Primera parte: El árbol
Capítulo 1. El relato
Aquella noche mi abuela entró en la habitación y me susurró al oído:
—Ven conmigo y no me hagas preguntas.
Somnoliento, me levanté y fui tras ella.
—Abuela, ¿qué pasa?
—Chist, ven conmigo.
La seguí hasta su habitación. Ya dentro, cerró la puerta con el dedo apretado sobre el pestillo. Todos dormían. Caminó hacia el armario, frente al balcón, que mantenía una de sus puertas desplazada sobre la otra. El frescor de las hierbas aromáticas que se amontonaban en macetas sobre el suelo se colaba dentro. Olía a ella.
El armario de roble tenía la edad de la abuela. Desvencijado de un lado, necesitaba con urgencia un carpintero. La abuela abrió la puerta.
—Ayúdame a cambiar las sábanas de lado.
Moví la montaña de sábanas dejando a la vista el fondo. Buscó en uno de los bolsillos de su bata. Sacó una herramienta en forma de «L» con restos de óxido. El artilugio encajó en una muesca que se difuminaba con la veta de la madera. Con un movimiento de muñeca hizo saltar una pieza que escondía un mecanismo. Se escuchó un crujido mecánico que desplazó un portón, mostrando una oquedad. El mismo mecanismo deslizó una plataforma que portaba una guitarra. La tomó y me la mostró mientras me besaba la mejilla. Me pregunté por qué la escondía, cuando en casa había instrumentos repartidos por doquier.
—Esta guitarra no suena como todas, presta atención: MI-DO-SI-LA —Cerró los ojos y pellizcó las cuerdas dejándose llevar mientras cantaba.
—Suena como todas, abuela, pero tu voz se acopla de forma que no se puede distinguir el sonido de las cuerdas del de tu voz. He notado una vibración, un cosquilleo. Me ha gustado.
—Me recuerda a cuando nos cantabas a la caída del sol, cuando la temperatura te agradaba. Siempre decías «Ni demasiado calor ni demasiado frío». Pero nunca habías usado esta guitarra; la hubiera reconocido por el color del barniz. Es más anaranjado.
—Buena observación, anaranjado con vetas nacaradas, como diría un violero—puso voz de hombre, como cuando nos cantaba como un juglar, acompañada de sus instrumentos:
«Cantan las historias que había una vez una tribu de seres…, Cantan las historias que existió una isla donde los árboles eran sagrados…, Cantan las historias que las notas son el lenguaje…
Las narraba de forma que quedábamos petrificados siguiendo los gestos de su cara, el movimiento de sus manos. Esa forma suya de escenificarlas producía en mí cierta inquietud, pues las reproducía como si las recordara de otra época de su vida.
—Héctor, alguien debe saber qué sucedió y lo que vino después. Si algo me ocurriera, nadie sabría que esta guitarra existe y podría terminar maltrecha. —El párpado le temblaba.
—¿Por qué me asustas? —Me cobijé en su hombro, intentando que no notara que me había contagiado su pesar.
—Ha refrescado, ¿lo notaste? Acurrúcate a mi lado. —Apretó mi mano junto a su costado.
La habitación en penumbra proyectaba nuestra sombra sobre la pared. Nuestra silueta, como un solo cuerpo, se balanceaba suavemente mientras me besaba la mejilla.
—Todo comenzó con un árbol milenario. —en el silencio de la noche su voz parecía más oscura, no relataba, volvía a cantar, pero casi como un susurro. Nadie más que yo podía escucharla.
Capítulo 2. La caída del árbol
Anchurica se perdió en el mar de la niebla en otro tiempo. Era una isla a la deriva, alejada de otras tierras, pero sobre todo del hombre. Su propia deriva, la protección de la niebla y la zozobra del mar la resguardaron hasta que los barcos perdieron el miedo y osaron acercarse. Los relatos de supervivientes de naufragios cerca de sus costas aseguraban que no albergaba nada de valor.
En Anchurica solo había un bosque que la cubría. Espesura, follaje, era todo cuanto se visualizaba cualquiera que fuera el sitio donde posaras la vista. Árboles de todas las especies crecían en él. Oculto en aquel mar verde, un ser oraba a los pies de uno de ellos. Los animales se refugiaban en su tronco cuando se sentían amenazados, a sabiendas de que allí nada podría sucederles.
El anciano árbol siempre estuvo allí, como un vigía a merced de las estaciones. Las nubes ocultaban las ramas más altas, disfrazando su altura; no así sucedía con el tronco, que no dejaba ver las montañas a su espalda y obligaba a rodearlo dando un paseo. Junto a él, desde el comienzo de los tiempos, adorándolo, una tribu de chamanes oraba. Eran seres cubiertos de harapos y no se adivinaba nada de su fisonomía. Lo único visible era su envergadura; por lo demás, los rastrojos de tela ocultaban con pericia cualquier tramo de su figura.
Un día empezaron a aparecer por el bosque leñadores que observaban los árboles y realizaban marcas siguiendo criterios, a veces, azarosos. El bosque guardaba su ejemplar más sagrado; la espesura lo ocultaba, aunque su tamaño hacía difícil tal empeño. Fueron cayendo uno tras otro los más grandes, los más ancianos. La naturaleza intentó defenderse. Los cauces subían de nivel, dejando impracticables los senderos; otras veces una simple picadura de insecto sembraba el miedo. Pero el riesgo no frena al hombre cuando el incentivo hace brillar los ojos.
Cuando llegaron hasta él, al elevar la mirada, no fueron capaces de pronunciar palabra; no habían visto jamás nada parecido. No era solo el árbol lo que impresionaba: la ubicación, en algunos momentos, se les antojó laberíntica. Resultaba invisible hasta estar delante. Frente al árbol, el capitán Tanenbaum susurró:
—Más que un árbol, me atrevería a afirmar que es una catedral orgánica. —Se sintió bien al respirar.
James dejó caer las herramientas resoplando. Sin pedir permiso, se acercó a tocar la corteza.
—Es una locura. .. —palpó las grietas de su corteza con los dedos—. No recuerdo haber visto un ejemplar como este ni en los viejos libros de botánica. Mire estas raíces: son monstruosas. —Se giró hacia Tanenbaum con el ceño fruncido—. No es solo talar un árbol; las raíces se extienden tocando cuanto aquí crece. Yo no quiero mancharme las manos con esto.
Una mueca apareció en su rostro. Sabía que se arrepentiría.
—Está oscureciendo; refrescará seguro. Busquemos dónde montar el campamento antes de que sea tarde. ¡Adelante! —Tanenbaum hostigó a los hombres para que no se relajaran.
Tumbados sobre la hierba que invitaba a la contemplación, no sentían premura.
—Sería un error no disfrutar de lo que se nos ofrece, pero va siendo hora de que nos pongamos en marcha. De todas las formas posibles de cortarlo, solo una es la menos arriesgada. Cortaremos por la zona de umbría para que se deje caer ladera abajo; tiene una ligera inclinación hacia ese punto.
Era temprano cuando emprendieron el trabajo. Los rayos del sol empezaban a asomar sobre las cumbres. El silencio que precede al alba siempre es solemne, pero aquella mañana era amenazante. Apenas se escuchaba el canto de los pájaros. El riachuelo que bajaba del barranco disminuyó su cauce; el borboteo de sus aguas dejó de oírse. Ni siquiera el viento agitó las hojas. Los hombres dudaban que fuera posible derribar un árbol de tales dimensiones; incluso hubo quien se opuso a lo que consideraban un despropósito.
—Tenemos que sacar la boca. Hasta que no extraigamos la cuña de madera de este lado, no se vencerá. Todos a una en esta zona; la tenéis marcada. Solo golpead y golpead hasta que la parte superior y la inferior se encuentren; entonces será nuestro —gritaba James.
La quietud que acompañaba las jornadas de trabajo los asfixiaba. Hasta que un día la cuña se desprendió sin avisar, tras varios meses. Agotados, les costó creer que había sido derrotado. El árbol se mantuvo en pie decidiendo cuándo sería vencido, y lo hizo justo al caer el sol sobre el horizonte. James se volvió y gritó:
—¡Árbol va!
Un tambaleo anunció el desplazamiento hacia la vertiente sur. Se dejó caer despacio, en una despedida anunciada. Fue acogido por el arbolado, que amortiguó su caída parapetando con su cuerpo el de su viejo amigo. Nada de ello evitó el estruendo ni el temblor que se dejó sentir a decenas de kilómetros. Uno de los leñadores dijo que el ruido al caer le recordó a un quejido, un alarido doloroso. No fue capaz de decírselo a nadie, pero tenía la certeza de sentirse observado.
—Talar un árbol no te convierte en un desalmado —James estaba contrariado. Sin dejarse arrastrar por sentimentalismos, gritó a los obreros—: ¡Celebrémoslo! ¡Volvamos al campamento!
Una lengua de aire invadió por sorpresa la meseta abierta por la tala. El tocón, unido a la tierra, desprendía un aroma a madera antigua que impregnó a los seres que se acercaron para certificar el deceso. Velaron su cuerpo del ocaso al alba orando junto a él.
Fue justo antes del amanecer cuando el ser que hacía las veces de gran jefe tomó su hacha. Arrodillado, acarició la corteza, acercando su rostro a la superficie mientras palpaba sus rugosidades. Buscaba una zona concreta. Clavó la herramienta hasta ahondar lo suficiente, hasta topar con un trozo deforme de madera encajado en el interior. De forma ceremoniosa lo extrajo. El chamán lo frotó con las tiras de tela de su ropaje, para limpiarlo de los restos de serrín. La oscuridad no dejaba ver sus facciones, ni la forma de sus manos, que seguían ocultas por los harapos. Emitió un sonido gutural al que se acopló el proveniente de los demás seres. La vibración sonora se intensificaba penetrando hasta el interior de los animales y las plantas, haciéndolos partícipes del canto. Todos callaron cuando el sumo sacerdote elevó el volumen de los cánticos para concluir con:
—Naxa aquin lag Takka. —descerrajado como un grito.
El chamán elevó el trozo mostrándolo. Aquel ser, con las facciones irreconocibles por la pintura y cuyo cuerpo se asemejaba a cualquier cosa menos al de un ser humano, tomó la semilla de madera y, llevándola junto a su pecho, la apretó con fuerza. Después comenzó a realizar movimientos involuntarios. Los cánticos inundaron el bosque; el viento se encargó de trasladarlos colándose en cada rincón del follaje.
La noche se agotaba, intensificando el frío que los cubrió con una capa de escarcha. Intuyendo la despedida, el chamán invocó su última oración mientras un destello atravesó el tronco anclado al suelo y se perdió en lo más profundo del universo. Antes de que las primeras luces del día los delataran, corrieron a ocultarse. La semilla permaneció con ellos para recordarles lo que les había sido arrebatado.
Los leñadores, atrapados en un sueño profundo, permanecieron ajenos a lo que sucedía.
* * *
—Abuela. —La zarandeé. Se había quedado perpleja; apenas reaccionaba.
—Héctor, no me interrumpas, debo seguir.
—Esta historia me recuerda un poco a las de siempre, pero es más triste, más complicada. Tu cara sigue pálida. ¿Te encuentras bien?
No había recobrado el color natural en sus mejillas.
—No, no lo estoy. Será mejor dejarlo para mañana. —La acompañé a su cama.
—Lo que me cuentas te hace mal. No quiero seguir escuchando.
