Que la luna no es de plata ya lo sabes, que no es tuya lo supiste a los tres años (¿lo recuerdas?, estirabas tus bracitos a la nada en un escándalo de grillos y de nardos)

Crees saber a qué has venido. Buscando a un hombre, dices.

Crees saber muchas cosas, Juan. Me admiro.

Dime, Juan, pues tanto sabes, ¿conoces el amor?, ¿cómo se siente un beso?, ¿a qué sabe el chocolate?

Me habría amado un capitán, de un barco de alta mar, de allá, de lejos. Pues yo lo hubiera rechazado. Mi amor, solo por un grumete. Todo vestido de azul, los ojos glaucos. Alto.

En cambio, yo no sé nada. Poco aprendí en mis diez días de mundo.

Dime, Juan, ¿cómo es morir de amor?

Eso es morir, no ahogada.

Ven a verme, Juan, y ponte guapo. Con dos flores en el pelo, una diadema en la cara y en mis pies cientos de lazos, en la orilla sur te espero, del cauce seco del Río Bravo.

Allí yazgo, allí me enterraron. Tu padre y un secuaz, de madrugada.

Ven, no te tardes, ¿sería un incordio para ti si unas manos huesudas te rozaran?

Las manos de tu padre y mi cabeza de diez días bajo el agua. Fue rápido, fue fácil. Como ahogar a un gatito en un estanque. Fue en los años torrentosos de tu padre y del Río Bravo.

No te espantes de mis huesos, no te de impresión mi cara. Ven, Juan, no te tardes.

Que tu madre no fue la única en la vida de tu padre ya lo sabes. Deshacerse de una niña de diez días y de su madre para él fue matar perros. Asuntos de hombres, del dinero y del poder, dijeron. Tu madre se salvó, la mía no. Así es la vida, creo. Ya te he dicho que en diez días no se aprende a vivir; cómo te lo explico, cómo lo comprendo.

Ven, Juan, ahora es cuándo. Cuatro lustros de yacer bajo este cauce, seco él y seca yo, es demasiado. Ya, ven a amarme (¿es lícito el amor de medio hermanos?)

Crees saber a qué has venido. A buscar, dices, un padre. Ahí tienes a tu padre. Y ahora qué. No suceda que al que busques mañana sea a ti y no te encuentres, por no saber buscarte. Mantente alerta, Juan, la vida gusta de la burla y del engaño. También la luna brilla y cree que la luz es suya.

Como si estos trazos curvos me suplieran, por ver si así los muertos vuelven a vivir, para que lo vivo no muera, para hendir el desconcierto de los días con un signo, como si te hiciera el amor, te escribo. Yo, Nayelí.

(El nombre no figura en los registros, no hubo tiempo. Lo susurró, solo una vez, mi madre. No alcanzó a llamarme Eli. Yo hubiera preferido Macorina)

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