Hola, amigo desconocido:
Pulso las teclas para que resuenen como un eco, en un lugar donde el aire ya no queme mis pensamientos. Seguimos vivos en un páramo donde el viento achicharra la tierra y deja un lamento que se cuela en los oídos, como hormigas, recordándonos el odio sembrado en las estepas de la intransigencia. Allí, el amanecer anochece entre las grietas de la piel calcinada con los recuerdos de quienes ya no están. De quienes se fueron sin quererlo. Nombres que nadie reclama y que la polvareda vuelve a enterrar.
Dicen que uno se acostumbra a la falta de aire, algo que apenas se nota. Pero en mi pecho siento a la derrota abrirse en un camino de humo y muerte. Llega desde el televisor o la red de redes, como una línea de oscuridad que muerde mis ojos.
Te escribo desde este tiempo de ruindad. «Acuérdate de la guerra», dicen. ¿Sabes lo que pienso? Que ese polvo solo trae ruidos de ánimas inocentes, que gritan entre el estruendo de las armas. Escucho la radio y, a través de una voz rota, un cielo cenizo no promete ni lluvia ni sombra.
La claridad resplandece en las llamas que arrasan la tierra y nublan la mente del poderoso. Hoy, amigo, ya no es el dinero el que brilla en los bolsillos de quienes compran tierras baldías como si fueran señores del mundo.
Aquí, en este llano, la codicia de un Pedro Páramo quiere adueñarse de esta gran Comala, sin comprender que todo se acaba en un camposanto donde el viento dispersa las cenizas. Nacimos en cueros y nos enterraran en cueros, dejando atrás el peso inútil de lo acumulado.
En este lugar, mis pasos te buscan como a una luz. Esperanza: ese es tu nombre. Eres el horizonte blanco que ilumina lo mejor de nosotros. No traigas gloria, pero no te apagues. No quiero que seas un espejismo.
Mi corazón, golpeado por la realidad, aún guarda una grietita por donde entras como el aire limpio. Humedeces la tierra y haces posible sembrar algo más que cenizas. Esperanza, cubre las grietas humanas y da calor a las manos entumecidas. Tú puedes, tú debes florecer entre tanta tierra calcinada. Solo en ti brilla el cambio que necesitamos.
Escribo sin brújula, dejando que el alma marque el rumbo sobre este sustrato de vidrio. Como el maestro me enseñó, dejo que las palabras encuentren el camino. Grabo estos pensamientos con una certeza: el silencio es la única derrota.
Por eso, creyendo que lo mejor está por venir, te pido que mantengas encendida la luz de la esperanza infinita.
Queda con Dios, amigo.
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS