La noticia del hallazgo no llegó por los periódicos, sino por una nota al pie en un ejemplar de la Enciclopedia Británica (edición de 1911) que alguien olvidó en un café de la calle Tacuarí. El texto, escrito con una caligrafía que parecía retroceder ante la mirada, juraba que en una caja de zapatos, bajo la cama de un físico jubilado en Ginebra, existía un gato que no estaba ni vivo ni muerto, sino que era, simplemente, una metáfora mal entendida.
Yo siempre sospeché que el universo no es una esfera, sino una errata.
Herbert Quain —aquel autor que los críticos insisten en haber inventado— decía que la literatura es el arte de la posibilidad fallida. Si escribo que un hombre entra en una biblioteca, estoy aniquilando al hombre que decide quedarse en el bar bebiendo ginebra. Pero la física, esa rama de la gramática fantástica, nos dice que no. Que el hombre entra y se queda. Que el libro es leído y es, simultáneamente, fuego.
Ayer (o quizás mañana, el orden de los factores no altera el tedio) encontré el manuscrito de Ts’ui Pên. No era un libro. Era un mazo de cartas que cambiaban de palo según la luz que entraba por la persiana. Me senté a leerlo y comprendí el horror: el texto no hablaba de mí, el texto me estaba colapsando.
—Usted no existe hasta que yo lo leo —me dijo una voz que era la mía pero con el tono de un extraño.
Miré a mi alrededor. La habitación era una superposición de todas las habitaciones donde he dormido. Había un olor a jazmines de un jardín que aún no he visitado y el eco de un disparo que se bifurcó en una disculpa. Recordé entonces que Borges, en algún párrafo perdido, sugirió que Dios es el espectador que, al mirarnos, fija nuestra posición en el tablero. Pero, ¿quién mira a Dios? ¿Qué ojo infinito impide que el Creador se disuelva en una probabilidad de espuma?
El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges. O quizás soy el otro. El que escribe esto para un concurso en 2026, ignorando que el jurado ya me ha premiado en una realidad y me ha quemado en la hoguera en otra.
Escribir es un acto de soberbia cuántica. Intentamos capturar el electrón de una idea y, al hacerlo, alteramos su velocidad. No se puede saber qué dice un cuento y qué siente el lector al mismo tiempo. Es el principio de incertidumbre de la narrativa.
He dejado la puerta abierta. No por descuido, sino para permitir que entren todos los yoes que no se atrevieron a terminar este texto. Uno de ellos, ahora mismo, está borrando la última palabra. Otro, más valiente, la está gritando en un sótano.
Yo, mientras tanto, prefiero el silencio. O algo como… el simulacro del silencio.
P.D. Acabo de notar algo que me hiela la sangre: mientras releía el tercer párrafo, las palabras han cambiado de lugar. No es una metáfora. El papel está caliente al tacto y juro que, si cierras esta carta ahora mismo, el final que acabas de leer será distinto cuando vuelvas a abrirla. No la dejes sobre madera, dicen que el vacío que genera atrae a los insectos que se alimentan de recuerdos no ocurridos. Por cierto, he visto tu nombre escrito en el reverso, pero con una fecha de muerte que todavía no ha sucedido. O quizás ya pasó y esto es lo único que queda de nosotros. No mires atrás.
Cuánto cuento cuántico
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