Vladímir Rengifo había salido de pesca desde muy temprano hacia la Ciénaga de Tofeme. Lo hacía con aquel entusiasmo que siempre lo caracterizaba y con la noción de que algo grandioso pasaría ese día; así lo había soñado, y casi siempre sus sueños contenían mensajes abstractos que él intentaba descifrar, aunque a veces lo hiciera de forma inversa. Era ya casi mediodía y aún no lograba capturar en su red ni un solo pez, ni siquiera un sapo. ¡Nada! Estaba tan decepcionado y abrumado que no era capaz de sentir el sol que se estrellaba sobre él.
Había pasado un rato considerable concentrado en esa nula actividad cuando, de pronto, notó que su entorno estaba solo: únicamente era él y la ciénaga. Sus compañeros ya se habían marchado, por lo que decidió lanzar la red al agua antes de regresar a su cabaña. Seguidamente armó y tiró; tras un par de minutos, sacó su atarraya y encontró un único pez. Era una pequeña mojarra que le hizo brotar una sonrisa picarona de su arrugado rostro. Sin embargo, la sorpresa fue mucho más entusiasta cuando, al sostenerla, sintió un peso y tamaño inusuales. Al examinarla detalladamente, se percató de algo singular en el costado derecho: un número de cuatro cifras, diminuto pero legible. ¡Efectivamente, era un número!
De inmediato recordó aquellas historias, donde la gente buscaba números en las ranas u otros animales, para luego comprar un billete de lotería con esos dígitos o, si no, apostarle al chance de turno. Tomó al pez, lo echó en la vieja cava y remó con agilidad hacia la orilla del cenagal. Cada boga era un pensamiento: razonaba vivazmente sobre como sacar provecho de su hallazgo. Pensó en anunciar el descubrimiento y cobrar una bonificación o, mejor aún, comérselo y apostar en secreto para que la suerte fuera solo suya. No obstante, su naturaleza solidaria se impuso. Imaginó la fama, la posibilidad de aparecer en televisión y mostrar así su pobreza y con ello recibir de la benevolencia de la gente o del estado. El viejo Vlacho pensaba muchas cosas mientras sonreía lenta y ambiciosamente.
Ya cerca de la orilla, no pudo contener su espíritu solidario y comenzó a vociferar muy enérgicamente que había encontrado el << pez de la fortuna >>. Aquellos que estaban cerca, sorprendidos por la repentina emoción del hombre, murmuraban entre sí que al pobre << el hambre lo estaba trabajando más fuerte que de costumbre >> o que, quizás, estaba de nuevo bajo el efecto del << chirrinchi >> o el << ñeque >>. Sin embargo, él continuó con su alboroto, inquietando a los presentes, quienes finalmente se acercaron para corroborar la verdad, dejando de lado las sospechosas sobre aquel hombre ya transformado por el hallazgo.
Muy rápidamente, la gente al comprobar adquisición de Vladímir. Supieron todos del advenimiento del místico número que, entre otras cosas, les podría otorgar una gran y anhelada fortuna. Tanto la multitud como el propio pescador se emocionaban cada vez más mientras él repetía, incansablemente, que tenía la plena seguridad de que ese era el número de la suerte; después de todo, así lo había soñado.
Seguidamente, la noticia se fue propagando con ferocidad y más personas corrían hacia donde él se encontraba. Algunos le preguntaban por el número, pero Vlacho no podía responderles: no tanto por un afán de guardar el secreto, sino porque, sencillamente, él era un poco flojo de pensamiento y de recuerdos casi nulos.
Al dirigirse a su casa en compañía de la muchedumbre, notó que todo el caserío estaba totalmente alborotado. Ya todos se habían enterado del hallazgo, tanto que ni lo dejaban caminar; algunos intentaban arrebatarle la cava donde guardaba al pez para ver por sí mismos el gran descubrimiento. Hombres, mujeres, niños y hasta los perros y hasta los animales se sumaban al estruendo; la comunidad entera le hacía arengas, lo abrazaba y lo elogiaba con gran fervor. En ese instante todos estaban convencidos que Vladimir sería quien cambiaría la suerte de ese viejo y olvidado caserío. Era un momento de fama y elogio que había nacido de forma rápida y severa; un nuevo héroe comunitario se había creado.
