Dizque la mujer de Pedro Tamales creía que Pedro Tamales era buen hombre hasta que la obligaron a convertirse en la mujer de Pedro Tamales. La noche del casorio, cuando el mezcal hizo su oficio y patrón la acorraló en la alcoba y se le prendió como sanguijuela y, con esas manotas que hedían a paja y guano, le hurgó bajo las enaguas y empujó dentro de ella y gruñó y resopló dentro de ella como chancho, ahí nomás supo.
Pedro Tamales quería a la esposa en la casa, no consentía que andase pal llano con el borrico. Le valía madres que la mujercita tuviese don pa las plantitas y supiese sanar alitas de libélula con soplidos o pedazos de nopal o maguey. Pedro Tamales la quería en la casa; muele que muele, teje que teje, guisa que guisa, la mirada baja frente al comal. Aquella tarde cuando la muchacha se acercó al establo por mera curiosidad y los capataces le echaron el ojo, Pedro Tamales la jaló de las trenzas y, a patadotas, la corrió a la casa. Dizque le amarró las trenzas a la mesa y así, prisionera, quietecita, sin poder moverse, la retuvo tantitas lunas. Dizque nomás la liberó cuando el vientre se le endureció. Pese a las crudas dentelladas del alumbramiento, el hijo de Pedro Tamales nació conejo, musaraña, pichete, no niño. Arrugado como uva pasa, azul transparentes las venas. Con el cordón colgando, la mujer de Pedro Tamales olisqueó y lamió las sienes del hijito antes de amorrárselo al pecho enjuto. Pedro Tamales tuvo que forcejearle, cortar el cordón con su puñal pa meterlo en la cajita. Lo enterraron bajo el guaje, junto a las adelfas.
Dizque hasta los alacranes la compadecían cuando día y noche la mujer de Pedro Tamales permanecía recostada sobre la tumba del hijo, llora que llora quedito, ofreciendo lágrimas y calostro a la tierra, rogándole a diosito que el hijo germinase recio. En la buena estación las adelfas florecieron repugnantes en su belleza y ella comprendió que la tierra ingrata a su hijito no se lo devolvía. Gritó. Y el grito de la mujer de Pedro Tamales espantó las chachalacas y se escuchó más allá del valle y la quebrada, más allá del río y de la sierra. Dizque hasta el mar llegó el grito allá se acomodó y se hizo del mundo.
El silencio se enseñoreó del rancho de Pedro Tamales, los otoños se rindieron al viento y nunca nadie volvió a contar las vueltas del sol. Los ojos de la mujer de Pedro Tamales mira que mira las adelfas, se secaron de pena. Hasta que una madrugada sin luna, la mujer de Pedro Tamales sale al raso y arranca la mata y muele que muele y cuece que cuece las hojas de las adelfas en el café. Y en la mañana, Pedro Tamales se lleva una manota al pescuezo, colorados los ojos, hinchada la lengua. Qué hiciste mala mujer, yo siempre fui buen hombre.
Cartas desde el polvo
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