Como tejolote en molcajete

Como tejolote en molcajete

Joan Bosch

21/03/2026

1 Aplausos

0 Puntos

15 Lecturas

Padre,

Ya llegué a esta ciudad silenciosa en la que los relojes murieron hace tiempo. Anduve preguntando, como usted me pidió, acerca de su antigua prometida. Entre olvidos y rumores, algo averigüé sobre ella.

Para Doña Elena todas las mañanas son la misma. Siempre es noche cerrada cuando sale de casa. Ahora, después de tantos años, es la patrona más recia de Comala. Una doña con sazón, que se refleja en su mandíbula rotunda y en la determinación de sus ojos, negros como una noche sin luna.

Me dicen que le gusta su vida: abrir candados, levantar persianas, colgar los racimos de chile seco de sus ganchos, golpear con pulso firme el saco de maíz para que afloje, prender la lumbre bajo el comal, usando un par de astillas y ubicar el molcajete, donde prepara su salsa, roja y espesa, brillante como el sol de verano.

Acomoda en el interior del pesado mortero de basalto un primer puñado de chiles mixe, pequeños y arrugados. Maneja el tejolote con destreza y golpea con precisión los chiles que, al reventar, le arrebatan por un instante el olfato con un punto picoso para soltar, justo después, esa intensa fragancia de madera ahumada, sol y tierra seca, que la estremece y despierta su memoria.

A sus pies aguarda turno el saco de maíz molido con el que amasará las memelas, que su madre le enseñó a preparar en el ranchito donde creció. Ese es el único recuerdo bonito que tiene de su infancia, sus oscuras manitas hundiéndose en la pegajosa masa del maíz recién triturado, estrujándola, amasándola, retorciéndola y amándola, hasta formar cuidadosamente las tortillas que después su mamá cocinaba en el comal.

Ahora, cuando ya tiene el chile bien golpeado, deshecho, le añade los jitomates. Son chiquitos, verdosos, feotes pero sabrosos, con un toque de acidez que refresca la reciedumbre de la picada. A puro golpe de tejolote compacta la mezcla y la convierte en salsa, mientras en el comal se termina de asar la primera tanda de memelas, a las que añade su oscuro asiento de frijoles refritos. Aguarda, dejando que la mezcla cuaje y la tortilla se empape. Después, con una cuchara de madera, añade, con movimientos precisos, la salsa, roja, y el quesillo, blanco, dejando que todos los ingredientes se mezclen al calor de la lumbre antes de retirar la memela terminada para servirla a sus clientes que, fieles y callados, se acercan hacia su puesto para desayunar.

Mientras saluda a uno y a otra, sirve y repite, como un rezo: “ay, mija, sólo el molcajete sabe de los golpes del tejolote y del ardor del chile.” Y asiente en silencio, como para si misma, mientras una sombra de sonrisa asoma entre sus labios, porque creo que ella también se siente molcajete, cada día golpeada por el implacable tejolote de la vida, hasta que el ardor del chile inunda sus entrañas de piedra volcánica, de mujer que enfrenta los envites de su soledad aquí, en esta remota ciudad muerta.

Votación a partir del 01/04

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS