
Piso 10
Marcos había firmado las escrituras esa misma mañana. El departamento era un lujo en el corazón de un nuevo desarrollo que prometía “vida inteligente y conectada”. Para celebrar, invitó a seis amigos: Laura, la desconfiada; Felipe, el fanático de la tecnología; Clara, la que siempre veía el lado positivo; Damián, el sarcástico; Valeria, la que se creía el centro de atención, y Tomás, el que siempre terminaba siguiendo a los demás.
A las ocho en punto, los seis estaban en el lobby de mármol blanco, una mole de silencio y luces LED que zumbaban con una frecuencia apenas audible. Marcos los recibió con una sonrisa tensa. “Bienvenidos a mi nuevo infierno”, bromeó Damián. Nadie se rió.
Subieron los siete al elevador. Era espacioso, con espejos en tres paredes y el suelo de un negro tan pulido que parecía un pozo. Marcos presionó el botón con el número 10. El elevador se elevó con un suave ding. Pasaron el piso 1, el 2… y en el 3, la luz se fue.
No fue un apagón común. Fue como si la oscuridad tuviera textura, un denso terciopelo que les apretaba los ojos y los oídos. El botón de emergencia sonó como un gemido ahogado. La luz de emergencia del panel parpadeó dos veces y murió.
—Tranquilos —dijo la voz de Marcos, que no sonaba tranquila—. El botón de alarma no funciona. El teléfono… no hay señal.
—Bajemos —susurró Laura.
Felipe prendió la linterna del celular. La luz rasgó la oscuridad revelando sus propios rostros demacrados por el pánico. “El botón de bajada no responde”, dijo. “Solo funciona el del piso 10”.
—Entonces subamos —dijo Clara, con un optimismo que ya sonaba a mecanismo roto.
El elevador empezó a subir con lentitud. Un ruido grave, como de huesos rechinando, llenó la cabina.
Piso 4. Las puertas se abrieron. En el pasillo, una mujer muy delgada, con una bata de baño rosa desteñido, los miraba. Sonreía. Era una sonrisa que no llegaba a sus ojos; parecía dibujada con un cuchillo. Sostuvo un dedo frente a sus labios: shhh. Las puertas se cerraron.
Piso 5. Un niño con una máscara de conejo, sentado en el suelo en medio del pasillo. No jugaba. Solo movía la cabeza en círculos lentos, como un péndulo. La sonrisa detrás de la máscara se transparentaba en la tela. Los miró mientras pasaban, con una fijeza hidráulica.
Piso 6. Una pareja de ancianos, idénticos, tomados de la mano. Tenían la piel del color del papel de estraza. Sonreían mostrando encías negras. Asintieron en perfecta sincronía, como si confirmaran algo que los siete dentro del elevador aún no sabían.
—Esto no es normal —dijo Damián, pero su sarcasmo se había desinflado como un globo pinchado.
—No pasa nada —respondió Valeria, con la voz aguda—. Son vecinos… excéntricos.
—Vecinos excéntricos no sonríen como si estuvieran eligiendo un corte de carne —murmuró Tomás, que no había abierto la boca en todo el trayecto.
Piso 7. Un hombre calvo, con un traje azul impecable, estaba parado justo enfrente de las puertas. No había luz en el pasillo, pero su cara brillaba con un brillo aceitoso. Sonreía. Tenía la boca ligeramente más ancha de lo que debería. Se inclinó en una reverencia teatral. Las puertas se cerraron.
Piso 8. El pasillo estaba vacío. Pero en el techo, pegado como una araña, había una figura humana. Delgada, al revés. Su cabeza giró 180 grados para verlos. Sonreía. Tenía demasiados dientes. La luz de los celulares se reflejó en sus córneas como en las de un animal nocturno.
—Ya no es gracioso —dijo Felipe, con el teléfono temblando en la mano—. Llevamos… llevamos subiendo como cinco minutos.
—Solo hemos pasado del 4 al 8 —dijo Marcos, señalando el panel.
—No —dijo Laura, señalando su reloj—. Llevamos veinte minutos.
Piso 9. Un grupo de personas, tal vez seis o siete, amontonadas en el marco de la puerta. No cabían, pero estaban allí. Todos sonreían. No pestañeaban. Algunos tenían la cabeza ladeada en ángulos imposibles. Uno de ellos, una mujer con el cabello mojado, levantó la mano y movió los dedos en un saludo lento, como si los conociera de toda la vida.
Las puertas se cerraron con un golpe seco.
Piso 10. El elevador se detuvo. Las luces se encendieron de golpe, con un zumbido violento que les hizo apretar los dientes. Las puertas se abrieron.
El pasillo del piso 10 era idéntico al lobby: mármol blanco, luces LED. Pero el aire olía a polvo, a humedad, a algo que había estado encerrado por mucho tiempo. Marcos salió primero, con la llave en la mano. Llegó a la puerta de su departamento. El número 10B estaba allí, pero la pintura estaba desconchada, el marco tenía manchas de óxido y el felpudo decía “BIENVENIDOS” con las letras borradas.
Abrió la puerta. Adentro no había muebles nuevos. Había una mesa de madera vieja, tres sillas rotas y, sobre una repisa, un calendario.
—Es imposible —susurró Clara.
El calendario marcaba 19 de junio. Marcos miró su teléfono. La fecha que aparecía era 19 de septiembre.
—Tres meses —dijo Felipe, con la voz quebrada—. Estuvimos en el elevador tres meses.
