Me tapo uno de los huecos de la nariz con el pulgar y el índice y soplo fuerte por el otro. Un bodoque de moco verde mezclado con polvo cae como si fuera un meteoro contra la tierra suelta del corral. Con la punta del borcego lo piso y lo desparramo, como queriendo desintegrarlo y enterrarlo para siempre ahí mismo.

El sol yéndose en el poniente avisa que el día ha terminado. Una bola de fuego anaranjada se despide y nos dice que fue suficiente por hoy.

Alrededor, vacas mugen buscando a sus terneros y terneros braman para que sus madres los encuentren. Los animales se han desparramado y mezclado afuera de los corrales, que a propósito tienen cerradas las tranqueras que dan paso al agua.

Colgamos los lazos a los postes del cerco y los rebenques al hombro, mientras compartimos los últimos tragos de agua —ya tibia— que hay dentro de botellas plásticas forradas en bolsas de arpillera mojada para que mantengan el fresco.

Mierda que te encaró lindo el petiso pampa ese, me jode el César, apoyado a un poste mientras se saca de adentro de la bota la tierra suelta que le ha quedado.

Eso le pasa por querer pialarlo al pedo, retruca el Héctor del otro lado, apagando la fogata de jarilla que hemos prendido para poner las marcas de hierro al rojo vivo, antes de que entren en el cuero de los animales.

Me joden porque me quieren —o eso creo yo— y se ríen de lo inútil que soy para ayudarlos con las tareas del corral.

Desde temprano estamos separando, marcando, señalando, capando y vacunando animales que ahora esperan afuera para entrar a tomar agua.

El papá, con la puerta de la chata abierta, raspa la suela de sus Alpargatas contra los zócalos de la camioneta para sacarse la bosta que le ha quedado pegada y toma agua mineral de una botella que tiene en el piso del acompañante. Él es el jefe. No comparte con nosotros. Dice que somos unos mugrientos, que chupamos todos del mismo pico.

Anota en su agenda Norte, tapa cuadriculada, espiral de metal, los números del día y vuelve a dejarla en la guantera.

El Héctor saca del bolsillo de la camisa una etiqueta de Marlboro y me invita uno, también me convida fuego. Al César no, porque no fuma, tampoco va a tomar vino más tarde.

Cargamos en la chata las conservadoras de Telgopor blanco liso, llenas de vacunas, algunas sogas, las botellas de agua vacías, los hierros y también nos subimos nosotros. El papá maneja despacito, por afuera de la huella, yendo a la casa. El sol escondiéndose queda a nuestras espaldas, detrás de los corrales. El molino girando y las últimas vacas desencontradas de sus terneros, todavía haciendo buya. Los chocos vienen corriendo atrás nuestro, y se empiezan a sentir las primeras vizcachas avisando la salida.

Llegamos a la casa, que está abierta, porque en el campo las puertas siempre están abiertas. Ni bien entramos, prendemos un espiral y tiramos Fly. Es primavera y los mosquitos hambreados ya se arrinconan esperando que nos vayamos a acostar.

El César sube al camión, saluda y sigue viaje, recién mañana lo volveremos a ver.

El Héctor vive pegado a nosotros, así que baja de la camioneta y pasa directo a su rancho, mirando las gallinas que ya empiezan a subirse a un tala seco.

Después de una escueta pasada por el baño —aún no es momento de ducharse— preparo la merienda: un hervidor de aluminio hasta la mitad de agua, yerba y una cucharada de café. Yerbiado como lo hace mi abuela. Lo voy a servir en unas tazas de cerámica que tienen sublimadas la palabra Taza. Cada vez que las uso, pienso que existe gente que hace tazas con la palabra Taza, y existe gente que las compra.

En la cocina, al lado de la heladera, hay una bolsa de papel madera que antes tuvo harina; ahora tiene los bollos de pan que esa harina hizo. Saco dos y salgo al patio. Abajo de otro tala añejo hay un tablón que descansa sobre caballetes igual de viejos, medio rengos, pero que aún aguantan. El paso del tiempo, por más tranquilo que sea, también deja marcas.