—Eso no lo decidimos nosotros; acabas de entrar en ella. Cada noche te espero en mi cuarto, salvo que alguna circunstancia nos lo impida. Su voz se volvió más grave, la habitación se estrechaba alrededor de su relato.
Segunda parte: Madera
Capítulo 3. Matilde
—Tengo una sorpresa para ti, cierra rápido la puerta.
—¿Qué tienes entre las manos? , déjame ver.
—Pon tus manos en forma de cuenco y cógelo con cuidado. —dejó caer un pequeño saltamontes que había cogido de una de sus macetas. —Estaba escondido tras el tallo de la maceta de los jazmines.
—¿No sería mejor dejarlo marchar, abuela?
—Tienes razón, sería injusto apartarlo de su destino, aunque los destinos a veces se eligen.
—¿Se puede elegir el destino?
—A veces sí, lo importante es elegir bien. Acompáñame hasta el balcón, lo dejaremos donde lo hemos encontrado. —arrancó unos cuantos jazmines de la maceta colocándolos en el bolsillo de mi camisa.
—Con esto, no necesitarás usar perfume, su fragancia es mucho mejor.
—Retomemos nuestra historia. Solo cuando hayas escuchado todas las partes tendrás una idea precisa de lo que trato de contarte. —el aroma a jazmín perfumaba sus palabras.
— Si me dejas hacer una petición, te pediría que esta noche me contaras algo menos trágico. Anoche me costó conciliar el sueño.
—La historia es la que es, no debo cambiarla. Toca conocer a Matilde.
La luna iluminaba las macetas. El saltamontes seguía donde lo dejamos, inmóvil. Tuve la sensación de que se sentía agusto.
*****
El proyecto.
—Os he vuelto a reunir para hablar sobre la exploración. —levantó las cejas oteando por encima de las gafas para la presbicia que se habían desplazado hacia la punta de la nariz.
— No entiendo dónde se encuentra la dificultad —les dirigió la palabra acomodándose en el sillón, revisando al mismo tiempo los planos de un barco.
—Hemos dado con un bosque en el interior de la isla de Anchurica. James ha comprobado, revisando documentos de exploraciones antiguas, que allí puede quedar una reserva de árboles milenarios. Sería la última oportunidad para dar con lo que quiere. —Tanenbaum, como capitán, le contestó sin evitar la mirada.
—Último intento, Tanenbaum. —Siguió jugando con el papel en la mano mientras se mecía en su silla del despacho—. Construiré este barco, aunque sea lo último que haga. —Les lanzó los planos de una enorme embarcación de madera.
—Se hará con la madera de un solo árbol, ese es la condición y ese es el proyecto.
Al salir de la sala, James tomó al capitán del brazo parándolo, haciendo que se girara frente a él.
—¡Estás loco! No vamos a encontrar el árbol que ella quiere.
—Hemos ganado tiempo—se soltó de su brazo—. No se acueste muy tarde esta noche, mañana salimos temprano para Anchurica.
La isla se perdía entre la niebla, apareciendo y desapareciendo a su merced, respaldada por el mar de fondo. Lo que ocurrió tras el desembarco ya lo conoces, pero no lo que hicieron con el vetusto ejemplar tras deshacerlo tablones.
Los apilaron en un astillero a la espera de que la legión de obreros venidos de todas partes, recibieran órdenes para comenzar la gesta. La construcción se prolongó en el tiempo casi tanto como la búsqueda del ejemplar. Matilde Ferrer tomó distancia.
Botadura.
Eran las tres de la tarde cuando llegó acariciando a un pequeño caniche. Siempre que podía lo llevaba consigo acurrucado contra su pecho. El sol se hacía notar para la época del año. Al alzar la vista, cuando se encontró frente a él por primera vez, no pudo reprimir una exclamación de asombro:
—¡Es glorioso! ¡Tanenbaum! —se giró buscando entre los asistentes—. Si llego a imaginar la envergadura del árbol, no lo hubierais derribado sin haber tenido el privilegio de verlo en persona. No esperaba algo como esto. Doy por bien empleada mi fortuna.
—¡Terminemos la ceremonia y vayamos dentro! ¿Dónde está la botella? —Mientras la asía para lanzarla, notó las miradas fijas en ella, le agradó.
—Buena mar y buenos vientos, yo te nombro EL NAVEGANTE. —estampó la botella contra el casco haciéndola añicos.
—¿Has oído el crujido? —se quedó mirando al capitán, pero tras notar la extrañeza, disimuló—Tomemos algo de una vez, me siento mareada. —el capitán la asió del brazo disimulando como gesto de cortesía.
—Me tiemblan las piernas, sujéteme fuerte, no sé si podré mantenerme en pie.
—Hace mucho calor, eso es todo —apostilló Tanenbaum.
El barco comenzó a moverse despacio por deslizamiento de popa. Un leve bamboleo sembró cierta inquietud entre los presentes; Se introdujo discretamente en el mar; sus aguas lo acogieron sin estrépito.
—Subamos a cubierta, Matilde. Lo mejor está por ver —le sugirió el capitán.
—Cachorro, ¿Por qué gruñes? ¿No quieres subir? —El perro se movía inquieto en su regazo. Comenzó a ladrar cada vez más fuerte.
—No te va a pasar nada, no te voy a dejar caer, acurrúcate junto a mi pecho y no mires abajo. —En un descuido, se escabulló descendiendo por la pasarela que llevaba a cubierta. Desapareció entre el decorado que ocultaba a la vista los aspectos menos agradables de la puesta en escena.
—Traedlo de vuelta —hizo gestos a sus hombres para que lo buscaran.
Ya en cubierta, la panorámica visual le impidió ocultar su admiración.
—No me diga que no ha merecido la pena mi empecinamiento por esta locura.
