
“Mamá:
Vago perdido en este desolador paisaje. No sé cómo llegué hasta aquí, solo sé que ese pobre borrico ya estaba a tu lado, desesperado por agua y comida. Un calor insoportable a esta hora hace estragos por estos inhóspitos terrenos…
Me recuerdo dichoso jugando en tu regazo de madre, arrullabas canciones narrándome sueños, mientras dormía bajo tu apacible latido. Nadaba en tus profundidades, siendo un único pez en tu pecera. Las aguas calmadas entonces; oía tus voces y un silbar de vientos arremolinados. De vez en cuando, el trino de avecillas que revoloteaban cerca… pero aquella noche infame, unos grillos despertaron mi calma, luego la inquietud, tu pensamiento, palabras sin sentido, gritos al vacío, tus huesos temblando, estremecimiento, convulsión… aquello me desveló, me mantuvo en vigilia hasta que no te oí más, después, exhausto, también… me dormí.
De un derrepente, desperté agitado, desorientado, sin saber nada y aparecí aquí afuera, ¡fuera de ti, Madre!, ¡no sé cómo me he salido ni por qué no te despiertas! Llevo tiempo contemplándote, esperando te levantes.
Tanto, el calor afuera mata, por dentro un frío que ni siento mis huesitos. El resplandor del sol me obliga a pestañear seguido, me va cegando deprisa los ojos pesados, que no aguanto el sueño. Creo que mejor dormiré… una larga siesta.
Adiós Mamá, extraño tus arrullos.”
La chacha Margarita, consideró confesarse antes de partir, pero su vergüenza desechó toda intención. Había que huir del pueblo antes que se secara. Damiana le consiguió un viejo burro, unas mantas y una canasta para el viaje. Abandonaría la Media Luna, donde perdió su doncellez bajo la orden de su patrón, llevando consigo la semilla de aquel fruto abusivo.
Le esperanzaba asentarse en Contla, criar a su futuro hijo, olvidar su pasado. Al alejarse, sintió el alma volverle al cuerpo, una ínfima libertad vislumbrándose. Sus manos acariciaron dulcemente la flor creciente de su vientre, contradiciendo toda oscuridad de tan estéril desierto. Le arrullaba cantos de madre primeriza.
Soleada la mañana, se alfombró de tarde el llano, con fuertes ventoleras corriendo desbocadas por tales parajes; confundiendo caminos, alterando pensamientos. Húbose extraviado la sangre que bombea al corazón, por miedo a la locura. El frío del rocío en una noche a intemperie, no solo hiela los huesos, congela los sentidos y aísla a la razón del ser humano. La supervivencia es difícil cuando contrariamos a la naturaleza extrema, en su estado indómito; la ley de la naturaleza no perdona la fragilidad donde impera la ley del más fuerte.
Cabalgando al alba, un desertor del ejército rebelde visualizó entre la calima, sombras que llamaron su atención. Al aproximarse vio al animal husmeando el plato seco; al costado, yacía una mujer en posición fetal; el pálido rostro de Margarita y su cuerpo acurrucado entre mantas, víctima de aquella cruda naturaleza.
Creyó pertinente darle sepultura. No cavó ese pedregal, dispuso una pirca de piedras sobre el cuerpo. Una cruz de troncos secos, arrimada al morral con una carta, que aseguró firme para contrarrestar el viento.
Cartas desde el polvo
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