El árbol que cantaba.

El árbol que cantaba.

Emil Santos

27/03/2026

Ella sabía que ese domingo íbamos para la finca. Se había despertado temprano con tal ímpetu que, de inmediato, comenzó un pequeño alboroto buscando sus juguetes favoritos y, especialmente, a su compañero de felpa. Supe que era ella al sentir sus pasos: esos inconfundibles piececitos descalzos algodonándose sobre la madera del piso.

Desde mi habitación percibía su avance lento. Me giré hacia el techo con la mirada todavía borrosa; de reojo, vi a mi esposa sonreír y asentar con la cabeza, como si leyese mi pensamiento. Entre la penumbra, ya casi abatida por los tenues rayos de luces que se entremetían por la persiana, sentí la pequeña silueta que se asomó por la puerta. Con el pulgar derecho en la boca y abrazando a su viejo oso, nos miraba con sus cabellos negros lacios y un poco desordenados. En su universo imaginario, ella estaba lista para partir, ignorando las necesidades que su propio cuerpo le exigía.

Lentamente entró y dejó caer con un poco de cuidado a su compañero sobre los pies de su madre, aún cubiertos por las sábanas. Luego, me tocó con su suave y fría palmadita, como queriéndome advertir que tal vez olvidaba algo. Todo lo hacía en silencio, mientras sus ojos negros despedían un brillo hechizante de alegría. Se acercó a mi rostro y, con la urgencia de quién tiene algo importante que revelar, se sacó el pulgar empapado de la boca y gritó:

– Ya es hola de ilnos – dijo mientras se hacía un remolino con uno de sus mechones. – Polque a esa hola el álbol comienza a cantal –

En ese momento no lo recordaba y le pedí que lo repitiera.

– ¿El qué? –
le pregunté con sorpresa. Ella sonrió y, llena de entusiasmo, insistió en su lenguaje tosco.

– ¡Sí, papito!, ¡A esta hola el álbol canta! –

Mi esposa me miró sonriente, aunque algo confusa. Entones recordé a qué se refería. Hacía un par de semanas, estando en la cabaña, me había invitado a sentarme en la vieja banca de madera rústica bajo el gran Azahar de la India, que reinaba en el patio. Disfrutaba yo de aquel hermoso amanecer bucólico mientras tomaba un café, contemplando el paisaje envuelto en esbozados encantos de frenesí matutinal y oyendo cómo se mezclaban los berridos de los terneros con los sonidos del monte.

Ella se me acercó, tomó mi mano y, con un gesto de silencio, me haló hasta llevarme al tronco. Me pidió, en un susurro dulce, que escuchara: el árbol estaba cantando. Ingenuamente, me acerqué al áspero tallo.

– Hijita, pero no se escucha nada – le dije, también en susurros.

– Shi… ¿Estás soldo, papá? – Me respondió en su tierno lenguaje.

Luego de varios intentos fallidos, comprendí que no era el tronco, sino el coro de aves ocultas en el follaje realizando su canto matutino.

– ¿Si los oyes? – Nuevamente me volvió a decir en susurro.

– Sí, ya lo escucho – le respondí, dejándome envolver por su encanto fantástico de niña.

Su madre, que ya se había levantado, le dijo a la pequeña que la acompañara a desayunar y terminarla de organizar para salir, vi a las dos mujeres, en sus distintas etapas y estaturas, alejarse de la habitación. Me estiré y, lentamente, me puse de pie para ducharme. Sonría para mis adentros recordando el episodio del árbol; me preguntaba hasta dónde puede llegar la imaginación de un niño.

La mañana había avanzado. Al salir de la habitación, mi pequeña Sophia y su madre me esperaban en la sala con las maletas y muñecos incluidos. Bajamos al parqueadero, acomodamos todo en el maletero y, tras una breve inspección al vehículo, me preparaba para dar inicio al viaje. Mientras, las dos mujeres estaban acomodadas dentro del coche. Las dos estaban ya sentadas dentro, lo podía ver atreves del cristal trasero, ahí estaban las dos cabelleras negras y lacias: una adornada con un cintillo rojo y un moño tipo flor; la otra, como siempre, al natural.

Dejamos atrás la ciudad, que empezaba a sumergirse en el tumultuoso afán frenético y de los transeúntes. El sol seguía opacado por las nubes y la montaña, mientras la pequeña jugueteaba con sus dedos contra el vidrio de la ventana, juntando nubes e inventando otros garabatos que cobraban vida gracias al vapor en el vidrio. Luego de unos buenos minutos, la urbe quedó atrás, envuelta en una cortina de rayos solares que se filtraban entre las cumbres.

