“DESTACADO OFTALMÓLOGO, MUERE EN ACCIDENTE AUTOMOVILÍSTICO.”
Así titulaba La Prensa, la nota que publicaba en una de sus páginas interiores.
Borges sonrió complacido.
Luego, acomodó con extremo cuidado el periódico, y lo devolvió a la mesa, para que al regresar de la feria, su madre no advirtiera que lo había abierto.
Días atrás, en su cita habitual, lo había petrificado escuchar de aquel profesional que, “es un misterio, un milagro, algo que mi ciencia no puede explicar, un destino alterado quien sabe por qué fuerza, pero el inevitable mal que iba a dejarlo ciego irreversiblemente… ha desaparecido.”
Pese a la sorpresa, Borges reaccionó rápidamente, y de un modo al que, a través de los años, nunca le encontró razón.
Y se preparó para poner en acto la mejor y más atrevida de sus creaciones.
Ignoraba de dónde provenía su talento, su don para tramar y desenredar.
Estaba convencido de que, La Escritura, es un Laberinto de muy sinuoso trazado, al que una inocente, casi infantil curiosidad, impulsa al novel Escritor a ingresar. Y que, luego de superar con dolor y frustración el primer recorrido, cuando llega a la salida, descubre que se comunica directamente con la entrada de un nuevo Laberinto, que tendrá que atravesar inexorablemente, porque ya no puede regresar al punto de partida.
Y aunque tiene la esperanza de que la próxima salida sea la Gloria, encontrar la puerta de un Laberinto más, no solo no logra decepcionarlo, sino que lo impulsa a encarar con entusiasmo el desafío, estimulado, también, por la satisfacción de superar las trayectorias, cada vez con mayor celeridad.
Pero, ahora, ya no como Escritor, en que clase de Laberinto se estaba metiendo?.
Recordó las precisas palabras que había elegido el médico, y que repercutían en su cerebro como campanas que anuncian el cadalso: misterio, milagro, inevitable, irreversiblemente.
Palabras que acentuaban la incertidumbre, que lo atormentaba recurrentemente, y que había forjado su temperamento.
Ser taciturno, hosco en apariencia, ensimismado y parco de palabra, le proporcionó, pocos amigos y nada de novias, y lo enfrascó en La Literatura como catarsis.
Ahora, había decidido que la mejor de sus fabulaciones no se plasmaría en el papel, y se iría escribiendo simultáneamente con la acción, en una especie de plano secuencia de la vida. Algo que iba a requerir de él, la resignación de aceptar que, por ella, no recibiría, jamás, elogio alguno.
Ni siquiera de su madre.
-Ni a mi madre le diga, doctor. No quiero ilusionarla- mintió. Su laboriosa mente ya había diseñado al detalle, el Plan que llevaría a cabo por el resto de su existencia.
Más tarde, remedando los modus operandi de los personajes de Bustos Domecq que él mismo había contribuido a pergeñar, eliminar los informes médicos y vaciar de líquido de freno el auto del oftalmólogo, le resultó extremadamente sencillo.
Esperó con paciencia y, un par de días después, ya no quedaba nada que le hubiera podido impedir acometer con éxito su maquinación.
Y, tal como suponía que lo hacían los actores, y aunque no debía memorizar letra, puesto que todos sus parlamentos irían a ser improvisados -algo para lo cual estaba mandado a hacer- puso todo el empeño, y el tiempo en que doña Elvira no podía notarlo, en ensayar, posturas, actitudes, gestos, propios del no vidente.
Como caminar inseguro, sirviéndose del bastón, o del brazo solidario que, mayormente, iba a ser el de su madre.
Como mirar, sin la naturalidad de quien ve, con la torpeza de dirigir la vista inútil hacia la voz de un interlocutor, o a la supuesta dirección de proveniencia de un sonido.
Como llevarse a la boca, un vaso con agua o una cuchara de sopa.
Como mantenerse ajeno, imperturbable, ante la más impactante situación que habría de poder ocurrir frente a sus narices.
Y lo más dificultoso: solo a escondidas podría leer.
Durante los primeros tiempos, su genio lo ayudó a resolver problemas de inexperiencia actoral, anunciando que algo vislumbraba y que, hasta que la oscuridad fuera absoluta, una poca de luz se filtraba en sus pupilas.
Después, con la práctica, todo se hizo más fluido, sumado a que la gente, dando por sentado su ceguera, ya no prestaba atención a los posibles fallos de actuación, provocados por la desconcentración que la rutina suele imponer.
La providencial aparición de la Kodama fue determinante en la última etapa de ejecución de su diabólico plan.
Algunas veces, cuando le dictaba, imperceptible para ella, claro, podía ver ciertas muecas, gestos de desagrado, que se le escapaban al escuchar determinadas palabras o, incluso, frases enteras, que Borges elegía con la disposición de siempre.
Llamaba eso su atención pero, en la relectura que ella hacía para verificar, todo permanecía según lo dictado.
Memoriosa y mentirosa, María, ya que, cuando subrepticiamente revisaba sus notas, Borges constataba que hacía cambios sobre la marcha, alterando lo expresado por él.
Contrariamente a lo que pudiera sospecharse, Borges no se inmutó.
Tenía talento la muchacha -había sido su discípula, por cierto- y sus cambios mejoraban considerablemente la calidad de los textos.
Dejó hacer, Borges, aliviado. La fatiga mental, y la física, se estaban apoderando de su capacidad intelectual y de su voluntad, poniendo en riesgo su bien ganado prestigio.
Lamentó que, entonces, por preservar su maquiavélica simulación, no podría dar cuenta de la significativa participación de su compañera y asistente, en el elevado nivel literario que habían alcanzado sus últimos trabajos. Y, por otra parte, se alegró de que no le otorgaran el Nobel, porque la Ética que aún conservaba, lo habría obligado a desenmascararse públicamente, pagando las consecuencias.
Con el correr del tiempo, su vista se deterioró, gradual, y naturalmente.
Y, Borges, que se había tragado su propia mentira, ya no distinguía entre ver o no ver, aunque, a esa altura, tal circunstancia carecía de significación. Su acting estaba tan pregnado, se había arraigado tanto en su ser, que funcionaba mecánicamente.
En sus últimos días, epílogo de su Ópera Magna, Borges alcanzó a percibir su añorada Ginebra, y a conocer el lugar donde habrían de descansar sus restos.
La tumba en la que yacen, también, las palabras que no pudo pronunciar, pero que marcaron el rumbo de su vida: misterio, milagro, inevitable… irreversiblemente.
Cuánto cuento cuántico
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