Comala, donde el calor no perdona
No te escribo por amor, eso ya se acabó hace años, si es que alguna vez fue cierto, te escribo porque el rencor no se me pudre adentro y la culpa hace ruido cuando intento dormir.
Me llamo Brígida Rentería, fui tu mujer sin serlo en los papeles, y tuya en las habladurías de este pueblo que nunca olvida, aquí todo se queda pegado como el polvo en la piel, también las vergüenzas.
Te guardé demasiado tiempo el silencio, callé cuando me dejaste sola, cuando te fuiste detrás de tus tierras y de tus muertos, cuando me prometiste volver “antes de que el niño aprendiera a hablar”, el niño ya habla con los murmullos de la casa, porque no te conoció y eso también es culpa mía.
No creas que no te odié , te odio todavía, te odio por haberme hecho esperar mirando el camino vacío, por haberme enseñado a aguantar sin preguntar, por haberme vuelto piedra mientras tú te ibas volviendo recuerdo, en Comala las mujeres aprendemos temprano a enterrarnos despiertas.
Pero no soy inocente, yo tampoco dije nada cuando pude, no te detuve, no grité, me quedé viendo cómo te borrabas, como se borran los nombres de las tumbas viejas, pensé que el orgullo me salvaría, y sólo me dejó más sola, aquí el orgullo no sirve: se seca igual que todo.
A veces creo que sigues vivo sólo para que yo cargue con esto, otras veces deseo que estés muerto, para poder hablarte sin esperar respuesta, porque eso hacemos aquí: hablamos con los que ya no pueden responder, y aun así nos duelen más que los vivos.
Si vuelves —si es que los hombres como tú vuelven a algún lado— no me busques, no te debo perdón y no lo quiero tampoco, este rencor es lo único que todavía me pertenece, la culpa me acompaña, pero el odio me mantiene de pie.
Dejo esta carta donde nadie la encuentre.
En Comala no se escriben cartas para ser leídas, sino para no reventarse por dentro.
Brígida
Cartas desde el polvo
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