta conversación cuando quiera.

—Puede intentarlo.

Holz no la terminó.

—¿Por qué existe este desierto? —preguntó en cambio.

El hombre recogió un puñado de arena y lo dejó caer.

—Para esto —dijo—. Para que puedas hacer preguntas como esta sin interrupción. No todos los lugares son buenos para las preguntas. Algunos tienen demasiadas respuestas.

El viento movió la arena en espirales que formaban brevemente letras, o quizá Holz imaginó que las formaban. La diferencia, pensó, no era tan evidente como le hubiera gustado.

—¿Y usted? ¿Por qué existe usted?

El hombre sonrió con una cortesía casi fatigada.

—No estoy seguro de existir. Pero si existo, es por esa pregunta. No por mí.

Holz guardó silencio. Había algo perturbador en la conversación, pero no era un temor claro; se parecía más al reconocimiento. Un recuerdo sin imagen. Un presentimiento. 

—Entonces —dijo finalmente—, si usted es mi pregunta, ¿cuál es la respuesta?

—Tal vez ya la oyó —dijo el hombre—. O tal vez no hay diferencia entre oírla y buscarla.

Holz frunció el ceño.

—Eso es una evasión.

—Podría ser —admitió el hombre—. El lenguaje tiene esa mala costumbre. Rodea las cosas tan bien que a veces uno confunde el rodeo con la llegada.

El sol comenzó a declinar. La piedra proyectaba una sombra que no correspondía a su forma, o que Holz no supo reconocer.

—¿Seguirá usted aquí cuando me vaya? —preguntó.

—Seguiré mientras esta conversación no se cierre —dijo el hombre—. Después, no lo sé. No recuerdo haber estado en otro lugar, pero eso no prueba nada.

Holz se puso de pie. La arena estaba fría de un modo que no correspondía a la hora.

—Una última pregunta —dijo.

—Las últimas preguntas suelen repetirse —respondió el hombre—. Pero intente.

—¿Sabe usted si yo existo?

El hombre lo miró con una seriedad que no terminaba de cuajar con sus facciones.

—Sé que alguien insiste en usted —dijo—. A veces con bastante empeño.

Holz esperó algo más, pero no hubo nada.

Ferri terminó de leer el cuaderno pasada la medianoche. Lo cerró, lo dejó sobre el escritorio, y encendió un cigarrillo. Afuera, la ciudad se mojaba con el agua de la lluvia que caía con fuerza, como cuando tiene prisa.

Había dado una doble lectura y, después de eso, concluyó que al final no era más que una historia apócrifa, o peor: innecesaria. Pensó que Holz la había copiado de algún texto oriental o inventado en un momento de ocio. Pensó también —y este pensamiento le incomodó más de lo que estaba dispuesto a admitir— en la posibilidad de que ese lugar existiera. Si era así, algo tendría que hacer para encontrarlo. Demasiada responsabilidad. 

No durmió bien esa noche. Soñó con Holz, a quién en realidad nunca había visto. 

El cuaderno, al día siguiente, no estaba en el escritorio.

Ferri no lo buscó.

Nunca lo mencionó en el catálogo.

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