La magnitud del evento era tal que muchas mujeres embarazadas prometían llamar a sus hijos Vladímir, mientras los hombres lo llamaban << compadre >> y que estarían gustosamente agradecidos, si le bautizaba a uno de sus hijos. En medio de aquel júbilo precoz, terminaron llevándolo en andas hasta su vieja casa: una choza hecha de palos, escuetamente sellados con boñiga de burro y con techo de palma, que, entre otras cosas, estaba a punto de caerse. La gente se acomodaba en la pequeña sala, otros en el patio y el resto aguardaba en la calle. La emoción era tan grande que el pueblo entero se encontraba de fiesta, con el epicentro en el hogar del ahora popular Vlacho.
A pesar de la emoción existente y del ruido entre los presentes, Vladimir propuso sacar al pez de la cava para revelar la misteriosa cifra. Sin embargo, antes de hacerlo, solicitó una colaboración anticipada, apelando a que todos conocían su condición como el hombre más humilde y pobre del lugar. La multitud, entregada a la esperanza de la fortuna, decidió recoger dinero entre todos, reuniendo así una cantidad de efectivo que jamás Vlacho había tenido en sus manos. Todo el que llegaba depositaba billetes o monedas en una urna improvisada con una cajeta vieja.
El tiempo transcurría y la noticia se difundió con tal magnitud que multitudes de pueblos cercanos arribaron a la vivienda del hombre, quién en ese instante se había convertido en un adalid, en el salvador de Tofeme. La agitación atrajo incluso y a equipos de grabación; aquello se transformó en un fandango, lleno de pólvora y voladores, un frenesí total antes de las fiestas patronales.
Entonces Vladímir habló casi a gritos y la gente enmudeció de inmediato. Por fin ya iba a dar a conocer el secreto del pescado, el número de la suerte, la gran noticia del día y quizás de todos los tiempos en aquella población. Subió a una tarima improvisada con tablas viejas y palos de leña, un soporte emparapetado donde todos los ojos y cámaras se posaron con concentración total. El silencio solo era interrumpido por viento que se estrellaba con las aguas de la ciénaga cuando el milagroso hombre abrió la cava, Con sus manos morenas y toscas sacó al pescado, pero en ese preciso instante, una de las patas de la ahora tarima se rompió estrepitosamente.
El equilibrio se perdió en un destello de adrenalina; Vlacho giró los brazos con fuerza para no caer y el pez salió lanzado por los aires. La muchedumbre corrió para atraparlo, pero antes de que tocara el suelo, Sultán, un perro enorme y hambriento que acompañaba al pescador, saltó con su gran mandíbula abierta y de un solo bocado se tragó a la mojarra. Un silencio sepulcral paralizó a los presentes, de un momento a otro quedaron paralizados e impávidos, como si se hubiera congelara el tiempo, hasta que la multitud reaccionó con rabia persiguiendo al animal con palos y machetes.
El animal corrió como nunca antes lo había hecho, pero fue en vano y tras alcanzarlo, el pobre perro regurgitó lo que quedaba del pez: faltaba precisamente la parte del costado derecho donde estaba el número. En un acto de furia ciega y masiva, la comunidad ahorcó a Sultan, convirtiéndolo en el enemigo público, para luego volverse contra el desdichado Vladimir. Le preguntaron por la cifra, pero él, fiel a su memoria de recuerdos casi nulos, no pudo acordarse. La gente le arrebató la caja de dinero en medio de un nuevo alboroto y, finalmente, todos se marcharon decepcionados y confundidos.
El arrugado pescador quedó solo y enmudecido. Como represalia, algunos le rompieron su vieja canoa al igual que el puertecillo de mangle. Dejaron su barraca mas revuelta y mas inclinada de lo que ya estaba. Tras un largo rato de denuedo, se refugió en su vieja hamaca bajo el tamarindo del patio. Allí, mientras trataba de digerir la desdicha, comenzó a suplicar e implorar a todos sus santos que, por favor, no le enviaran más de esos sueños.
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