¡CONTESTA!

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D´Yael

05/04/2026

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Con la mejilla apoyada contra el vidrio de la ventanilla, Matilde dormía una breve siesta cuando un timbre telefónico la despertó de golpe. Fue un sonido nítido, insistente, completamente ajeno al murmullo del bus. Enojada, miró a su alrededor buscando al responsable; nadie pareció advertirlo.

En el trabajo volvió a escucharlo. Esta vez no le resultó extraño: estaba rodeada de teléfonos. Sin embargo, hubo algo en la intensidad —seis repiques exactos— que la inquietó. Comentó el hecho en voz alta; sus compañeras la miraron sin entender. Una de ellas sonrió con condescendencia, excusándola.

Los días siguientes, el timbre empezó a perseguirla. Sonaba en el ascensor, en la calle, incluso en la iglesia. Al principio intentó convencerse de que siempre había un teléfono cerca; después dejó de buscarlo. Comenzó a temer que el sonido no proviniera de ningún objeto en el exterior, sino que fuera un producto de su mente.

Una noche, el timbre la despertó. Bruno, su perro, se incorporó de inmediato y ladró hacia la oscuridad con una violencia que Matilde nunca le había visto. Después de seis timbres, el sonido cesó. El silencio que se apoderó de la habitación fue más inquietante que el timbre.

Aquella coincidencia la perturbó profundamente. Hasta entonces había considerado la posibilidad —cada vez menos tranquilizadora— de que todo estuviera ocurriendo solo en su cabeza. Bruno, sin embargo, no podía compartir una alucinación.

Consultó médicos de distintas especialidades. Ninguno logró explicar el origen del sonido. Los exámenes descartaron, uno a uno, los trastornos posibles. Esa falta de respuestas no la calmó: la dejó a solas con la sospecha de que algo, fuera de toda lógica, insistía en encontrarla.

Las noches se volvieron insoportables. Bruno ladraba cada vez que el timbre irrumpía, y los vecinos comenzaron a quejarse. Pero lo que más inquietaba a Matilde no era el ruido, sino la forma en que el animal parecía anticiparlo, como si ambos esperaran, sin saberlo, lo mismo.

Temiendo por él —o por sí misma—, decidió dejarlo en un lugar de acogida, mientras ella se enclaustró en su casa.

Sola, el timbre se hizo más preciso. Ya no era una sorpresa: era un suceso esperado. Una noche, cansada de resistirse, al quinto repique llevó la mano a la oreja, como si esta fuera un auricular.

—Aló —dijo.

Hubo un breve silencio.

—Buenas noches —respondió una voz masculina—. Disculpe la insistencia. Llevo semanas intentando comunicarme con Romina Riaño.

Matilde sintió, por un instante, que algo en esa frase la implicaba. Romina Riaño fue su vecina; de ella, abruptamente heredó a Bruno, el día que desapareció sin dejar rastro.

—Lo siento —respondió—. Está equivocado. Aquí no vive nadie con ese nombre. Le agradezco que no vuelva a llamar.

La comunicación se interrumpió.

El timbre nunca volvió a sonar.

A veces, sin embargo, cuando un teléfono suena en cualquier parte, siente un leve sobresalto y piensa —sin llegar nunca a una conclusión— que tal vez debió indagar quién era el hombre que llamaba o qué quería de Romina.

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