El mundo había avanzado tanto en tecnología, pensamientos y en riquezas económicas, pero, a la vez y como contraparte, se había vuelto un lugar más vulnerable a las enfermedades, al desprecio y al egoísmo mismo del hombre. El ser humano había desarrollado casi por completo su capacidad intelectual por lograr metas antes inalcanzables; la comunicación se tornó tan instantánea las distancias parecían haber dejado de existir. En este << nuevo modernismo>>, todo era tan fácil y tan preciso que apenas quedaba espacio para el surgimiento de grandes inventos; lo que ocurría era una perfección de lo ya descubierto, hasta las mismas enfermedades eran una copia, aunque con más fuerzas de las existentes; el hombre creía rozar una casi mitológica perfección mientras, en rincones olvidados, la ignorancia ostentaba su reinado abismal.
Hago referencia a una parte del mundo donde la vanguardia tecnológica ni si quiera quisieron mirar. Allí el tiempo se mantiene congelado, como si todo le pasara, por un lado, tal como lo hacen de manera mezquina las nubes que se forman en un lugar, pero dejan caer sus aguas en regiones lejanas. Así sucedía con la vereda El Caimito, un pequeño cúmulo de parcelas distanciadas por hectáreas de cultivos revueltos que denotaban un hábito desordenado de la agricultura.
Esta vereda hace parte del pueblo El Palmar, en el sureste de su división política. Para llegar allá, se debe hacer un recorrido de setenta y ocho kilómetros por carretera terciaria y luego desviarse por una vieja trocha de morfología ordinaria y polvorienta, común en los tiempos de sequía. Todo el sendero está conformado por grandes fincas y haciendas cercadas con líneas de oxidados alambres de púas, grapados en esos calaverados árboles de matarratón y jobos.
Realmente, aquel lugar había sido olvidado por todas las administraciones municipales y departamentales; Incluso la nación había mantenido un olvido absoluto sobre él. Nunca ocurría un evento, ni siquiera un desastre que mereciera ser mostrado en televisión o mencionado en la radio. Quizás, ni Google Earth lo reconozca, pero ese aislamiento era, a su vez, un alivio para los moradores. Vivir en la lejanía y el destierro era preferible para ellos; sus costumbres y modos de vida se asemejaban más a los de apartadas tribus que a la sociedad moderna.
Sim embargo, ese silencio estaba por quedar atrás. Las fuertes brisas, que ahora soplaban con júbilo a manera de presagio, anunciaban el fin de la mala racha. Era la mañana del 20 de mayo de 2012 cuando a Eutimio Silgado le llevaron la razón de que tenía una llamada en el teléfono celular de la zona: el aparato de la tienda de doña Ambrosia Medina. Aquel objeto, única tecnología en Ochenta kilómetros a la redonda, no estaba ahí por necesidad, sino por azar, Ambrosia lo había adquirido mediante un trueque con un infante del ejército, cambiándolo por salchichón, panes duros y gaseosas calientes.
Para los habitantes, evitar la tecnología era una forma de no perturbar sus costumbres ni << enredarse la vida >>. Cuando Eutimio llegó al negocio ya la llamada se había cortado. Aguardó unos minutos mientras entablaba una conversación con la dueña, buscando una pista sobre el misterioso contacto.
—-Oye, vieja Ambro, ¿qué le dijeron?——– Preguntó Eutimio.
—- Ni mierda, compae Timio——– Respondió doña Ambrosia.
—– Solo preguntaron por usted y si lo podían pasar al cosiampiro este—-
—-¿Quién joda sería?—– Argumentó Eutimio, intrigado.
—-¿Quién sabe?—– Dijo Ambrosia, retirándose hacia el interior de su casa.
Al momento en que Eutimio se disponía a regresar a su casa —pues el tiempo lo apremiaba para culminar sus labores—, el aparato sonó. De manera casi inmediata, doña Ambrosia contestó. Eutimio se detuvo en seco, con el oído atento; efectivamente, la llamada era para él.
—- Aló…— Dijo Eutimio con voz potente.
La conversación duró apenas dos minutos. El líder escuchaba de forma pausada, respondiendo con una gravedad que denotaba respeto, pero también cautela: << Sí, señor, entiendo; sí, señor… >> Al colgar, notó la mirada inquisitiva de Ambrosia, quién había intentado captar algún susurro de la charla. Eutimio le confió que se trataba de uno de los nuevos aspirantes a la alcaldía municipal, un hombre llamado Antonio Moreno, quién solicitaba una reunión personal.
Toñito un vivaz aspirante a burgomaestre, sabía que en esa zona distante del mapa existía un caudal de votos necesarios; lo que no calculó fue que sus habitantes ya no eran los mismos. Aunque vivían en esa forma, no eran del todos tan ignorantes ante el engaño. Habían comprendido, tras años de abandono, que una remesa alimentaria, una compra de voto o cualquier otro detalle, no durarían cuatro años y que todas aquellas promesas eran tan efímeras como el viento sobre las aguas.
No obstante, Eutimio pudo convencer a su gente de por lo menos escuchar al hombre, por lo que días después, la reunión se llevó a cabo en el rancho de doña Ambrosia, el epicentro de las fiestas y las penas de la vereda. Bajo la cubierta de palma seca y sobre un suelo de arena, se congregaron hombres ensombrerados de camisas amarillentas y mujeres de alborotados cabellos, aunque sonrientes entre sí y presuntamente pacientes. El silencio solo era roto por el susurro de la expectativa. Eutimio intentó tomar la palabra, pero fue interrumpido por la voz severa don Evelio Velázquez, el más anciano del grupo, quien sentenció sin protocolos:
—-De una vez te digo, y sin pelos en la lengua y sin maricadas, que no vine a perder el tiempo. Ya sé que te llamó el tal Toñito Moreno a pedir votos, pero ya todos ustedes saben cuál es la respuesta, aunque se las recuerdo, ya estamos cansados, ¡Nojoda! —-
De inmediato, el bullicio belicoso se apoderó del lugar, similar al frenesí que alguna vez rodeo a otros héroes comunitarios en la región.
—-Sí, señor, así es como dice compae Evelio — gritó Pello Alquerque. —- ¡Que aquí no vengan con más vaina! —- corearon los presentes.
— Quien quiera que sea, que venga con cuento de querernos otra vez engañar, ya está decidido que se va a llevar su palera. — Nuevamente intervino Evelio.
La decisión estaba tomada: cualquier político que intentara engañarlos de nuevo, se encontraría no con votos, sino con el desprecio y la furia de un pueblo que ya no cree en cuentos de camino.
El público presente estalló en un aplauso rítmico, mezclado con silbidos y gritos; se había gestado esa arenga típica de quienes, cansados del olvido, desean ver el mundo arder. Eutimio permaneció impávido, incapaz de articular palabra, aunque su sofoco no nacía de las acciones de sus coterráneos, sino del peso de haber roto definitivamente su relación con el candidato. En realidad, aquellos desterrados pobladores habían prometido, hacía mucho tiempo, actuar con severidad ante cualquier insinuación política; era una promesa grabada en su desprecio y, sin dudas estaban dispuestos a cumplirla; Eutimio no pudo intervenir porque la rabia y el alboroto se apoderaron por completo de los presentes.
Pocas horas después de aquella reunión en la olvidada vereda, una noticia se propagó por el casco urbano y toda la región: en el centro de salud de El palmar se encontraba un joven gravemente herido. Presentaba múltiples contusiones y fracturas en todo el cuerpo, propinadas por elementos contundentes, en otras palabras, lo molieron a garrotazos en una violenta represalia.
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