Le decimos pochar el pan cuando lo sumergimos en la infusión que estamos tomando. Pocho entonces un pedazo y lo como con la cabeza de costado antes de que caiga en el yerbiado. El papá anda cerca en cuero con una bermuda, que es un jean viejo cortado, al que le pasó el tiempo y sigue aguantando, igual que los caballetes. Él, que sí se bañó apenas llegamos, prepara un mate de madera forrado en aluminio.

Desde las ramas más bajas de los durazneros, los gallos avisan por última vez que el día se ha acabado. Su cacareo se mezcla con el ronquido del generador, que prendimos para que nos dé un rato de luz eléctrica. Sentir, aunque sea durante algunas horas, la tranquilidad de no haber salido completamente del mundo que sigue esperando allá afuera. Ponemos a cargar celulares —sin sentido porque casi en ningún momento tenemos señal— y en el televisor, el noticiero de Canal 12 rellena el ambiente de un living con mesa y sillas vacías, porque estamos afuera abajo del tala.

En el horizonte, allá cerca de los corrales, el cielo es un degradé que recorre desde el anaranjado al negro puro —pero inofensivo— que tienen las noches en el campo. No existe una ausencia de color más grande.

Más arriba, las estrellas brillan formando una especie de amanecer. Es que ellas no saben de días y noches. Hay luna llena y lo celebramos porque vamos a tener mejor luz cuando salgamos con el rifle.

Estamos en silencio, descansando del ruido del día. Traigo una radio vieja, que casi siempre está sobre un libro del Che Guevara, arriba de la estufa a leña. Levanto la antena y muevo el dial hasta encontrar algún locutor de la zona que mezcla publicidades locales con covers del rock nacional versionados al cuarteto.

El tala que hace un rato dio sombra también descansa sobre nosotros y cada tanto deja caer sus pequeñas frutas, que manchan la mesa de cerámicos blancos, lisos y suaves, sobre la cual tengo apoyada la taza de yerbiado y los bollos de pan.

El papá toma dos o tres mates y camina hacia el asador, que espera el fuego.

La guirnalda de focos que cuelga entre la casilla de gas y alguna rama del tala ilumina únicamente el espacio en donde estamos, después de eso, la noche ya es eterna.

De la pila de leña —que el Héctor mantiene siempre provista—, el papá saca algunos palos finos y los amontona junto al asador. Yo agarro la taza ya vacía y la llevo a la cocina. En el mismo viaje busco una botella de Viñas de Balbo, una soda y tres vasos de esos petisos con el fondo cuadrado. Sé que el Héctor está a punto de llegar. Como buen baquiano, tiene el instinto entrenado para saber cuándo aparece el vino.

El Héctor aparece bañado y peinado desde la oscuridad de su casa —una de las tantas oscuridades que nos rodean—. ¡Qué parece! saluda y sin muchas explicaciones, con un gesto de vergüenza, deja sobre la mesa una torta al rescoldo y un plato con pedacitos de milanesas. Son de pecarí, dice. ¿Lo agarraste al final? le pregunta el papá, que mira la escena desde el asador.

Sí. Eran como nueve que bajaban a tomar agua, y pillé este capón con la trampa, le responde el Héctor mientras saca el cuchillo del cinturón, corta desprolijo una rodaja de pan, agarra un pedazo de milanesa y se mete todo el bocado a un costado de la jeta. Convidame un poquito de vino, me dice tímido, mientras inclina un vaso a la par de la botella. Mientras le sirvo, miro el cuchillo, opaco, viejo, cansado, gastado. Hace un tiempo prometí traerle una navaja Tramontina de regalo. aún no he cumplido. Mi tranquilidad es que nunca va a decirme nada mientras le siga convidando vino.