—No sé si volvería a hacerlo si pudiera retroceder en el tiempo. —el capitán sembró en ella un atisbo de duda, sus juicios le merecían respeto.
—¿Dónde está James? —se acordó de pronto del otro facilitador. Lo buscó con la mirada, haciéndole gestos para que se acercara.
—Esto también es culpa suya. Lo habéis hecho posible, ¡brindemos!
—Es culpa mía, tiene razón. Hemos hecho posible su sueño, solo espero que lo disfrute. —un pinchazo en la barriga le descolocó la cara.
—No lo dude, lo más difícil ya está, ahora solo queda disfrutarlo. Tenga por seguro que pondré el mismo empeño en esta parte que el que he puesto en la anterior —se giró dejándolo con la palabra en la boca para acercarse al resto de invitados.
—Hay tanta paz en la belleza de esta madera tallada. —habló sola al recorrerlo con calma por la noche.
—Cachorro, ¿dónde estás? Te necesito a mi lado, es un momento importante para mí, me siento sola. Sabes que me cuesta dormir si no estás a mi lado.
Cuando a la mañana siguiente las velas se desplegaron, la embarcación adquirió otra dimensión, el volumen lo hacía imponente. Se dejaron ver por puertos cercanos, mientras hacían pruebas de navegación. En poco tiempo se adentrarían en alta mar.
El cementerio de barcos.
La mañana que el olor a podrido proveniente de las bodegas los alarmó, los hizo revisar toda la provisión de comida fresca. El olor, lejos de atenuarse se expandía de abajo hacia arriba intensificando las náuseas de la tripulación. La propia Matilde pudo comprobar con contrariedad lo que estaba sucediendo. La línea de flotación cada vez se acercaba de forma peligrosa a cubierta. Este el primero de los problemas. Las contrariedades sobre su navegabilidad eran puestas en entredicho a diario. El barco respondía a las maniobras de la tripulación, ni navegaba en consecuencia.
Matilde, cada tarde, se acercaba al astillero, sentándose frente a él esperando que todo se solucionara.
—Este sueño no puede acabar así, amarrado a un muelle. Tu destino es atravesar mares, exhibirte por el mundo, mostrar quien eres, no eres un barco cualquiera. Sería más honroso que te hundieras en acto de servicio que morir como un cobarde, sin atreverte a navegar.
El orgullo de la señora Ferrer se hundió mientras flotaba el desprecio hacia el barco, que se convirtió en su vergüenza pública.
—Al principio no lo entendía, pero ahora, creo que eres como yo. Podrido por dentro pero impecable por fuera, y ese empecinamiento en no querer navegar. Necesito que sepas que no siempre fui así. Hubo un tiempo en que yo era otra persona. —Paró para respirar—. Puede que a ti te pasara algo parecido. Estoy agotada, quiero dejar este juego de una vez. Me has vencido, has ganado.
Una ligera brisa se elevó de golpe, transportando partículas de perfume a madera recién cortada, recordando el desmayo que sufrió en la botadura. En los escasos segundos que duró pudo verse en un escenario distinto del que hasta ahora se había desarrollado su vida. Desde ese instante, la posibilidad de que esa visión fuera más una premonición que un desvarío se apoderó de ella. Dio orden de abandonarlo en un cementerio de barcos. Esa noche regresó cachoro.
Capítulo 4. Encuentro
La segunda noche mi abuela me esperó con una taza de chocolate caliente.
—Tengo frío, Héctor, acércame la manta. —La cubrí tocando su frente.
—Estás destemplada, abuela. Podríamos dejarlo hoy. Hay algo que no me has contado. ¿Por qué yo?
—No he sido yo quien te ha elegido —se limitó a decir—. Vamos a seguir; eso ahora no importa. Tómate el chocolate.
—A mí me importa —le dije, pero me ignoró, revolviendo mi pelo para no responder.
—¿Quieres saber más sobre el barco, ¿quién lo construyó?
Dejé que siguiera contando. Había recobrado el color y la energía con el chocolate.
* * *
Un enjambre de hombres trabajó día y noche para trasladar el material desde Anchurica. La madera desdentaba las herramientas, retrasando el proceso de convertirla en tablones. Estaban destinados a un proyecto de calado, de ahí la necesidad de un árbol con las características de Takka, que transformó su forma, pero no su esencia. Hubo, sin embargo, un niño que se hizo hombre tallando sus detalles, que supo reconocerlo y lo buscó hasta encontrarlo abandonado.
Habían pasado muchos años desde la última vez que estuvo dentro. Cerró los ojos, inhalando y exhalando todo lo despacio que pudo. Lo contempló desde el muelle del fondeadero de desguace.
—Cómo he echado de menos este olor a madera. Vuelvo a casa —musitó mientras sus pensamientos lo devolvían a su infancia.
—Padre, ha sido la terquedad que heredé de ti la que me ha traído de vuelta.
De su padre recordaba casi todo: la fuerza descomunal, el aspecto descuidado, la ternura. Le hacía señales para que estuviera siempre atento. Debía volverse invisible o lo despedirían del trabajo.
«Nadie contrata a un carpintero con un hijo pequeño a su cargo. »
Aprendió a moverse a su lado como una sombra, atento al contratista que aparecía de improviso. La cuadrilla ayudaba a Rodrigo protegiendo al crío.
Los recuerdos estaban allí, en ese lugar, todo circunscrito a ese barco, al astillero. Los días de trabajo lo golpearon de frente: el hervidero de hombres encaramados a andamios colocando tablones de madera un día tras otro. Su padre era uno de ellos.
«Si atiendes lo suficiente, y no te dejas ver cuando no debes, te convertirás en uno más de la cuadrilla. Aprenderás el oficio si pones de tu parte; solo tienes que mirar cuando trabajamos. Te enseñaré a tallar la madera por las noches, antes de dormir. »
Ciertos trabajos requerían de pequeñas manos para labores más precisas, así que su padre comprendió que enseñarle el oficio podría garantizarle un futuro a su lado.
