Se me volvió a enfriar el café, ya ni llevo la cuenta de las horas. Tengo un reloj en la pared que no se calla, como si siguiera viviendo en otro tiempo, pero yo dejé de preocuparme de eso el día que te fuiste y te llevaste toda la alegría de esta casa. Ahora esto es como una película vieja en blanco y negro, de esas que veíamos antes de que la vida se pusiera seria. Tengo tus cartas metidas en una caja de zapatos, junto con mis gafas rotas y mis discos viejos.
Es mi colección de cosas que ya no valen, objetos que ya no sirven pero que me recuerdan un montón de cosas. Y no puedo deshacerme de ellos. Porque si lo hago, ¿quién va a creer que estuvimos juntos? Si todo esto desaparece, nuestra historia será solo un cuento. Nadie me dijo que el silencio podía ser tan fuerte, un ruido sordo que hace temblar las paredes.
Ahora soy el vigilante de este museo lleno de polvo, donde pasa lo más raro: en mi cabeza tú sigues bailando, feliz y moviéndote, mientras que yo estoy aquí parado, como si fuera de piedra. Para que no te olvide, yo tengo que quedarme quieto. No creo en el destino, ni en el pasado. Solo creo en el hueco que dejaste en el sofá, un vacío que se siente más que yo mismo.
El sueño se acabó…
¿o nunca desperté? Aquí es donde la imaginación me salva: cierro los ojos y me acuerdo de todo. Veo el humo de tu cigarro, escucho la lluvia en la ventana y, por un momento, el dolor es tan grande que me hace sonreír. Es como ser feliz estando roto.
Pero abro los ojos y vuelvo a empezar. Solo queda el polvo cubriendo lo que queda de una historia que puede que me inventé para no sentirme tan solo. Acuérdate de mí. Aunque sea una mentira. Porque prefiero ser un invento en tu cabeza a que me olvides por completo.
Cuánto cuento cuántico
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