—No —dijo Valeria, riendo con un tono que ya no era de ella—. Eso no tiene sentido. Estuvimos… unos minutos.
Laura caminó hacia la ventana. Afuera no había ciudad. Había un horizonte gris, uniforme, como una pared infinita. No se veía tráfico, no se veían luces. Solo un vacío denso que parecía mirarlos de vuelta.
—Vámonos —dijo Tomás—. Ahora. Bajamos por la escalera, salimos a la calle y nos vamos.
Corrieron al hueco de la escalera. La puerta de metal estaba fría, húmeda. La abrieron.
No había escaleras que bajaran. El hueco era un pozo vertical con barandales que se perdían en la oscuridad. Pero enfrente, sí había un tramo que subía.
—No —dijo Marcos—. Subimos ya. Del 10 al lobby… no puede ser tan lejos.
Empezaron a subir. Las escaleras eran de cemento gris, con peldaños desiguales, algunos más altos, otros más bajos, como si las hubiera construido un arquitecto en medio de un sueño febril. Subieron un piso. El letrero decía 11. Subieron otro. Letrero: 11. Otro más. 11.
—Solo dice 11 —dijo Felipe, con la linterna del celular temblando.
—Entonces bajemos —dijo Laura.
Bajaron. Un piso. Letrero: 9. Bajaron otro. 9. Bajaron diez pisos. Todos los letreros decían 9.
—No hay piso 10 —dijo Tomás.
—No hay lobby —dijo Clara, y por primera vez su voz sonó hueca, sin el menor rastro de esperanza.
Siguieron bajando. Porque no había otra dirección. Y en ese descenso sin fondo, las paredes empezaron a cambiar. Primero aparecieron las manchas. Luego las rayas. Garabatos hechos con uñas, con piedras, con dedos ensangrentados. Fechas.
1938. 1945. 1952. 1961. 1973.
—Esto es más viejo que el edificio —dijo Damián, con la voz rota—. El edificio se construyó en el 2022.
Las fechas seguían. 1987. 1994. 2003. 2015. Y luego, más recientes, escritas con una caligrafía desesperada: 2022, 2023, 2024.
—Nosotros —dijo Marcos—. Estas son nuestras fechas.
Las rayas se volvieron más densas. Y luego, los cuerpos.
Al principio, solo manchas oscuras en los descansos. Luego, figuras encogidas contra las paredes. Rostros con la boca abierta en la misma sonrisa siniestra que habían visto en los vecinos, pero congelada, vacía. Algunos tenían la piel reseca, como papel. Otros estaban en un estado de descomposición que no parecía seguir las leyes del tiempo: ojos frescos en cráneos de décadas.
—No miren —dijo Valeria, pero miraba. Todos miraban.
Entre los cuerpos, había pertenencias. Un teléfono modelo 2025. Un llavero con un lindo de un edificio igual a este. Una libreta con una sola frase escrita cien veces: No hay piso 10. No hay piso 10. No hay piso 10.
—Subamos —gritó Felipe, y empezó a subir escalones de tres en tres.
Lo siguieron. Subieron. Subieron hasta que sus piernas ardieron y sus pulmones supieron a metal. Los letreros seguían diciendo 11. Subieron más. 11. Subieron horas, días, años. El reloj de Laura se detuvo a las 12:00 y empezó a contar hacia atrás. Los teléfonos murieron uno a uno, sus pantallas se apagaron como ojos cerrados.
En la oscuridad total, comenzaron a escuchar las sonrisas. No las veían, pero las sentían: curvas húmedas en la negrura, dientes rozando sus mejillas, aliento frío en las nucas.
—¿Por qué subimos? —preguntó Tomás en algún momento, en algún piso que no existía.
Nadie respondió.
Cuando intentaron bajar de nuevo, los peldaños se habían vuelto hacia arriba. Literalmente. Las escaleras ahora eran una pendiente ascendente en ambas direcciones. El concepto de “bajar” se había desvanecido como la memoria de la luz del sol.
—Esto no es un edificio —dijo Damián, y por primera vez no había sarcasmo en su voz, solo un entendimiento absoluto—. Esto es una cosa. Y ya nos tiene.
Se sentaron en un descanso, alrededor de un cuerpo que llevaba allí desde 1998. Ya no tenían hambre ni sed. No sentían el paso del tiempo. Solo sentían que algo en ellos se estaba alineando, algo en sus mandíbulas se aflojaba, algo en sus ojos comenzaba a brillar con una luz que no era humana.
Marcos fue el primero en sonreír. Fue una sonrisa pequeña al principio, pero creció, se estiró hacia las orejas, mostró más dientes de los que cabían en su boca. Luego fue Laura. Luego Felipe, Clara, Damián, Valeria. Tomás fue el último.
—¿Qué hacemos? —preguntó Tomás, con la sonrisa ya grabada en su cara.
—Esperamos —dijo Marcos, con la voz suave, pastosa, como si ya no necesitara usarla para comunicarse—. Alguien va a comprar un departamento nuevo. Alguien va a invitar a seis amigos. Alguien va a subir en el elevador.
Y allá arriba, en el piso 10 que nunca había existido, las luces LED zumbaban en el lobby vacío. El portero, si es que alguna vez hubo un portero, miraba la calle con una sonrisa macabra, esperando el próximo grupo de siete.
En la escalera sin fin, las siete sonrisas se sumaron a las otras. Y las paredes recibieron siete fechas nuevas, escritas con dedos que ya no recordaban haber sido manos.
Nadie sobrevive.
Pero todos sonríen.
FIN?
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