Tienes un dolor de cabeza equivalente a tres cubatas con el estómago vacío, y la incansable cháchara de tu yo del pasado, al que has atado a una silla como último recurso para evitar que huya, no contribuye a mejorar la situación.
Te fijas en él: ese yo con todo el pelo en la cabeza, quince kilos menos, tan confiado de que la vida le sonreirá eternamente… Y tan pesado, ¿de verdad hablaba tanto?
—¿Te puedes callar un rato? –dices dando un golpe en la mesa. No quieres ponerte violento contigo mismo, pero es que te está volviendo loco.
Tu yo se calla, te mira con sorpresa. Sí, es posible que eso de golpear objetos no lo hicieses antes. Por lo visto eras un plasta, pero un plasta tranquilo. Está claro: otra de las consecuencias de tus diez años con Sandra.
—Qué chungo soy en el futuro, ¿no? –te contesta bajando el tono—. ¿Quieres que me calle? ¿Para qué has venido entonces?
—Ya te lo he dicho —le dices acuclillándote frente a él, tratando de mantener la calma—: quiero que cortes con Sandra, no te conviene. Te va a engañar, te va a volver loco, acabarás desesperado por librarte de ella.
Te vuelve a explicar lo mismo de antes: que si el pasado no se puede cambiar, que cómo después de haber leído tanta ciencia ficción no entiendes las paradojas temporales, que si el hecho de que tú estés con Sandra en tu presente significa que no lograrás convencerlo, que si bla, bla, bla… Sí, decididamente de joven eras muy pesado. Termina su discurso como lo hizo un rato antes: pidiéndote que le sueltes y te largues, porque en una hora ha quedado con Sandra para tomar el vermú y, seguramente, después del vermú venga lo otro, y que bla, bla, bla… Lo otro. Sí, en eso Sandra no tiene igual, posiblemente ese es el único motivo por el que sigues con ella. Suspiras, cansado, y le repites que la paradoja Lem-Kandowsky (anda que no sudaste para entenderla) determina que, cuánticamente, sí es posible cambiar el pasado, y que haga el favor de dejar a esa mala pécora y le tire los trastos a Julia, que es la mujer que realmente le conviene. Y él, erre que erre con Sandra y el vermú. Pero, al final del rollo que te suelta, te dice algo que despierta tu interés:
—¿Por qué no me dejas en paz y te largas a hablar con tu tú del futuro? —pregunta mientras trata de aflojarse las ataduras.
—¿Qué quieres decir? —Por fin algo que te interesa.
Te pide que vayas a verte, que a lo mejor las cosas con Sandra se arreglan en el futuro. No parece mala idea, pero no sabes si podrías hacerlo, porque sabes cómo viajar al pasado, pero no al futuro. Y eso te hace recordar el momento, apenas un mes antes, en el que todo empezó…, lo que no hace más que redoblar el dolor de cabeza.
Sandra había quedado con unas amigas, y tu estabas tirado en el sofá viendo una serie. Tratabas de imaginar cómo convertirte en distribuidor de metanfetamina, como hacía el protagonista, cuando decidiste que necesitabas una cerveza. Una cerveza y otra pareja, pero lo de la cerveza parecía más fácil. Te fuiste a la cocina, pero al abrir la puerta de la nevera allí no había ni cervezas, ni yogures ni la berenjena ecológica mohosa que Sandra no se decidía a cocinar. En su lugar había una imagen del parque de al lado de casa. Cerraste de un portazo, y tras concluir que las dos cervezas anteriores no podían ser las culpables de aquello, volviste a abrir. Y sí, allí estaba de nuevo. Y no, no era una imagen, era un portal a otro tiempo. Aquel quiosco de helados que se veía en el parque, retirado por el ayuntamiento hacía más de diez años, era la prueba. Joder, era como en las pelis, como en los libros sobre viajes temporales que devorabas de chaval. Así que, con la ligereza de las dos cervezas, hiciste como aquel personaje de Stephen King que trataba de enderezar la historia. Y te metiste dentro de la nevera para explorar por primera vez aquella otra realidad. Tras unas semanas de idas y venidas al pasado, de investigación y estudio, y de comprobar que solo tú podías hacerlo (Sandra seguía viendo la berenjena y parecía empeñada en dejar que se pudriese), la paradoja Lem-Kandowsky te convenció de que tu sobrenatural frigorífico te ayudaría a solucionar tus problemas con Sandra.
Y aquí estás de nuevo, con la cabeza pulsando salvajemente, sin una aspirina, y tratando de pensar cómo podrías hacer para visitar a tu yo futuro. Porque, ¿y si el mentecato este atado a la silla, que alguna vez fuiste tú, tiene razón?
Lo que aún no puedes saber es que, esa anomalía que se apoderó de tu cocina, se hizo fuerte, no solo en la nevera, sino también en el horno. Tardarás apenas unas semanas en encontrar ese otro portal. Lo harás otra noche que Sandra ha salido al cine, cuando decidas hacerte una pizza congelada. Descubrirás asombrado que lleva al futuro, y también que es mucho más difícil meterse en un horno que en una nevera. Y tampoco sabes todavía, ¿cómo vas a saberlo, si aún no lo has hecho?, que visitarás a tu yo futuro; que no está ni con Sandra, ni con Julia, pero que vive a tutiplén gracias al imperio de distribución de metanfetamina que se ha montado.
Todo eso todavía no lo sabes, pero ahora, unas semanas antes de descubrirlo, decides que no soportas más el dolor de cabeza.
—¿Tienes aspirinas? —le preguntas a tu yo pasado, que sigue intentando soltarse de las ataduras.
—Pues no, aspirinas no. Pero tengo antibiótico, antihistamínico, mercromina, …
—¿Y alguna cerveza en la nevera? —le cortas.
A lo que asiente, perplejo.
—Pues venga, deja que te suelte, que a esta invito yo.
Cuánto cuento cuántico
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