Estoy tan agradecido de que el día al fin haya terminado. Luego de una semana bastante pesada, merezco un buen descanso; así que cuando salgo del edificio del trabajo, expulso un profundo suspiro acompañado de una enorme sonrisa de oreja a oreja. Los últimos rayos del sol aluzan el horizonte de una forma bellamente espectacular, me siento muy afortunado en esta tarde de sábado.
Cuando voy caminando en dirección a la parada de autobuses, escucho el grito de una joven que se ha tropezado unos peldaños antes de llegar al final de las escaleras. Todo sucede en cuestión de breves segundos. Su cuerpo cae de bruces, pero soy lo suficientemente rápido como para atraparla entre mis brazos antes del impacto contra el suelo.
—¿Se encuentra bien? —pregunto, sosteniéndola aún. Su pelo es largo y castaño y huele a coco.
La joven me agarra de los hombros mientras trata de reincorporarse, y cuando logra ponerse de pie, nuestros rostros quedan demasiado cerca, tanto que me quedo sin aliento.
—Estoy bien…gracias —musita.
Entonces, el tiempo se vuelve lento a nuestro alrededor. Desconozco si transcurren minutos u horas, lo único que puedo hacer es mirarla, como si ahora me encontrara bajo un poderosísimo hechizo que me impidiera apartar la vista.
Ésta joven es preciosa, de eso no hay duda. Su rostro es redondo y adorable, su pequeña nariz combina a la perfección con sus mejillas sonrojadas, y sus labios discretamente rojizos son la última pieza que completa mi rompecabezas.
—¡Younha!
Una mujer grita a lo lejos, haciéndonos bajar de nuestra mutua fascinación. En seguida, la joven se separa, apenada hasta la cabeza, hace una venia a la vez que me pide disculpas y me da su sincero agradecimiento. Después, sale disparada en dirección a la mujer, impidiéndome emitir palabra alguna.
Solo atino a sonreír y me pregunto si alguna vez la volveré a ver.
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