Facundo cabalgaba silencioso en el armatoste desvencijado que hacía de carroza fúnebre. Lo acompañaba Eufemio, el enano del pueblo, pariente lejano del Casique de Comala, Pedro Páramo.
Sobre la carreta desvencijada, llevaban un cajón destartalado de segundo uso. Era tal la cantidad de muertos en el pueblo, que los ataúdes comenzaron a escasear y los sepultureros se vieron en la necesidad de robar el ataúd de un sepulcro abierto que contenía los huesos expuestos de un desdichado.
Ambos, con el rostro lúgubre y los ojos tristes, dirigían silenciosos su mirada hacia la vereda polvorienta bordeada de mezquites y pirules que, como espectros tenebrosos y afligidos adornaban el camino serpenteante hacia el camposanto.
Hacía frío, había neblina, la atmósfera del lugar tenía ese aspecto sombrío que da miedo.
Para Facundo y Eufemio no fue fácil bajar el ataúd al hoyo. Facundo por su lado, cargaba con la mayor parte del peso, ya que Eufemio por el tamaño de sus extremidades apenas podía con su alma.
- ¡Ora pues…! ¡hágase pa’llá
y jálele con juerzas, que la difunta está pesada! -exigía Facundo-
- ¡Pos si lo estoy procurando, pero las manos no me alcanzan! ¡péreme tantito que se me está saliendo el aigre! –espetó jadeante el chaparro, limpiándose el sudor de la frente con la camisa-
- ¡Hágase pa’llá y amárrele el mecate pa’ meterla al hoyo… ! ¡jálele con juerzas! -apremiaba Facundo-
Pero el chaparro no pudo más, el cajón cayó de golpe en el sepulcro y se desprendió la tapa, revelando lo que contenía su interior:
La muerta, una mujer menuda y joven, de tez morena, cabello largo y oscuro, vientre abultado, iba ataviada con prendas de lino fino por las que se podía intuir su educación y procedencia.
De entre sus manos entrelazadas, sobresalía un papel arrugado, apretado hacia su pecho como si fuera un tesoro.
Eufemio, curioso, peló sendos ojotes al ver el papel aprisionado de entre las manos de la mujer y lo liberó cuidando de no romperlo.
Un texto claro y breve, que parecía haber sido escrito de prisa, decía:
“Hijo mío:
La vida no está siendo fácil. Tu padre se fue nada más saber de ti y la vida en el pueblo se ha vuelto un calvario. Debemos huir de este lugar y no sé cómo. Tengo miedo, por ti, por mí. La muerte ronda como un perro rabioso que nadie puede detener. No sé lo que serás, pero, debes saber que, no importa lo que pase, estaré contigo siempre, y cuidare de ti con todo lo que tengo. Te quiero por siempre y para siempre. Mamá.”
No lo lograron, el preciado bulto revelaba que el vientre de la desventurada, no era otra cosa que su pequeño bebé: el receptor de esas letras que nunca podrían llegar a su destino.
Habían perecido, la fé y la esperanza, pero el amor prevaleció. Hoy juntos duermen el sueño profundo de la muerte fundidos en un abrazo eterno.
– Agora naiden los podrá separar -sollozaban los enterradores- ¡naiden…!

Cartas desde el polvo
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