Frente a mí había dos frascos. Uno lleno de agua y el otro vacío. El ejercicio parecía ser sencillo, pues solo debía pasar el contenido del uno al otro sin derramar ni una sola gota.
Siempre albergué la impresión de que Reis era extraño, tanto por su físico extravagante como por su naturaleza milenaria. Lo que nunca me imaginé fue que sus enseñanzas resultaran ser simplonas. Es decir, cuando piensas en el dominio del agua, automáticamente te imaginas en la playa, en un lago, un lugar hermoso con muchísima agua.
Pero heme aquí, sentado en la cocina de su casa con dos frascos con grabado floreado sobre la mesa.
—Si lo crees tan sencillo, entonces hazlo.
Reis se recargó sobre el marco de la puerta, sosteniendo un cigarrillo mágico que echaba humo violáceo. Algunas veces creaba figuras que se movían como un dragón o un tarro de cerveza.
Hice un mohín y con un movimiento le indiqué al agua saltar hacia el otro frasco. Pero vaya desastre resultó ser cuando el frasco se volcó y toda el agua se desperdigó.
Volví a hacerlo y esta vez el agua salió disparada como un chorro hacia arriba. Una vez más, el frasco explotó; en la siguiente el agua aterrizó muy lejos; en la otra terminé mojándome las piernas
Exasperado, cerré los ojos. Inhalé profundo hasta que mis pulmones se llenaron y mientras el aire me abandonaba, comencé a pensar en todas las formas que conozco del agua. Sus dagas frías cortando mi espalda, la calma que me pertenece cuando me ahogo, su melodía de parsimonia, la habitación que ocupa en el ventrículo de mi corazón.
Cuando abrí los ojos, el agua ya se encontraba en el interior del otro frasco. Ninguna gota derramada, ningún rastro de líquido en el anterior.
Una sonrisa de oreja a oreja iluminó mi rostro. Lo había conseguido. Había sentido el flujo de agua corriendo por mis venas.
—Bien, ahora hazlo hasta que sea tan fácil como respirar.
Reis sentenció.
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