Del bolsillo del pantalón, sin ningún tipo de vergüenza, saco mi navaja —igual que la de la promesa— y corto un pedazo de pan. Lo junto a un bocado de milanesa fría.

Yo quiero parecerme al Héctor. Quiero tener mi propio cuchillo afilado, opaco, viejo y gastado de tanto usarlo. Cortar pan, tener puntería con el rifle. Cuando uno es chico, quiere ser lo que ve.

¿Vamos a ir a hacer unos tiros hoy? Le pregunto al Héctor. Ajaaa, afirma mirando la luna. Hay que salir tempranón nomás, porque después nos van a ver las bichas, hay mucha luz.

¡Para el cuadro del fondo está lleno! comenta señalando con la punta de la pera. Los otros días fui, y en un ratito nomás agarré seis; ahí las tengo para escabeche.

El papá desde el asador ya tiene prendido el fuego y pone a calentar la parrilla sobre la llama. Che, Héctor ¿se sabe algo de los toros que se habían pasado al vecino?, le pregunta mientras viene caminando hacia nosotros. Los trajo los otros días en el camión y se llevó tres vacas que andaban acá. Yo creía que ya no iba a aparecer más; con la fama de cuatrero que tiene. Cuatro toros hermosos son. Yo creo que si no tenía vacas preñadas acá, no aparecía más; dice el Héctor mientras toma un trago de vino.

El papá, parado desde la punta de la mesa, agarra un bollo de pan que corta con la mano y también lo junta con un bocado de milanesa. Muy bueno este pecarí, dice. Le sirvo vino.

Andá buscate la carne y pegale una salada, me dice. Salgo disparando a cumplir el recado. Voy a poder usar la navaja en serio y con un sentido realmente útil, no para pavadas.

Saco de la heladera una bolsa llena de carne. Pongo todo en una fuente enlozada, pintada de amarillo, y busco adentro del horno una tabla redonda de madera. Voy eligiendo pedazos de carne de la bolsa y los acomodo en la otra fuente. Casi todo es aguja, marucha, falda. Cortes duros y fibrosos que seguramente se van a secar. Las costillas quedaron en el freezer. Mientras los desgraso y les pongo sal, me pregunto: ¿por qué siempre dejamos la mejor carne para después? ¿Por qué no comemos ahora lo más rico? ¿Cuándo es el momento adecuado? Pero soy chico aún, seguramente hay cosas de grandes que me faltan entender. Una explicación lógica debe haber; estoy equivocado, por eso me guardo las dudas, las olvido rápido y vuelvo a divertirme cortando grasa con mi navaja Tramontina.

Vuelvo al patio con la tabla llena de carne lista para tirar a las brasas. El papá y el Héctor hablan de lo que ha sido el día. Repasan cuenta de animales y pronostican cantidad de vacas preñadas.

Paso directamente al asador y acomodo la carne en la parrilla, con un palo de escoba atizo los troncos que arden y ya empiezan a soltar brasas a la fuerza, las corro debajo de la carne.

Me alejo del asador y todo se vuelve oscuro, silencioso. El papá y el Héctor conversan a lo lejos, no entiendo lo que dicen. En la radio suena algún pasodoble de esos que únicamente ponen en los programas nocturnos.

Me desabrocho el pantalón y hago pis. Mientras, levanto la cabeza para ver el cielo, pienso que desde mi infancia vengo a este lugar y me sigue sorprendiendo la cantidad de estrellas que hay. ¿Serán siempre las mismas? ¿Las cosas que nos sorprenden cambian cuando uno es grande? ¿Estas estrellas van a seguir sorprendiéndome para siempre? ¿Cuándo uno empieza a cambiar el pensamiento? ¿Cómo será hacerse adulto?.

Alguna vez, cuando aprenda a manejar, quiero venir con una chica a este campo y mostrarle esta cantidad de estrellas. ¿Cómo será estar solos una chica y yo acá en el medio de la nada? ¿Podría pasarnos algo? Nadie nos vería.