—¡Ya eres mío! —gritó cuando lo vio.
Ese barco lo entusiasmaba. Conocía cada rincón, cada esquina. Había jugado en él miles de veces desde que comenzó su construcción. Lo podía recorrer con los ojos cerrados porque muchas eran las noches que dormía en su interior, cuando las jornadas de trabajo se extendían como algo cotidiano. Deseaba quedarse dormido, porque era entonces cuando sentía la presencia de su madre a su lado, besándolo. Guardó el secreto por expreso deseo de ella. A veces dudaba que se tratara de un sueño. Solo la veía cuando dormía en el barco. Ella le acariciaba el rostro mientras le murmuraba palabras de amor al oído; incluso le cantaba canciones.
—MI-DO-SI-LA-LA-si-la-la. —Quizás por eso se sentía tan bien en él y lo buscó con tanta vehemencia.
Cuando se vio obligado a abandonarlo, había crecido lo suficiente como para manejar con habilidad gubias, formones y escofinas.
«La vista es el mejor maestro»
le recordaba su padre cada día. Ya no se escondía del malhablado capataz, que vio en el muchacho un virtuosismo poco usual para su edad. Jamás le mostró un buen gesto, pero de vez en cuando hacía la vista gorda con su padre, dejándolo descansar sin hostigarlo.
Cerró los ojos al alcanzar la cubierta, posponiendo la recompensa de contemplarla por dentro. Al abrirlos, se hincó de rodillas.
—No puedo verte así —gimió—. No has sido construido para terminar fondeado junto a estas naves muertas. ¡No estás muerto!
Sollozó deseando que el barco lo escuchara. Desde el muelle no parecía tan deteriorado. El casco mantenía su dignidad, conservando el aroma de la madera que él podía diferenciar de cualquier otra. Tuvo ganas de maldecir, de enfrentar su rabia contra el culpable de aquello. Se tumbó bocabajo en el suelo sollozando. La furia que sentía por dentro lo impulsó a levantarse. En esa posición, el destrozo adquiría mayor importancia. Se dispuso a comprobar el alcance del saqueo. Mirara donde mirara, no quedaba nada de la belleza de antaño, pero tras tranquilizarse no le importó. Seguía sintiendo que era su hogar. Esa sensación lo llevó hasta la proa, encaramándose al mascarón. Con los dedos recorrió las facciones de la figura de mujer que un día esculpió con sus propias manos.
—Sigues aquí, madre. No han dañado tu rostro. —Se abrazó al mascarón.
Un crujido seco, seguido de un brusco movimiento de la embarcación, hizo que se descolgara. Asido por las manos y con el cuerpo colgando, estuvo a punto de caer al mar. Se alzó con fuerza agarrándose para trepar por el casco, buscando los salientes con la punta de las botas. El barco comenzó a moverse con pereza. Tras varios crujidos se desancló del fondo rompiendo las cadenas que lo amarraban al muelle. Gonzalo no pudo saltar; seguía trepando por el casco con dificultad. Tampoco lo hubiera hecho de haber podido. Se deslizó mar adentro.
El suave bamboleo del mar lo meció. Cayó dormido en cubierta mientras contemplaba la cúpula celeste bordada de estrellas. La claridad del día mostró con mayor crudeza la barbarie. Recorrió la cubierta en dirección a la popa palpando las partes que llevaban su impronta y la de su padre.
«Padre, esto es obra tuya. »
Abrazó el palo mayor mientras ascendía sin perder de vista la madera, hasta la cofa.
—¿Te acuerdas, padre? Cómo sudabas el día que lo hincasteis amarrados al soguero hasta conseguir la perpendicularidad del enclave. La cuadrilla, amarrada también a las sogas, evitaba como titanes que se desplazara en el sentido equivocado. Todo eran abrazos cuando quedó afianzado, tal como ahora sigue. —Recordaba en voz alta, podía escucharlo. Qué orgulloso se sentía.
Recordar tiempos pasados le ayudó a soportar el presente. Se alegró de que su padre no lo hubiera acompañado. Siguió moviéndose por instinto, intentando asir a su lugar todo lo que había sido dispersado. Ya en la popa tomó con ambas manos el timón. Lo giró con suavidad: solo unos pocos grados hacia babor, cambiando de nuevo hacia estribor. No desvió el rumbo. Volvió a intentarlo. Como una súplica, esta vez puso intención cuando lo maniobraba. El barco giró levemente, sin brusquedad, accediendo al ruego.
—¿Quieres jugar conmigo? —Una ráfaga de aire hinchó las velas de la mesana, el palo mayor y el trinquete despacio, en secuencia. El movimiento avivó el olor a madera que penetró con fuerza en sus pulmones. No regresó a suceder en todas las mañanas que pasó dentro. Lo tuvo por una especie de bienvenida a bordo—. Estás hecho un desastre; tal vez quieras que te repare.
Oteó el horizonte; el mar seguía en calma. No lograba orientarse por mucho que se afanaba. Las explicaciones de su padre sobre las señales del viento, las nubes y el movimiento de las aves no le habían servido de mucho.
—Me has traído para curar tus heridas. No tengo idea de hacia dónde me llevas, pero imagino que será importante para ti.
Tercera parte: Música
Capítulo 5. El luthier
Quizás fue la suerte, o puede que algo que escapa al entendimiento, lo que hizo que aquel día pasara un luthier por el cementerio de barcos. Un luthier en busca de madera para nuevos instrumentos. En su larga trayectoria profesional se había labrado un buen nombre, pero no había conseguido llegar más allá de los límites de la vieja ciudad donde residía. Sin embargo, se sabía poseedor de una gran virtud: sus instrumentos algún día inmortalizarían su apellido.
