Me senté a tomar una cerveza en un bar de luces tenues. De repente un hombre se sentó a mi lado y me convidó con un porrón. Se lo acepté con gusto y me dijo: «quiero que me hables del tiempo»; como si el tiempo tuviera forma, como si pudiera darle cualidades, capacidades o personalidad. Entonces, sin más, le hablé de «La edad de la ciruela». Me miró desconcertado, y me preguntó: «¿es una obra de Arístides Vargas?»; «Sí», le contesté, un poco asombrada porque reconoció de que le hablaba, y continué «una obra de teatro donde un par de niñas detienen el tiempo y lo condenan… ¿la conoces?».
En el medio de la profunda charla, me distraje mirando las arrugas de mi cara en el espejo de detrás de la barra. Mientras en la televisión que sonaba de fondo, un periodista de chimentos le preguntó a Greta Garbo: «¿cuándo fue la primera vez que te dijeron «señora»?». En ese momento pensé de inmediato «que pregunta tan estúpida para una mujer». El hombre que se había sentado a mi lado se dio cuenta de mi incomodidad, pero no logró percibir porque me sentí molesta. Entonces me preguntó si estaba bien y le dije simplemente que, sí.
Me empezaba a intrigar este hombre, su vocabulario… tan académico y esa frase… con la que inició la charla. Hablar del tiempo, pensé «¿porqué?» Y claro, si uno se pone a pensar, el tiempo; está en todos lados, en la materia y en el éter. El tiempo, se ve en las cosas cuando están viejas, y se siente en los olores húmedos, y lo vi también… en el espejo del bar. Pero este hombre ¿que opinaba del tiempo? Entonces le dije lo mismo: «hablame del tiempo». En ese momento se quedó callado, y me miró fijo a los ojos. Me hizo sentir que las arrugas desaparecían, el tiempo desaparecía. Y todo lo que yo pensaba se desmoronó en unos minutos. Y me besó…
Cuánto cuento cuántico
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