La máscara de la lucidez

La máscara de la lucidez

salazarcuicar

06/04/2026

Durante los últimos 6 meses su padre se fue deteriorando. Su aspecto demacrado y la delgadez que había adquirido contrastaban con la corpulencia y la jovialidad que una vez tuvo. Él lo veía poco. Vivían en ciudades distintas y su trabajo tampoco le permitía visitarlo con más frecuencia. Su padre atribuía su propio adelgazamiento a que ahora caminaba por las mañanas y a que comía más sano. Él quiso creerle, aunque algo dentro de sí mismo le decía que algo pasaba con su padre.

Lo cierto es que muchos celebraban que estuviera más flaco. El padre trató de mantener su espíritu vivaz, extrovertido, un tanto dicharachero y esa lucidez mental que lo caracterizaron toda la vida, pero por dentro algo sí pasaba. La muerte de su hermano pocos meses atrás; tener que lidiar con la policía para lograr la captura de los asesinos, en la que prácticamente él hizo la investigación y hasta llevó a la policía al sitio donde se escondían. El tener que ir a juicio, testificar y todos los problemas que conllevan estas situaciones estaban pasando factura en su organismo. Todo esto le estaba carcomiendo el alma, muy lenta y silenciosamente.

Finalmente, el padre enfermó. No parecía nada grave; sin embargo, no caminaba bien y decidió utilizar un bastón que tenían en la casa, ya que hacía veinte años que había tenido un accidente y lo usaba durante la rehabilitación.

Él lo llamó para preguntarle cómo se sentía. El padre, como siempre, le dijo que estaba muy bien, que ya estaba bastante mejor y que solo con reposo y quizás con terapia se resolvería; sin embargo, también le preguntó cuándo vendría a visitarlo. Respondió que pronto, pero no prestó atención adicional porque creía que estaba bien. Sus propios problemas terrenales le impidieron oír los gritos de auxilio de su progenitor.

El médico examinó al padre y concluyó que no tenía nada grave. Le recetó terapia y unas pastillas para que todo volviera a la normalidad. Pasados los días, nada mejoraba. Ya no era un bastón que usaba, sino que no podía caminar. El médico no encontraba explicación y sugirió que lo llevaran a un psicólogo.

A pesar de esto, el padre manifestaba constantemente que se encontraba bien de salud, que quizás la vieja herida del accidente era la que le estaba causando problemas en ese momento.

El psicólogo habló con el padre, pero literalmente hablaron. Parecía que dos amigos se habían encontrado en el banco de la plaza y empezaron a conversar sobre política, literatura y hasta deportes. No encontró ningún problema; todo lo contrario, alabó su erudición y su don de palabra.

El hijo se sentía tranquilo. Tenía la sensación de que los males del padre quedarían atrás. No sintió necesidad de emprender el viaje para visitarlo, porque ya lo creía mejor; además, el hijo tenía mucho trabajo para ir a verlo, aunque siguió llamándolo dos o tres veces por semana. Cuando hablaban, el padre se mostraba muy elocuente y contento. No revelaba ningún problema; sin embargo, para ese momento ya comenzaba a desplazarse en silla de ruedas.

El psicólogo y el médico siguieron viéndolo periódicamente y mantuvieron cada uno su posición de que el padre estaba bien y, ciertamente, en determinado momento parecía que mejoraba.

Llegó un momento en el que se paró de la silla de ruedas. Luego empezó a caminar con bastón. Un amigo terapeuta le recomendó moverse en una piscina y así empezó a hacerlo. La mejoría estaba llegando, por lo menos físicamente, aunque, mentalmente, el estar sin trabajo, el quedarse en casa todo el día, el sentirse inútil lo tenían completamente deprimido.

Empezó a caminar sin bastón, incluso empezó a salir manejando su carro. Cuando la mejoría física era notoria, se lo comunicó al hijo y le comentó el progreso que estaba teniendo; también le preguntó cuándo lo visitaría. El hijo por fin dio fecha. Le prometió que en una semana iría a verlo. El padre estaba muy contento. Siguió con sus ejercicios diarios en la piscina, comenzó a arreglar la casa para la visita y trató de poner todo al día para recibir a su hijo.

Cierta mañana se levantó, tomó su carro y salió a hacer unas compras. Faltaban dos días para la esperada visita. Cuando pasaba cerca del hospital donde regularmente lo examinaban, sintió un leve dolor en el pecho, pero no prestó atención; sin embargo, pronto el dolor se hizo más agudo e intenso. Ahora, con preocupación, como pudo, movió el vehículo hasta la emergencia. Gritó de dolor; este ya era insoportable. Cuando los enfermeros los sacaron del vehículo, todavía con vida, el padre solo les pidió que tomaran su teléfono y llamaran a su hijo. Cuando el hijo contestó, el padre solo dijo: “Hijo, quiero verte”.

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