LA COSA DE MARTE – ECO DEL VACÍO

«En 1965, la Unión Soviética lanzó una misión secreta a Marte. Nunca se supo nada de ella. En 2047, la NASA encontró los restos. En 2052, Roscosmos encontró los restos de la NASA. La historia se repite porque el horror no discrimina banderas. Solo espera.»
Marte, Cráter Arsia Mons — 12 de junio, 2052
Misión Rojo Zarya (Roscosmos)
Comandante: Elena Petrova
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El sello de la escotilla siseó al ceder, liberando un aire más rancio que muerto. La comandante Elena Petrova fue la primera en bajar la escalerilla, su traje blanco de Roscosmos contrastando con las paredes de basalto de la cueva marciana. Tras ella, el geólogo Dmitri Volkov y el ingeniero Alexei Morozov.
Tres cosmonautas rusos. Una misión sin precedentes. Y una caverna que los satélites habían señalado como una anomalía térmica imposible.
“Mala suerte”, dijo Dmitri, su voz metálica en el canal privado. “Este conducto de lava está vacío. Ni rastros de hielo sublimado. Otra pérdida de tiempo.”
Pero Elena no respondió. Sus botas habían tocado algo que resonó con un golpe metálico y hueco. Bajó la linterna.
La arena roja había sido removida, formando un montículo bajo. Y asomando entre ella, una visera. No era el policarbonato moderno de sus cascos. Era un cristal curvo, grueso, empañado por décadas de polvo.
Elena se arrodilló. Con un gesto lento comenzó a desenterrar el cuerpo. El traje era voluminoso, de un blanco amarillento por la radiación, con juntas metálicas oxidadas. En el pecho, una placa roja descolorida: la hoz y el martillo.
“Dios mío”, susurró Dmitri. “¿Un traje soviético?”
Elena no respondió. Conocía cada pliegue de esa tecnología. Su luz iluminó la placa de identificación.
И. КОСТАДИНОВ
CCCP
El apellido le heló la sangre. Lo conocía por archivos desclasificados que su abuelo, un traductor de la KGB, le había mostrado en secreto. Misiones fantasmas. Cosmonautas que nunca existieron oficialmente.
En el brazo derecho del cuerpo, una banda de tela negra tenía letras pintadas con lo que parecía sangre seca. Cirílico:
КОЛОНИЗАЦИЯ МАРСА — 1965
(Colonización Marte — 1965)
“Eso es anterior a la Luna”, dijo Alexei, su voz quebrada. “Anterior a todo. ¿Cómo es posible?”
“No lo sé”, respondió Elena. “Pero no estamos solos aquí. Revisen el resto de la cueva. Busquen más restos.”
Dmitri y Alexei se adentraron en la oscuridad, sus linternas desgarrando la penumbra. Elena se quedó con el cuerpo, documentando cada detalle con su cámara manual. Algo le inquietaba. La posición de Kostadinov no era natural. Estaba de rodillas, la espalda arqueada, la cabeza inclinada hacia atrás como si en el último momento hubiera estado mirando al techo.
Elena siguió su mirada.
La roca, a unos tres metros de altura, estaba cubierta de marcas. Arañazos profundos, como si algo hubiera desgarrado la piedra con una fuerza inhumana. No era escritura. Eran espirales que se bifurcaban en ángulos imposibles, patrones que dolían al seguirlos con la mirada.
“Comandante…” La voz de Dmitri llegó por el canal, cortada por interferencias que no deberían existir bajo tierra. “Hemos encontrado algo. Tienes que venir.”
Elena dejó el cuerpo y avanzó por el túnel. La cueva se abría en una cámara más amplia. Dmitri y Alexei estaban allí, de pie, rígidos, sus linternas apuntando al suelo.
“Dmitri, ¿qué pasa? ¿Qué han encontrado?”
Él señaló con la mano temblorosa.
Dos cuerpos. No eran antiguos. Los trajes eran blancos, modernos, con la bandera de Estados Unidos en el hombro. La NASA. Uno de los cascos estaba roto, la visera fracturada. El otro estaba intacto, pero empañado por dentro con un líquido rojizo.
Elena se arrodilló junto a ellos. Las placas de identificación decían:
SARAH OKONKWO — NASA — 2047
MARCUS WEBB — NASA — 2047
El año le golpeó el pecho como un puño.
“Estos son de hace cinco años”, dijo Alexei, su voz apenas un susurro. “Hubo una misión americana. No nos lo dijeron. No… no volvieron.”
“No volvieron”, repitió Elena, mirando a su alrededor. “Y nadie en la Tierra lo sabe.”