Construía aportando las cualidades de músico a las de carpintero, sumadas al don que lo acompañó desde su nacimiento y del que no supo nunca el nombre: poseía oído absoluto. Percibir en la madera ciertos matices sonoros inapreciables por el resto de sus colegas convirtió sus instrumentos en objetos de deseo para su círculo de músicos más cercano. Era cuestión de tiempo que sus proezas llegasen a oídos de un gran músico. La oportunidad llegó de lejos, de más allá del océano, del nuevo continente.
Fue entonces cuando comprendió que necesitaría una madera distinta para sorprender a su cliente especial. Había recorrido durante meses multitud de aserraderos sin encontrar lo que buscaba, pero aquel día todo cambió.
Al acercarse desde lejos en el muelle, antes de llegar al barco, se dio cuenta de que allí tenía un aserradero para él solo. La madera de aquel barco era algo fuera de lo común: su color era intenso a pesar de la decadencia del lugar y del aspecto de abandono. Subió a bordo y sacó de su morral una pequeña maza con la que comenzó a golpear los tablones para hacer pruebas de resonancia. Golpeó la quilla, los mástiles, las cuadernas, tablones arrancados y esparcidos por la cubierta, escuchando su respuesta. Quería localizar la madera más cercana al centro del árbol; por experiencia sabía que era la mejor, pero allí había demasiada para provenir de un único árbol. Fijó su mirada en el mascarón de proa: era un tablón grueso, enorme. Lo golpeó con fuerza.
—Suena bien. —Fijó la mirada en la talla—. Espera, Carlote. .. es tan delicada, tan compleja en sus detalles; ese rostro. .. —Volvió a golpearla—. Umm, suenas muy bien, belleza. —Algo lo detuvo; una duda frenó su mano cuando comenzó a aserrarlo—. ¿Y si no eres el único que suenas bien? Mereces una oportunidad.
Continuó su búsqueda. Se dirigió a la popa frotando la maza con toques rítmicos por doquier.
—¡Podría construir una orquesta si me lo propusiera contigo! Eres una caja de resonancia. ¡Cómo vibras, armatoste!
No terminó de pronunciar la última palabra cuando tropezó con un saliente mal clavado que se elevaba junto al timón.
—¡Maldita sea, casi me caigo! —Lo golpeó con fuerza para arrancarlo, iracundo—. Casi me parto los dientes por tu culpa.
El sonido al golpearlo con fiereza le hizo retroceder.
—¡Aquí estabas! Esto es lo que buscaba, y has sido tú el que me has encontrado a mí. —Lo regresó a golpear probando por zonas—. Y hueles mejor.
La fragancia que desprendía lo hizo tambalearse y casi perder el conocimiento.
El violero se marchó pensativo con su tablón en la mano. Era una madera como pocas había visto hasta entonces. No era palo santo, ni ébano, ni caoba, ni siquiera koa. La estudió a fondo comprobando densidad y contracción para obtener información precisa. No obtuvo pistas del tipo de árbol del que procedía. Tampoco nadie supo decirle.
—Quizás proceda de un árbol exótico —se dijo, centrándose en lo que realmente importaba.
No dudó ni por un instante del éxito de su misión. Dedicó años y todo su talento a transformar aquel trozo de madera. Cortó con pericia las ranuras de los trastes para obtener una profundidad homogénea; se encerró en su taller durante días para lograr la belleza de una roseta digna del instrumento que pretendía construir. En su búsqueda de la perfección se obsesionó con los barnices, buscando en tratados antiguos de alquimia la fórmula que permitiera proteger al instrumento dejando transpirar a la madera. Mezcló tinturas en fórmulas oleosas proporcionando un ligero toque de color que identificara su creación. Cuidó con mimo todos los detalles; de sobra sabía que cualquier error afectaría a la calidad del resultado.
La sorpresa llegó después. Pese al esfuerzo, la sonoridad no era la esperada para un instrumento de esa calidad, y esto era el menor de sus males. Revisó todo el proceso intentando mejorar la resonancia. Se cuestionaba qué estaba haciendo mal, pero ensimismado en sus pensamientos negaba cualquier fallo por su parte. Su sueño se desvanecía y, en su desesperación por convertirla en algo único, todo se tornaba en lo contrario.
—Jamás he tenido entre mis manos una materia prima de tanta calidad que dé peor resultado. Seguiré insistiendo; lijaré día y noche si es necesario —renegaba para sus adentros.
Pasaba tantas horas en su taller que había naturalizado hablar consigo mismo, aislándose del exterior.
—Has conseguido alterar mis nervios y mi salud.
Daba por seguro que algo extraño sucedía y que se escapaba a sus alcances. Tenía sueños raros y llegó a suponer que la madera estaba hechizada o embrujada. Cuando despertaba por las mañanas murmuraba:
—¡Paparruchas! —negándose a dar una explicación irracional a todo lo que le estaba sucediendo, ni siquiera cuando las cuerdas saltaban al intentar afinarla—
—¡No me vas a volver loco, a Carlote no!—pellizcaba el aire.
La colgó en el escaparate.
Capítulo 6. María
La pequeña niña contemplaba a diario, absorta, el cristal del escaparate. Tras él, una guitarra se ofrecía a la venta. Que ella recordara, siempre estuvo allí. Junto a la guitarra, violines, violonchelos y demás instrumentos de cuerda componían lo expuesto en la tienda llamada «Carlote e Hijos». Le entusiasmaba ese instrumento, aunque no tuviera claro el motivo. Tener la posibilidad de contemplarla a diario le resultaba un privilegio.
