Era una tarde soleada y abatida por el furor agreste de un verano sin fin, aunque en el sitio donde me encontraba podía sentir el fuerte viento que venía de lo lejos; de allá, donde el sol opaca un poco su destellante color y da la impresión de sumergirse en el silente océano Atlantico. Aquella brisa podía, bajo su ímpetu arbitrario, barrer con cualquier objeto a lo largo de su recorrido, llevarlo lejos de sus orígenes y esparcirlo de manera entrópica.
Desde lo alto donde me encontraba, presenciaba a lo lejos aquel pueblo de topografía absurda y casi ridícula, como si fuera el resultado del desespero arrogante de un fenómeno geológico que no tuvo la intención de querer crear estas formaciones. Miraba tan fijo la lejanía y en mi espalda sentía estrellar aquella brisa vigilada por el reinado abatido de un astro rey que debía, en pocos instantes, ceder su gloria a la paciente luna.
En ese momento ya se hacía más frío aquel favonio; era tan contradictorio aquel encanto eólico, ya que más calurosa no podría haber sido esa región. Desde tal punto miraba con cierto grado de encanto algunos vehículos que entraban y salían del pueblo, lo que de alguna manera intensificaba el tráfico. Las luces del alumbrado público iban emergiendo silenciosamente y las calles dejaban de ser una figura desanimada, poblándose de los transeúntes que retornaban a sus hogares o de aquellos que apenas comenzaban su locomoción trivial.
Todo transcurría de prisa allá abajo, pero no en mí. En mí pensar solo había manchas de abrazos letárgicos de nostalgia; desde niño solía subir a esta colina con mis amigos, de los cuales ya pocos existen: unos, porque pareciera que la misma historia no quiso anotarlos entre sus páginas; otros se volvieron invisibles y, a pesar de la tecnología, se ha perdido toda razón de ellos. ¿Cuántos años habrían pasado?
La noche silenciosamente hizo su acto de aparición. Comprendí entonces que debía descender, pues aquel seguía siendo un paraje solitario, de donde me encontraba, a pesar que el crecimiento urbano se había expandido a unos cientos de metros de allí. Dicha expansión, contraria a lo proyectado en el esquema de ordenamiento territorial, revelaba que quienes construyeron en las cercanías eran los dueños de aquellas casi desérticas tierras.
Bajé pausadamente por el viejo camino donde, aun con el vil pasar de los años, seguían incrustadas de manera infinita las piedras chinas y viejos cantos rodados. Al final del sendero, tras de una marcha lenta, alcancé la carretera que separaba el pueblo de la zona rural. Avancé por una ruta desolada y paralela a la carretera asfaltada durante casi un kilómetro. Luego de muchos pasos aparecieron los primeros indicios de civilización y tomé la calle que, siguiendo su continuidad en línea recta, me llevaría hasta la casa de mi madre.
Mi marcha era lenta. Con cada paso, fluían en mi mente ideas y la presencia de muchos recuerdos que apuntaban hacia la culpa; era como una indescifrada faena de saetas de añoranza que nublaban, más que mis ojos, mi conciencia por los errores cometidos y por aquello que de dejé de hacer. Bien sabía que nada ocurre por azar. No somos dueños de nada, salvo de los sueños. Es desolador sentirse en un punto de la vida donde, de pronto, te ves con las manos vacías, cargando promesas rotas y metas sin alcanzar, sabiendo que el tiempo, a la larga, te castigará; o al menos eso tiende a creer uno.
La calle estaba bajo el dominio de una luz artificial, casi opaca de neón, pero suficiente para dejar ver por dónde andar. Los perros callejeros se ladraban con indiferencia al mundo que los rodeaba, ajenos a lo humano. Uno de ellos se me acercó, tal vez por curiosidad o buscando refugio del acoso de los demás; sin embargo, no pude darle mucha atención. Seguí adelante, pero detuve la marcha al pasar por el viejo parque, situado exactamente donde las calles hacen una bifurcación. Sentí la necesidad de descansar y me di lugar en una vieja banca de concreto y madera.