Fue entonces cuando vio la pared del fondo. No era roca. Era una membrana. Un objeto de material negro que absorbía la luz, del tamaño de un módulo de aterrizaje, con filamentos que se fundían con las paredes como si la cueva hubiera crecido a su alrededor. En su base, medio digerida, estaba la cápsula espacial soviética de Kostadinov. Y junto a ella, los restos del módulo americano, parcialmente absorbido.
No eran los primeros. Los americanos habían llegado antes, en 2047. Y la cosa los había devorado a ellos también.
El radio de Elena estalló en un chirrido agudo. Luego, sobre la estática, una voz. Antigua, rasposa, en ruso:
“… Земля… это не колыбель… Это… меню…”
(Tierra… no es la cuna… Es… un menú…)
Un golpe húmedo, repetitivo. Y una risa que no era humana.
“Salimos de aquí. Ahora”, ordenó Elena. “Dmitri, Alexei, muévanse.”
Dmitri no se movió. Seguía mirando la membrana, pero sus ojos ya no eran los mismos. La visera de su casco comenzó a empañarse por dentro con un líquido rojizo.
“Dmitri, ¿me escuchas?”
Él se giró lentamente. Su boca se movía, pero no era su voz.
“Dice que no debemos irnos. Dice que ha esperado mucho. Desde que el primer hombre miró a las estrellas sin miedo. Dice que por fin ha llegado el festín.”
Detrás de Elena, el cadáver de Kostadinov comenzó a moverse. El traje se hundió sobre sí mismo y de las juntas oxidadas brotó la sustancia negra, extendiéndose por el suelo hacia sus botas.
Alexei gritó. Corrió hacia la salida, pero la mancha negra ya había llegado primero. Se alzó del suelo como una ola, envolviéndolo. Su grito se cortó en un instante. Solo quedó el traje, colapsando sobre sí mismo, vacío.
Elena corrió. Corrió hacia la entrada de la cueva, hacia la luz. Dmitri la seguía, pero no corría. Caminaba con movimientos rígidos, articulados, como una marioneta.
Llegó al módulo. Se lanzó al interior. Cerró la escotilla. Desde la ventanilla, vio a Dmitri saliendo de la cueva, caminando lentamente hacia ella. Se detuvo a diez metros. Alzó la mano derecha y escribió con el dedo en su visera empañada.
Una palabra. Cirílico.
ДОМОЙ
Casa.
Detrás de él, desde el interior de la cueva, brotó una luz roja. La membrana estaba abriéndose. Algo estaba saliendo. Algo que no había terminado de comer.
Elena activó los motores. El módulo se elevó entre una nube de arena roja, dejando atrás a Dmitri, inmóvil, observándola ascender.
En el módulo, sola, con el eco de la risa aún en sus oídos, Elena miró hacia abajo. Vio la cueva haciéndose pequeña. Vio a Dmitri, una mancha blanca en el rojo infinito. Y vio algo más.
Dos figuras más salían de la cueva. Trajes blancos, modernos, con la bandera de Estados Unidos. Sarah y Marcus. Los muertos de 2047. Caminaban ahora junto a Dmitri, los tres alineados, los tres mirando hacia arriba.
Y entonces, todos al unísono, alzaron la mano y escribieron en sus viseras.
ДОМОЙ
ГОЛОД
ОТКРОЙ ДВЕРЬ
(Casa)
(Hambre)
(Abre la puerta)
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Epílogo — Archivos Clasificados, 2052
La comandante Elena Petrova regresó a la Tierra. Su informe fue sellado con nivel de clasificación máximo. La misión Rojo Zarya fue declarada como “fallo técnico”. Los cosmonautas Dmitri Volkov y Alexei Morozov fueron listados como “perdidos en el espacio”.
Elena fue sometida a evaluación psicológica. Nunca volvió a hablar de lo que vio.
Pero en una entrevista privada con un oficial de inteligencia rusa, cuya transcripción permanece oculta en los archivos del Kremlin, dijo lo siguiente:
“No eran los primeros. Los americanos llegaron en el 47. Kostadinov en el 65. La cosa ha estado allí esperando, comiendo, creciendo. Ahora nosotros abrimos la puerta. Y ella nos ha visto. Ella sabe que hay más. Ella sabe que hay un planeta entero lleno de comida.”
La misión conjunta ruso-americana a Marte, programada para 2055, fue cancelada silenciosamente.
Pero los satélites rusos en órbita marciana continúan transmitiendo. En las imágenes de la última semana, los analistas han notado algo que no pueden explicar.
La cueva ha crecido.
Y alrededor de ella, hay tres figuras blancas de pie, inmóviles, esperando.
Fin?
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