Salgo a buscarte cada noche. No sé en qué momento empecé a hacerlo, pero ahora la colina parece esperarme. Calles empedradas y estrechísimas. Tan estrechas que temo que el eco que provocan las suelas de mis zapatos contra los adoquines despierte a los vecinos.
Es noche cerrada y escucho el tintinear de las estrellas, tanto silencio hay. Solo mis pasos avanzan por el centro de la callejuela, mi respiración entrecortada. Camino como tantas veces ya, las manos sujetando la larguísima falda para liberar mis pasos, aunque mis dedos se entumezcan.
Estoy llegando a la columna, lo único que quedó en pie luego de aquel derrumbe. Le doy una vuelta lentamente, mientras mi mano izquierda la recorre. Luego, una segunda vez.
Me siento sobre la piedra. Apoyo mis manos en ella. Está fría, aunque haya hecho calor durante el día. Y espero. No sé cuánto tiempo pasa. Nunca lo recuerdo.
Hubo una noche en que tu mano se posó sobre la mía. No me moví. Sentí tus dedos cerrarse despacio, como si temieras que yo fuera a retirarme. Tu aliento estaba cerca. Pronunciaste mi nombre despacio, alargando la última sílaba como si con eso me alargaras a mí y me convirtieras en infinita.
Desde entonces regreso. A veces creo escuchar algo detrás de mí. Una pisada, quizás. Un susurro. No me atrevo a mirar hacia atrás. La certeza podría destruirlo todo.
Si alguna vez vuelves, no digas nada. Podría no reconocerte.
Manuela
Cartas desde el polvo
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