«Carlote e Hijos» era un reconocido taller de reparación y construcción de instrumentos de cuerda. También se dedicaban a la venta. Había pasado de padres a hijos por varias generaciones, pero ahora solo quedaba Carlote al frente. Los hijos se marcharon lejos, a las nuevas tierras. Carlote se negó a cerrar para marcharse con ellos. Tampoco consintió en cambiar el nombre al negocio.
—Algún día volverán cuando no consigan que su guitarra suene como han soñado —se decía, haciendo alusión a su particular desgracia.
Adoraba su trabajo, su ciudad, pero sobre todo el olor a madera. Una tarde, Carlote notó de la rutinaria visita de aquella niña que miraba fijamente la guitarra como hipnotizada. Desde aquel día estuvo pendiente de ella, admirando la forma en que pasaba las tardes pegada al escaparate. Se convirtió en un espectáculo para él, casi una costumbre. De reojo, escondido para no ser visto, trataba de entender el interés inusual hacia el instrumento que le había supuesto un desastre a nivel profesional y una tragedia en lo personal. Observaba cómo se sentaba en el bordillo del escaparate y pegaba su diminuta nariz al cristal; entonces se quedaba absorta, paralizada casi, mirándolo. Tras las cortinas que daban al taller intentaba entender la obsesión de aquella niña.
Recordaba el día que, para salir de dudas, la cambió por otra de las muchas que almacenaba en el taller de similar aspecto. La pequeña mostró una mueca de desagrado a la que siguió un conato de llanto. Se repuso, conteniendo con una profunda respiración su malestar. Al día siguiente no fue necesario indicarle que todo estaba de nuevo en su lugar: llegó y, esbozando una sonrisa, regresó a colocar ligeramente su nariz frente al cristal, evadiéndose de todo cuanto la rodeaba. Fueron pasando los meses y un día Carlote decidió intervenir. Tomó la guitarra y salió a la puerta:
—¿Te gusta?
Ni lo escuchó, absorta como estaba en su mundo.
—Te la regalo; es tuya.
La guitarra era, en definitiva, un trasto que le había ocasionado muchos quebraderos de cabeza y muy pocos beneficios económicos. Llevaba años en el escaparate. Todos cuantos se interesaron alguna vez por ella la habían devuelto reclamando la cuantiosa cifra que habían desembolsado. Tras esto se preguntaba a qué músico le podría ofrecer una guitarra empeñada en desafinar y cuyas cuerdas se rompían tan fácilmente. No fueron pocas las veces que ideó hacer una hoguera enorme para verla arder y desprenderse de ella al fin. Pero eso fue justo antes de ver a esa niña.
María no podía creer lo que le estaba pasando. La tomó contra su pecho y, agarrándose al cuello de Carlote, lo besó.
—¡Gracias! ¡Gracias!
Por primera vez escuchaba su voz; le resultó curiosa. Temblaba de alegría mientras lo abrazaba. Sintió sin un atisbo de duda que la guitarra estaba en las manos correctas.
—Cuídala mucho; tiene carácter. Me atrevería a decir que es una guitarra rebelde. He dedicado muchos años de mi vida a ella. Es tozuda como una mula vieja; te lo digo yo, que la conozco bien.
Hablaba de ella con cercanía, como de algo propio, su propia mujer. Una mujer a la que adoraba pese a la diferencia de caracteres. El primer día que vio a la niña junto al escaparate comprendió que tal vez debía dejarla marchar, que su parte en esa historia había concluido.
«Todo fluye», se dijo.
—Seguro que sabrás hacerla sonar. —Intuía que ella podría conseguirlo, sintiéndose feliz y contrariado al mismo tiempo. Dejaba marchar el instrumento que debía haberle dado la fama para alcanzar la gloria, habría resuelto su jubilación y proporcionado el viaje de sus sueños—. Solo una cosa más: me encantaría saber tu nombre.
—Me llamo María —lo miraba mientras sonreía.
Ya no parecía tan delgada ni tan descuidada de aspecto. No mostraba la palidez de otros días.
—¿Me tocarás alguna pieza cuando aprendas? Me alegrarías la vida.
—Algún día, señor, no lo dude —afirmó la pequeña mientras se alejaba saltando.
Al volver a casa nadie la vio entrar a su habitación. Con sumo cuidado guardó el instrumento debajo de la cama, tapando con la colcha la visión. Bajó a cenar como lo hacía todas las noches. Tan solo su hermano pequeño se dio cuenta de que algo había sucedido, cuando notó el leve temblor en la comisura de sus labios tratando de evitar que se le escapara una sonrisa.
Capítulo 7. Guitarra
No sabía cómo sonaría. Por eso, cuando la sacó de su escondite y acarició despacio las cuerdas, el sonido producido no suscitó en ella la emoción que esperaba. Aun así, no paró de rasgar porque la vibración cosquilleaba, además de sus dedos, su cuerpo entero. Notó un pequeño terremoto.
—Eres una guitarra; tendrás que sonar, ¿no? Tendré que aprender a tocarte; seguro que si lo consigo me contarás tus cosas y yo te contaré las mías.
Cuando rasgaba despacio las cuerdas, en los primeros intentos, los acordes fluían con ciertos matices reconocibles, pero eran pocos los que llegaban a buen término. Aunque era paciente, perdía los estribos cuando, tras practicar con insistencia, confundía notas y el resultado la decepcionaba.
—Querías estar conmigo, me llamaste, y ahora no me haces caso.
Ya no era tan pequeña, pero su hermetismo seguía intacto respecto al resto del mundo. Necesitaba alguien con quien hablar de las cosas que le interesaban de este mundo; daba igual que fuera un objeto inanimado, ella no lo percibía así.
—Puedo llevarte de vuelta con Carlote; creo que añoras tu escaparate, no quieres estar con nadie. —la amenazó—. Tenía razón: eres un instrumento triste, como yo. Pero dos tristezas son demasiado para mí. No entiendo por qué me elegiste.