El quejido de una vizcacha me hace volver y me acuerdo de lo que el Héctor dijo: hay mucha luna, debemos salir temprano. Es verdad, está brillante y llena de agua, iluminando casi como si fuera un sol.

Me he alejado pocos metros y sólo durante algunos minutos de donde los hombres conversan, pero me doy cuenta de que quien vuelve al mesón ya no es el que se fue a poner carne al fuego. Hay momentos de soledad que pueden cambiarnos en un instante. Basta con hacerse un puñado de preguntas y viajar un poco hacia adentro.

Me siento en un banco largo al frente del Héctor. El papá sigue en la punta de la mesa, me sirvo un vaso de coca. Tené cuidado con las víboras, dice el Héctor que me vio yendo a hacer pis. Ya están empezando a salir y más ponzoñosas porque han estado guardadas todo el invierno.

¿Vos conocés a alguien que le haya picado alguna? Le pregunto. A un viejo de un campo vecino lo mordió una yarará y se murió. Pero dicen que fue al médico, le pusieron suero y le ordenaron que haga reposo. Se volvió a la casa a chupar. Estuvo un día de asado, después se cagó muriendo, me cuenta el Héctor mientras toma el último trago de vino y asienta el vaso.

Mi abuelo se cayó de un colectivo y le agarró tétano. Se salvó de tanto vino que tenía en el cuerpo, cuenta el papá mientras se ríe. Semejante viejo —agrega— tenía las manos como un oso, tomaba vino blanco en un florero de acero inoxidable. Una damajuana de blanco por día. ¿Qué le puede hacer el tétano?

Mientras los escucho tengo ganas de tomar un trago de vino como ellos, a veces me deja el papá, con soda, pero hoy no me ha ofrecido y yo no me animo a preguntar.

Desde el oscuro viene voladora una luz verde que prende y apaga intermitente, un tuquito pan. Los tres le prestamos atención en silencio. Dicen que es un líquido que tienen adentro del cuerpo lo que los hace brillar. Los machos son los que prenden y apagan para que vengan las hembras, dice el Héctor. Se me vienen a la cabeza esos chicos que tunean los autos, los llenan de luces y parlantes.

¿Vos creés en la luz mala? Le pregunto. Los otros días yendo para El quince (el puesto vecino), era de noche y se me cruzó al medio de la huella, me siguió hasta la tranquera de entrada. Algunos dicen que en verdad no es mala, sino que cuida los caminos, me cuenta el Héctor ¡Pero no! Salta el papá en tono totalmente escéptico y burlón. Son los huesos de animales que se secan y largan gases. El Héctor se hace el boludo, me mira y toma un trago largo de vino. Me doy cuenta que él sí cree en lo que ha visto, pero no va a contradecir los argumentos del papá porque simplemente no los entiende.

Pasa lo mismo con el huevo vasalicho, continúa el papá. Ellos creen que si lo rompés, sale un bicho que te mata cuando lo mirás a los ojos ¿o no Héctor? Así dicen, responde el Héctor en voz baja y avergonzado. Me mira y comprendo que también cree en esto. Tiene que ser un huevo podrido dice el Héctor. Los vasalichos son huevos más chiquitos, de otro color, nos explica. Vaya a saber uno si será verdad. Yo por las dudas no miro, dice y larga una carcajada alegre por el vino.

Andá trayéndote algo de carne, me dice el papá, que no se ha percatado de la vergüenza del Héctor. Agarro la tabla, saco mi navaja del bolsillo y busco las primeras agujas que ya chisporrotean sobre las brasas. Saco tres y acomodo el resto de la carne.

Arriba de la mesa están los platos, pan y una fuente con tomates cortados en gajos con aceite y orégano. El Héctor agarra un pedazo bien jugoso, lo pone sobre un bollo y de ahí mismo va cortando bocados grandes de pan y carne, todo junto con un mismo tajo. Yo lo miro, trato de imitar la técnica, pero no entiendo por qué lo hace teniendo un plato limpio disponible. Así es la costumbre de acá, pienso. Y las costumbres a veces no tienen explicación, solo se respetan.

