Turista de la vida

Turista de la vida

salazarcuicar

19/03/2026

Cuando Elena caminaba por la playa, era imposible que pasara desapercibida. Siempre estaba ataviada con un bikini diminuto, un sombrero grande, lentes de sol, sandalias que hacían juego con el color del bikini de turno y su infaltable bolso de paja grande. Su belleza no era notable. Su cuerpo no era espectacular; sin embargo, transpiraba una belleza que residía más en su jovialidad, en su vitalidad, en su forma alegre y despreocupada de abordar la vida. Eso se reflejaba en todo lo que hacía, incluso al caminar por la playa.

En la época en la que la conocí, tenía unos 65 años, pero era tan diferente a las mujeres de su edad que mi abuela, contemporánea con ella, parecía más bien su madre. Eran tan distintas que no parecían de la misma generación. Mi abuela me contaba que, de jóvenes, eran muy amigas. Al parecer compartían la rebeldía y el gusto por hacer más de lo que la sociedad de la época permitía a una mujer. Ellas manejaban vehículos, trabajaban y no se quedaban como simples amas de casa.

Mientras Elena siguió con su vida rebelde y despreocupada, mi abuela se casó, tuvo hijos y se dedicó al hogar. A mi abuela, de sesenta y cinco años, le gustaba tejer, ver telenovelas, sentarse en el porche de la casa para contemplar lo que pasaba en el barrio o visitar a los nietos. Por su parte, Elena se había casado 5 veces. Todos los matrimonios, excepto el primero, son con hombres más jóvenes que ella. No tenía hijos. Trabajaba como ejecutiva en una empresa y, fuera del trabajo, lo que hacía era viajar, ir a la playa, a la discoteca y reunirse con gente más joven porque decía que ellos le renovaban la vida.

Con los novios o maridos tenía una política muy estricta: no darse mala vida. Se podría decir que era muy enamoradiza. Es por esto que muchas “amigas” decían que ella era una mujer de “moral distraída”. La realidad es que Elena se enamoraba en verdad y le era fiel de acción y en pensamiento a esa persona destinataria de su afecto. Sin embargo, era muy celosa con su felicidad y con su libertad, ella no aceptaba ningún tipo de esclavitud física o de pensamiento. Si su pareja pretendía coartarle de alguna manera su libertad o se volvían problemáticos, incómodos o, si no la respetaban como ella quería, los dejaba irremediablemente y continuaba con su vida.

Porque ella evitaba conscientemente esos problemas. Cualquier cosa que pudiese ser causa de conflictos o le pudiese traer turbulencias, ella la apartaba. No estaba hecha para lidiar con ciertas cosas. Para lo que sí estaba hecha era para irradiar vitalidad, para disfrutar y causar alegrías a todos.

Muchas veces, cuando ella visitaba a mis padres, la escuché decir que se consideraba nihilista. Por tal motivo, vivía la vida únicamente para disfrutar el corto tiempo que estaría en ella. No estaba de acuerdo con esas barreras morales que la sociedad les imponía a las mujeres. Tampoco aceptaba que, por su edad, había cosas que no podía o no debería hacer. Ella era todo vivir a plenitud sin importar el qué dirán y sin pensar en el mañana que, de por sí, es incierto.

Mi padre, sin embargo, tenía otra interpretación. Él decía que era muy osada por llamarse nihilista, cuando en realidad era una turista de la vida. Y es que él decía que el turista de la vida es alegre; camina con desfachatez, sin preocuparse por si lo observan o no, ni por si va por buen camino o no. Él mira al cielo, contempla el paisaje; aunque lo haya visto cientos de veces, disfruta de lo que tiene en ese momento. No mira a los demás; está concentrado solo en sí mismo. Disfruta la sensación de que todo está ahí por y para él o ella, porque se considera el centro del universo. El turista de la vida camina como si tuviese todo el tiempo del mundo. A ese turista no le preocupan la cotidianidad ni el futuro. Vive por el presente porque lo está conociendo y no sabe si volverá a sentirse así.

Elena era así exactamente. Realmente, ella concuerda con ambas descripciones porque no se dejaba amarrar a ningún precepto moral que le negara la libertad y también disfrutaba de su momento, su presente, con la mayor felicidad posible. Yo ahora, muchos años después, al analizar su vida y compararla con la de todos los que he conocido, incluso conmigo mismo, llego a la conclusión de que Elena vivió feliz, como ella quería. Tuvo la fortaleza para vencer los prejuicios que, como mujer, siempre intentaron imponerle. Superó las barreras que también le impusieron y, lo mejor de todo, irradió alegría por donde pasó; además, su tránsito por la vida nunca dejó indiferente a nadie que la conoció.

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