Observaba a los niños jugar en la zona recreativa, custodiados por quienes supuse eran sus padres. Pasados unos minutos, consulte mi teléfono: no había mensaje ni llamadas. Guardé el aparato volví a mirar a los niños; uno lloraba mientras los otros lo observaban con susto. Un hombre se acercó, lo tomó de la mano y lo alejó del grupo.
Volví la vista hacia el final de la calle: persistía esa abrumada calma y soledad, animada solo por las sombras de los postes y los árboles que bordeaban los andenes. Miré al cielo y vi una luna llena, imponente y solitaria en el vacío sideral sin luceros. No recuerdo cuanto tiempo permanecí observándola, pero al apartar la vista, su imagen seguía impresa en mis ojos.
Me disponía a continuar hacia casa cuando escuché claramente que pronunciaban mi nombre. Al girar, reconocí la voz de inmediato: era mi amigo Alfonso Lamar. Me dio mucho gusto verlo, pues hacía muchos años que no sabía de él.
Se acercó a mí con gran entusiasmo y extendió su mano derecha; en un ligero ademán, nos dimos un corto abrazo. Nos sentamos y comenzamos una charla que se extendió por más de una hora, en la que hicimos un breve recuento de lo que habían sido nuestras vidas. Me sorprendió su relato y me sentí muy orgulloso de él, y por todo aquello que había logrado en los últimos años.
Al llegar a casa de mi madre, noté que había visitas en el recibidor. Tras saludarlos brevemente, me dirigí a la cocina; el hambre era tal que mi único objetivo era la nevera. Sobre el mesón encontré un plato servido que supuse mío, lo cual mi madre confirmó al acercarse. Sin embargo, después de comer, la sensación de vacío persistía, así que decidí salir de nuevo en busca de algo de comida rápida para engañar al estómago. Me dirigí a la plaza central, el punto donde más se asentaban todos los vendedores ambulantes; aunque no solía consumir ese tipo de viandas, era la única opción disponible a esa hora.
Mientras esperaba mi pedido, sentí una mano sobre mi hombro y una voz que me deseaba un buen provecho. Al voltear, me sorprendió encontrarme con Mariana Gómez, una amiga de infancia y compañera de secundaria. La invité a sentarse y, luego de los saludos de rigor, me confesó que se había para comprobar si realmente era yo quien estaba allí sentado. Era indiscutible que seguía siendo una mujer encantadora.
Poco a poco, otros viejos conocidos se sumaron a la mesa; en un pueblo chico, el anonimato es casi imposible. Pronto, la cena se transformó en una reunión de más de siete personas, envuelta en bullicio y carcajadas. Surgió el plan de asistir a una nueva discoteca que se inauguraba esa noche y, por acuerdo unánime, decidimos ir a conocerla. Al llegar al club, estaba en la puerta el hermano menor de Mariana, quien de forma muy amable nos hizo pasar poniéndole a cada uno un brazalete de color verde fluorescente.
Una vez dentro, nos sumergimos en una atmosfera de humo tenue, luces multicolores intermitentes y un sonido ensordecedor. Logramos ubicarnos en una mesa gracias a la gestión de uno de los meseros. Alberto Quiroz, el más joven del grupo, sirvió el primer trago de licor; al beberlo, sentí como un fuego rápido me partía el sistema digestivo. El embrujo de la música y el éxtasis del momento nos motivó a bailar a casi todos y, como no éramos parejas completas, alguien debía custodiar la mesa, pero yo logré quedar como dupla con Mariana. Con el pasar de las horas y el consumo de las botellas, el ambiente caló hondo en nosotros; los dioses Baco y Eros comenzaron a ejercer sus derechos, envolviéndonos en un sopor que nos impulsó a buscar un respiro en el balcón de la discoteca.
Afuera, el aire puro contrastaba con el perfume de Mariana, que me atraía de forma inevitable. Mi vista nublada por el alcohol, ya no tenía la nitidez de antes. En un impulso, la abracé y ella no opuso resistencia alguna. Entre susurros sobre el pasado, nos dejamos envolver de una manta cohesiva de pasión. Al mirar el reloj, noté que era un poco más de media noche. Con una sola mirada, sellamos el acuerdo: debíamos abandonar el lugar en busca de soledad.