La guirnalda de focos arriba nuestro, comienza a llenarse de bichitos que buscan luz. Pegan y rebotan contra las lámparas. Abajo, un sapo gordo y medio gris espera que caigan, quieto y chato contra el piso. Una araña pollito, gigante, peluda y mansa, le pasa cerca, pero ninguno se molesta.

A lo lejos se escuchan dos tiros de rifle, los recorridos de las balas quedan suspendidos entre tanto silencio, de la misma forma que permanece el sonido de un avión cuando pasa.

Son los Gatica que andan cazando chanchos, dice el Héctor. Los otros días los salí a espiar y estaban del otro lado del alambre, no se pasan para acá. Le explica al papá, con la intención de dejarlo tranquilo.

Que peligro esas balas sueltas, dice el papá mientras corta un pedazo de pan con la mano contra la mesa. Llegan a agarrar a un ternero y lo cagan matando.

Yo, callado mientras los miro, pienso en lo peligroso que es ser el Héctor y andar solo por el medio del campo a la noche, buscando cazadores que seguramente están armados y borrachos. Se me viene a la cabeza la vez que la esposa del Héctor tuvo que ir a la ciudad por un problema con el embarazo. Cuando llegaron, ambos entraron en pánico por el ruido de los autos, la velocidad de las calles, la cantidad de gente. Fueron rápido al médico y se volvieron inmediatamente al campo. Pienso en los miedos y que no todos le tememos a lo mismo. Entonces ¿cuáles son los peligros reales? ¿Cada uno tiene sus peligros como cada uno tiene su forma de comer el asado?

Terminamos los últimos pedazos y el Héctor dice que dejemos todo sobre la bacha, mañana lava su esposa.

¿Vamos a tirar unos tiros? Me propone. Me paro bruto y voy a buscar el rifle que espera asentado sobre la mesa, adentro de la casa, donde una película vieja a punto de terminar, está cerrando la programación de canal 12. Luego, las barras de colores hasta el otro día.

¡Despacio, Tranquilo! Me dice el papá. Dale el rifle al Héctor, que lo lleve él.

No mates al pedo. Agarren solamente lo que van a comer.

Me guardo una caja de balas en un bolsillo y me aseguro de tener la navaja en el otro.

El Héctor —aprovechando el movimiento— llena un vaso con todo el vino que había en la botella y se lo toma de un solo trago, como si fuera agua. Ahhh! Suspira de placer mientras apoya el vaso en el tablón. Salimos caminando. El papá se queda juntando los platos vacíos, con la radio sonando bajito.

El Héctor camina adelante con el rifle colgado al hombro, probando la linterna que alumbra lejos, fuerte, tiene pilas nuevas. Me encantaría tener una linterna como la del Héctor. Caminamos algunos metros en dirección al galpón donde están los tractores y me hace seña de que haga silencio. Alumbra al cielo y lentamente baja, hasta que la luz llega abajo de un algarrobo. Al lado del tronco, una cueva llena de vizcachas que empiezan a salir. Están ahí, me dice en voz baja casi susurrando. Recién están saliendo. No les vamos a tirar porque se nos van a espantar las de más allá. A estas las vamos a agarrar cuando vengamos volviendo.

Seguimos caminando por la huella en dirección a los corrales. Con cada paso que doy, en mi bolsillo suenan las balas como si fueran una percusión, marcando el ritmo de cada zancada. El Héctor frena de golpe. ¡No sea boludito! ¿No escucha el ruido que van haciendo esas balas? Me dice mientras se ríe. Guárdelas en otro lado. Yo, con un poco de vergüenza, las saco de su caja y las pongo directamente en el bolsillo para que no hagan ruido. Mientras lo hago, pienso en que no sé si el Héctor puede retarme, yo soy el hijo de su jefe. ¿Cómo se anima? Debe ser porque me quiere, y también porque no está mi papá. Seguimos.