Mis dos acompañantes entonaban algunas canciones infantiles y otras inventadas, a las que yo me sumaba con mi aguda voz y rimas anacrónicas, que a veces rompían el ritmo. Estábamos a punto de llegar al viejo restaurante de siempre, nuestra parada obligatoria para disfrutar de panes de queso con chocolate caliente.

Sophia preguntaba con insistencia si ya estábamos cerca; me pedía que me diera prisa porque << el árbol iba a dejal de cantal >>. Fue entonces cuando su madre, que no entendía nada, preguntó por fin sobre aquel misterio. Me miró buscando explicación, pero yo solo asentí en silencio mientras observaba como el paisaje se desvanecía velozmente por el retrovisor. Ella se giró hacia el asiento trasero, donde la niña, con la cabeza inclinada, acariciaba con sus deditos a su muñeco como si lo estuviese planchando.

 Sí, mamá, ya el álbol dejalá de cantal – decía la pequeña, con un hilo de voz que delataba su fastidio.

– Ya casi llegamos mi vida – le respondió la madre, aun sin entender el misterio, pero con un tono compasivo y seguro.

    – Pelo, así me dijo papá y no llegamos – interrumpió la niña, apartando el oso de su regazo y cruzando los bracitos con un gesto de niña mimada.

    Las interrumpí señalando hacia el frente: ya estábamos entrando a la finca. Sophia estiró un poco su cuello para dar un vistazo, sonrió y comenzó aplaudir mientras entonaba una cancioncilla de cuna.

    – El álbol, el álbol, la la la –

    Luego de estacionar el carro y bajar las maletas, la pequeña salió con su muñeco de forma inmediata hasta el árbol ansiado. Ni siquiera aceptó la ayuda de la mamá, ni prestó atención a lo que ella le trataba de recomendar. Yo la miraba y me sonreía; su entusiasmo era tan encantador. Una vez que acomodamos y dejamos todo en el interior de la cabaña, mi esposa me dio una taza de café que recién había preparado. Husmeé un poco la casa y me acerqué a una de las ventanas y pude ver a la pequeña aplaudiendo y dando pequeños saltos alrededor del tronco. Su acompañante de felpa estaba abandonado sobre la hierba, mientras ella se entregaba por completo a su rito matinal. Mi esposa se me acercó y me decía casi que al oído.

    – ¡Tan linda! – susurró, dejando escapar un leve suspiro de alegría.

    Yo la abracé dándole un pequeño beso.

    – Se parece tanto a ti… – Le dije, – es el vivo retrato de esa foto que tienes de cuando tenías su misma edad. –

    Luego de casi media hora, salí al encuentro de la pequeña. Ahora tenía su cabecita inclinada hacia las ramas del árbol buscando algo que no lograba ver. Me acerqué lentamente y la cargué hasta ponerla de frente a mí. Ella me acariciaba con sus pequeñas manitos la barba y me dijo:

    – El álbol ya no canta, ahola solo llola – me confesó, sumergida en un noble y pasajero desconsuelo. – Escúchalo – añadió en un tono apagado.

    Yo la bajé de mis brazos y ella se hizo delante de mí, como queriéndome mostrar de dónde provenía aquel llanto. Busqué entre el apretado follaje sin notar nada al principio, hasta que, tras un instante, divisé una pequeña tórtola que posaba en una de las ramas más altas del árbol. Luego, aquella ave se marchó. La niña, que ahora me tomaba de la mano, me sentenció:

    -Ya vámonos, papá, que el álbol ya se calló y está dulmiendo. – me lo decía en una voz que era, a la vez, de alago y consuelo.

    – Pol la tarde volvemos, papito – insistió, echando un vistazo atrás mientras caminábamos.

      – Sí, hija, por la tarde volvemos – le contesté en una voz tranquilizadora, mientras la cargaba de nuevo y la abrazaba fuerte.

      – ¡Papito, no!¡No, que me puyas! – protestó entre risas por el rose de mi barba.

      Al llegar a la casa, dejé que la niña se entrara y yo me quedé en el corredor. Miré el árbol y veía cómo se movía al vaivén de la brisa; sus hojas armonizaban un sonido lleno de vida y majestuosidad. Seguramente, al caer la tarde, las aves retornarán a sus nidos y otras buscarán descanso entre sus ramas.

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