Un café en el purgatorio

Un café en el purgatorio

A veces Dahianna

23/03/2026

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– Dale señor el descanso eterno, y brille para ella la luz perpetua… Fue lo último que oí.

Siempre pensé que la muerte era un estado, pero no, resulta que es un lugar. Creí que había llegado a deshacer pasos, como le pasa a todos los que dejan el mundo de los vivos; sin embargo, cuando ya iba a seguir el camino hacia otros horizontes, solo vi humo y neblina, los pies se me quedaron pegados a la tierra empantanada que embadurna al pueblo cada vez que llueve.

Quise irme porque era un pueblo de esos donde se siente que la vida se queda estancada, donde los sueños mueren. Recuerdo que una vez me fui de paseo a Contla, fue la única vez que salí de aquí; de hecho, pensé en quedarme a hacer mi vida allá, pero había algo que me obligaba a volver. No era el arraigo a la tierrita como creen ustedes, era algo más, que no supe explicar hasta ahora. Decidí volver, no pude luchar contra esa sensación. Al cruzar el aviso que decía “Bienvenido a Comala”, sentí como si estuviera atravesando una cortina invisible que me llevaba a otro lugar fuera de este mundo. Nada se sentía real como en Contla: las personas, las emociones, el tiempo, el espacio, los anhelos. Todo se estancaba. Esa fuerza que me obligaba a regresar no era más que mi destino eterno, pues heme aquí en este calor infernal, escuchando los gritos de Martha Irene, clamando para que la dejen volver por su hija que llora su partida. O las interminables caminatas fumando cigarrillo de Roberto Castañeda, diciendo que si ya lo mató el cigarrillo ¿para qué dejarlo?

Me acompaña todas las tardes a tomar café Orfilia Echavarría.

A nuestros hijos los mataron juntos a la madrugada de un primero de agosto, iban a tomarse unos tragos, pero los confundieron con otras personas. Debe ser por eso que estamos aquí ahora, nos dejamos morir de tristeza. Recuerdo que Orfilia dejó de fumar cuando se quedó sin Ricardo, su hijo. Decía que lo estaba haciendo como una promesa a él, pero al año de haberlo dejado, le descubrieron un cáncer que se la llevó en tres meses. Tres años después yo le seguí, la partida de Luis Carlos, mi hijo, terminó por apagar mis ganas de vivir, de comer, de salir, de respirar. Un día, finalmente mi cuerpo cedió y me vi aquí, tratando de salir sin poder, atrapada para siempre.

Me resigné, hasta que vi que Orfilia me hacía señas, sentada en el quicio de la puerta, con dos pocillos de café hechos en agua de panela. – Te demoraste más – me dijo. No le respondí. Me senté en silencio y así permanecimos. Así hemos permanecido quién sabe cuánto, porque aquí el tiempo existe diferente.
Y así, todos los días, sentadas en el quicio de la puerta, escuchamos a Martha Irene gritar, vemos a Roberto caminar mientras fuma y esperamos con un tercer pocillo a doña Jael, nuestra próxima compañera. 

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