Pasamos por encima de la tranquera de los corrales, sin abrirla para no hacer ruido y caminamos despacio hacia los bebederos. Vamos a ver si han bajado a tomar agua los chanchos, me dice el Héctor señalando con la punta de la pera hacia dónde tenemos que caminar. Lo sigo en el mayor silencio posible. Miro hacia arriba y estrellas fugaces caen de un lado para el otro dejando franjas de luz. ¿Será que en el campo caen más estrellas? ¿O en la ciudad no podemos verlas? En cada estrella que pasa volando pido el mismo deseo, quiero ser feliz, siempre. Lo repito una y otra vez. Con la cantidad de veces que lo estoy pidiendo, seguro tengo suerte, pienso mientras camino tras las huellas del Héctor.

Llegamos a los bebederos y no hay rastro de los chanchos jabalíes. El Héctor alumbra el piso para ver si hay huellas. No han bajado todavía, dice, y yo no entiendo qué es lo que ve. Trato de leer las señales como él, y solamente veo tierra, bosta, huellas de nuestros mismos borcegos. Mirá, fíjate —me dice mientras se agacha y con el índice señala una marca en la tierra— anoche han andado ¿ves? Este es uno que anda pisando mal con el dedo chiquito de la derecha, se le corre para el costado. Yo solamente veo un hueco poco profundo en el suelo y algo de tierra movida. Pienso que seguramente me está haciendo una broma, pero lo noto muy convencido en su relato. ¿Por qué él puede ver lo que ve? Si yo soy más inteligente. Yo voy a la escuela. ¿Cómo es posible que él entienda un lenguaje en la tierra que yo ni siquiera veo? Me gustaría poder ver esas huellas.

Ahaaa! Le afirmo, fingiendo entender.

Vamos a ir para el lado de la represa, por allá atrás, me dice y alumbra con la linterna hacia donde tenemos que caminar. Salimos de los corrales. La noche pareciera estar cada vez más oscura y habernos alejado de la casa nos presenta sonidos de todo tipo e intensidades: pájaros que se acomodan en las ramas, vizcachas que golpean el suelo desde abajo, los perros que nos siguen, murciélagos, algún gallo desvelado, el crujir sin sentido de los árboles, nuestros mismos pasos quebrando ramitas secas, la respiración. Todo se escucha nítido dentro del silencio infinito sobre el que caminamos.

Mientras lo sigo, veo el rifle colgando sobre la espalda del Héctor y pienso que solamente él conoce donde andamos caminando, él es más grande que yo, él lleva el rifle.

Voy caminando solo, junto a una persona que no conozco de la forma que hay que conocer a quien camina con un rifle cargado.

Si él quisiera, podría matarme ahora mismo. Es como tener en las manos un cachorro de cualquier animal, cuya vida depende únicamente de nuestra voluntad. Me siento ese cachorro, frágil, entregado a la confianza. Si algo me pasara acá en el medio del campo, el papá —seguramente tomando un vino en el tablón al lado de la radio— no escucharía nada. Estoy vulnerable, me da un poco de miedo, pero también me siento adulto, haciendo cosas que hace la gente grande. También llevo mi navaja en el bolsillo.

Sigo caminando.

Llegamos a una vieja represa seca (que ahora es un gran pozo con forma de crater) entre la casa y los corrales. Acá deben andar los conejos, dice el Héctor. Pero a tu abuelo (el dueño del campo) no le gusta que matemos conejos, son muy mansos y tienen poca carne, me advierte. Nos agachamos, vamos esquivando jarillas y espinillos entrando a la parte del medio, que en algún momento fue lo más profundo de esa pequeña laguna.

