VIVIENDO MI AUSENCIA

VIVIENDO MI AUSENCIA

Anisa

11/04/2026

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Enferma, enfrentando la varicela después de los 40, ansié morir antes que sanarme. Las vejigas se extendieron hasta las partes más ocultas de mi cuerpo; la fiebre me azotaba sin tregua, mientras que los huesos empezaron a estorbarme, como si no fueran míos.

Ducharme se convirtió en una tortura: las pequeñas chispas de agua eran como una cascada de alfileres cayendo sobre mi piel. Lo peor era la soledad; no había nadie que confirmara que seguía con vida.

Después de una semana, casi a rastras, con lo poco que quedaba en la nevera, preparaba un remedo de comida cuando un frío insoportable me recorrió de pies a cabeza. La franela se volvió traslúcida; a pesar del frío, sudaba a mares. Algo en mí comenzó a ceder.

Sosteniéndome de las paredes, llegué hasta el lavabo del baño. Allí, en el espejo, vi un rostro verdoso que no reconocí: labios amoratados, ojos perdidos.

Y entonces ocurrió.

Sentí cómo una parte de mí se desprendía y se elevaba, ligera, hasta quedar suspendida a casi dos metros del suelo. No caí en la inconsciencia: me dividí.

Yo seguía en el cuerpo…
y, al mismo tiempo, flotaba sobre él.

Desde arriba, observaba mis manos aferradas al lavabo. Pero, en el espejo, esa figura seguía mirándose, ajena a mi presencia. No era un reflejo: era otra versión de mí, fija en su propia percepción, incapaz de notar que ya no estaba completa.

Comprendí entonces que no era una separación simple, sino una superposición: dos estados ocurriendo al mismo tiempo.

La que flotaba no sentía dolor.
La que permanecía en el cuerpo apenas podía sostenerse.

Cuando las rodillas de mi cuerpo se doblaron y cayó al suelo, yo no caí con él. Permanecí arriba, suspendida, observando cómo se encogía en posición fetal, cómo cerraba los ojos, cómo el sufrimiento lo consumía.

Y no quise volver.

Allá arriba no había fiebre, ni peso, ni límite. Solo conciencia: clara, silenciosa, libre.

Pero algo tiraba de mí desde abajo. No era el cuerpo en sí, sino la versión de mí que aún lo habitaba, como si reclamara su continuidad.

Entonces lo entendí: no se trataba de subir o bajar, sino de cuál de las dos sostendría la realidad.

La que observa…
o la que sufre.

Ambas existían, pero no podían permanecer separadas para siempre. En algún punto, una debía imponerse. No por fuerza, sino por necesidad.

No recuerdo haber descendido.
No recuerdo haber elegido.

Solo sé que, en algún instante, dejé de estar arriba.

Desperté en el suelo, dentro del cuerpo, débil, pero viva.

Con esfuerzo, logré levantarme y llegar hasta la cama. Los días siguientes mejoré poco a poco: la fiebre cedió, la piel sanó. Todo volvió a su lugar.

O casi todo.

Porque, desde entonces, cada vez que me miro en el espejo, siento que algo no coincide.

Como si la que observa… siguiera allá arriba.

Como si nunca hubiera bajado del todo.

Y esta versión de mí —la que habla, la que respira, la que habita este cuerpo—
fuera solo la que quedó cuando la realidad se cerró sobre una de las dos.

No la que eligió…

sino la que fue elegida.

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