Nos despedimos del resto de compañeros y nos fuimos caminando hacia su casa. Durante el camino compramos una botella más de licor y, entre voces confusas y besos apresurados, llegamos a nuestro destino. << mis padres no se están >>, me decía una y otra vez. Al abrir la puerta, me tomó del brazo con ímpetu y nos dejamos caer sobre un gran mueble abollonado que estaba en la sala.
Encendimos el equipo de sonido y seguimos bebiendo con desenfreno. Luego de terminar la botella, entre conversaciones estorbadas por las risas y caricias audaces, nos fuimos a su habitación.
A la mañana siguiente, al despertar, el mundo todavía giraba en mi cabeza. Mariana estaba sentada en una silla al lado de la cama, observándome con una sonrisa; llevaba puesta la camiseta que yo vestía la noche anterior. Me invitó al baño y, en medio de aquel universo vertiginoso, terminamos nuevamente embrujados por una pasión sin culpa y libertad. Luego de desayunar, recibí una llamada de uno de los amigos de la víspera; seguían de fiesta y vendrían pronto por nosotros. Se lo comuniqué a Mariana, quién solo sonrió y afirmó, con su habitual indiferencia, que la vida había que vivirla y gozarla.
A los pocos minutos llegaron por nosotros y nos fuimos a las afueras del pueblo, a la finca del padre de Fabio Cotes. Allí, opté por no beber más y lanzarme de inmediato a la piscina. Mientras se organizaba un asado entre cervezas y música, disfruté de la zambullida; luego salí como pude y comí un poco de carne asada en compañía de Mariana. Sin embargo, tras un par de horas. La resaca comenzó a pasarme factura y decidí volver a casa. Fabio se ofreció a llevarme en su carro y partimos de inmediato.
El recorrido estuvo lleno de risas y cantos que Fabio parecía malinterpretar en su estado. Decidí bajarme unas cuadras antes de llegar a la casa de mi madre; él dio la vuelta, hizo chirriar las llantas y se alejó a toda velocidad. Mientras caminaba, evoqué lo sucedido la noche anterior. Aunque disfruté de muchos momentos, no me sentía tan satisfecho; era como si no hubiese en la vida algo que me llenara completamente. Aun así, no acostumbraba arrepentirme de mis actos, aun cuando no estuviera dentro de los parámetros de lo correcto.
Al llegar, encontré la casa vacía; me encerré en mi habitación y me entregué a un sueño que duró apenas dos horas. Al despertar, descubrí muchísimas llamadas perdidas en mi teléfono, tanto de mi madre como de algunos amigos y hasta de números desconocidos. De pronto, escuché que golpeaban muy fuerte la puerta principal; salí de inmediato y me encontré con mamá, quien me abrazó con desesperación, envuelta en llanto. La escuché agradecerle a Dios de que yo me encontraba bien y en casa.
Le pregunté qué sucedía; no era costumbre que me abrazara tanto y que no me regañara por haber estado fuera de casa, sin avisar, aun cuando no viviera con ella y fuera ya alguien mayor e independiente. Entonces me habló de mis amigos. Me comunicó que un aparatoso accidente había sucedido a las afueras del pueblo: una camioneta negra había colisionado contra la parte trasera de un camión cargado de barras de acero. Hubo tres víctimas y cuatro heridos de gravedad. Lamentablemente, quienes llevaron la peor parte fueron Mariana Gómez, Mario Gómez y Fabio Cotes. No podía creerlo; al instante, enmudecí, envuelto en retazos de recuerdos ahogados en un sinsabor de tristeza.
Después de aquello, y habiendo dejado pasar un par de días, decidí marcharme del pueblo, muy lejos y por mucho tiempo. Solo ahora me atrevo a describir lo sucedido, hoy que nuevamente contemplo a mi viejo pedazo de tierra. Desde lo alto de esta colina y con la misma brisa golpeando mi espalda, otra vez miro mi terruño; me siento separado por el hondo abismo que se abre ante mis pies, pero unido por la conexión intangible con los que ya no están.
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