Algunos metros más adelante, vemos tres bultos que se mueven en la tierra. El Héctor me hace seña para que frenemos. Prende su linterna, alumbra el cielo y comienza a bajar despacio en dirección a los cuerpos. Cuando el haz de luz los atraviesa, un puñado de ojos anaranjados brillan mirando directamente hacia nosotros, encandilados e inmóviles. Son conejos, me dice. Instintivamente me acerco a su espalda y suavemente descuelgo el rifle, lo preparo para tirar. El héctor se pone en cuclillas y con la linterna alumbra a los animales, cediéndome el paso para que yo dispare. Me pongo en cuclillas también —para estar a la misma altura de la luz— y apunto, la mira telescópica me muestra a lo lejos tres conejos marrones, hermosos, mansos. Es la madre con crías me dice el Héctor. Todo queda en silencio.

Él alumbrando directamente, haciendo —o dejando de hacer— lo que debe. La decisión es mía, porque ese campo, ese pedazo de mundo es de mi abuelo, de mi sangre, y el representante en ese momento soy yo. Yo decido lo que vive y muere en mi campo, tengo el rifle en mis manos. Me siento poderoso y adulto, el Héctor lo sabe. También puedo matarlo a él y enterrarlo ahí mismo. Nadie se enteraría. El papá me ayudaría, como cualquier padre que su hijo se manda una cagada, es naturaleza.

Tengo a la coneja en la mira, con la cruz puesta en la paleta, donde el Héctor me enseñó que hay que apuntar, porque la bala entra directamente al corazón, pero hay que ser cuidadoso, porque algunos centímetros más atrás y le pegás en la panza, lo que hace que el animal se escape con las tripas colgando y muera adentro de la cueva.

Apoyo el índice en el gatillo y me apoyo el rifle en el hombro, aguanto la respiración. El silencio es total. Mi cuerpo pide a gritos que suelte esa bala de una vez, una estampida de ancestros e información genética me ordena que mate esa coneja, la desangre y la tire al fuego. Mi carne se siente bien, poderosa, fuerte, prehistórica, humana. Animal.

Esperá, esperá, me dice el Héctor cuando estoy a punto de soltar el disparo —siento un poco de alivio—. Mirá el pichón se está viniendo a la luz de la linterna. Saco la vista de la mira y puedo ver a una de las dos crías venir directo hacia nosotros, dando pequeños saltitos entre los pastos largos y secos. Su cuerpo chiquito, con pelo fino de bebé, se mueve indefensa buscando ese haz de luz que la encandila. Su madre y la otra cría, miran la situación, paralizadas, inmóviles, como les ha enseñado la naturaleza a responder cuando un predador amenaza. La pequeña cría todavía no lo aprendió, es recién nacida, inocente.

Quizás confió, como yo cuando camino atrás del Héctor con su linterna prendida, yendo hacia donde nos indica la luz. Quizás soy igual de inocente.

El Héctor se mueve y le apunta la linterna directamente a los ojos, el conejito salta hacia nosotros. Matalo de una patada, me dice ¿para qué vas a gastar una bala? El animalito está a menos de diez metros y no va a frenar.

Lo miro y no entiendo. Tampoco entiendo lo que pasa adentro de mi cuerpo, una mitad me pide que pise su cabeza y descargue toda esa prehistoria que llevo adentro. La otra me hace sentir que podría llevarlo a casa y criarlo como mascota.

Andá buscalo, me dice el Héctor. Suelto el rifle y camino en paralelo a la luz, directo al conejo, nos acercamos mutuamente, estamos a menos de un metro. Me agacho y lo espero llegar, tierno, cachorro, suave, con sus orejas sobre el pelo marrón del lomo. Queda en el medio de mis zapatillas y allí se acurruca, sintiéndose a salvo.

El Héctor nuevamente queda en silencio, la decisión es mía.

Lo agarro y lo levanto entre mis manos, con la derecha lo sostengo y con la izquierda abrazo su cuello, está tranquilo, le siento el pulso calentito. Nos miramos a los ojos, su nariz se abre y cierra sutilmente con la respiración, la mía también.

Lo tengo entre mis manos. Me siento poderoso, adulto, peligroso.

Como cuando agarramos un cachorro de cualquier especie.

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