Le afeó el día que volvió del colegio, tirando la mochila al suelo y pateándola.
—Todos me decepcionan. —Recordó a Carlote, lo mucho que había sufrido; a ella le haría lo mismo. La tomó por el mástil con la intención de llevarla de vuelta a la tienda, pero recapacitó un momento. Debía despedirse antes de deshacerse de ella. Se tumbó en la cama para darle un último abrazo.
— Nada es como necesito que sea —se lamentó.
—Nadie me entiende, solo soy diferente. No me interesan las mismas cosas que a ellos, solo es eso, por eso me. ..— Quería llorar para que el llanto se llevara el dolor. Quería que las lágrimas alejaran las burlas. Compartió sin darse cuenta el sufrimiento que albergaba mientras la amarraba a su pecho para que lo sintiera.
—Tú no tienes la culpa de nada. Lo siento, no he debido pagarlo contigo.
Sus dedos se acercaron a las cuerdas, pellizcándolas despacio.
—No te preocupes; aunque no quieras sonar no me importa. Solo quiero que no me dejes nunca, tú no.
Sus dedos se relajaron; estaba tranquila y se abandonaba. Las notas musicales cobraron sentido en forma de una melodía triste que la reconfortaba. La guitarra la indujo a un estado de semiconsciencia donde la música se fundía con visiones que no llegó a entender, templando el dolor.
—Todos somos tú —tarareó mientras acompañaba con su voz a la guitarra. —MI-DO-SI-LA-LA-si-la-la —regresó a cantar con la mirada perdida. Cuando volvió de su fuga mental, había olvidado el sufrimiento que le comprimía el pecho. Los dedos le cosquilleaban incitándola a tocar de nuevo. Probó a tocar cualquier melodía de las que conocía del colegio. Todo fluía.
—Siempre has estado aquí, solo que no sabía cómo hacer que me entendieras. —pellizcó de nuevo las cuerdas y se dejó llevar por la música.
- Capítulo 8. Pérdida
—¡Carlote, ¡cuánto me alegro de verte! —se abalanzó sobre él. Seguía nerviosa tras el concierto. El pellizco de tocar frente al público la mantenía excitada.
—Hola María, yo también me alegro de verte. —el anciano atrajo el frío con sus palabras.
—No te ha gustado el concierto, ¿es eso? —seguía nerviosa pero el motivo difería.
—Lo haces muy bien, pero no la has usado. Nunca te he visto tocarla en ninguno de tus conciertos. —recorrió con la mirada los carteles de los conciertos decorando el camerino. Organizados por fechas, seguían su trayectoria desde su comienzo, poco después de que él se la entregara.
—¡Cuánto tiempo ha pasado! Deja que te cuente, o cuéntame tú, seguro que tienes muchas cosas que decirme —-intentaba que no notara el intento de desviar la conversación—ven, siéntate a mi lado. Le señaló con la mano una bancada larga llena de ropa que cambió de lugar antes de indicarle que le acompañara a sentarse. Carlote la siguió y con un poco de esfuerzo se sentó junto a ella.
—Has crecido mucho, eres toda una mujer—los ojos casi se le derraman al decirlo.
Giró la cabeza en un intento de no ser descubierto y vulnerable, fue cuando la vio, en la esquina del fondo del camerino, colocada en un apoya guitarras.
—La tienes ahí, déjame tocarla de nuevo.
La bancada se desvencijó con el movimiento de los dos al intentar levantarse a la vez. Gonzalo la alcanzó primero pese a su torpeza.
—Estás como siempre, no te ha afectado el tiempo. —el brillo de la lámpara sobre la guitarra resaltaba el nácar de las betas. —Sigues siendo una belleza. Se nota que María te ha cuidado muy bien. Hice lo correcto cuando te dejé ir con ella—no consiguió detener la barbilla.
—
—Necesito decirte algo y no te va a gustar. Estoy arruinado y la necesito. Vivo como un pordiosero y esta guitarra puede aliviar la miseria en la que me encuentro. Es esta guitarra la que te ha encumbrado, no me preguntes cómo, pero lo sé. Si funcionó contigo, funcionará con otro. Esta vez seré yo quien la haga sonar, ya veré cómo.
María no dejó de mirarlo mientras se colocaba el pañuelo de lana que se había deslizado por los brazos. Lo colocó sobre el cuello.
—Puedes llevártela si quieres, es tuya, pero no te podrás lucrar con ella, no sonará con nadie más que conmigo. —las palabras evitaron que se desplomará en el suelo. La armaron de valor.
—No estés tan segura de eso. —la hirió de nuevo.
—Es tuya, haz lo que quieras con ella. —Abandonó el camerino sin permitir que Carlote se reconfortara con el dolor que le había provocado. A cada paso que daba notaba como cristales hincándose en su cuerpo las palabras del anciano.
—¿Te crees la única virtuosa? – eso fue lo que pensó cuando la escuchó tocar la primera vez.
— Tal vez haya más como tú, pero si los encuentro, no cometeré el mismo error que contigo, no cederé la propiedad de la guitarra. —recobró la energía mientras se alejaba diligente del teatro hablando a la guitarra.
—¿Has sido tú la que has intervenido de alguna manera para que María aprendiera tan rápido? Esa forma de tocar es obra tuya, aunque no fueras tú con la que interpretaba. De alguna manera has intervenido para dotarla de ese talento. Te presentaré a más jóvenes. Alguno te gustará tanto como ella. Estoy en horas bajas, podrías ayudar a un pobre anciano.
Estaba tan convencido de que lo escuchaba que la gente se giraba al verlo hablar con el instrumento por la calle. Se paró de golpe.
—¿Me aceptas un intento? , ¿no crees que me debes algo de respeto? Solo como gesto de agradecimiento por haberte convertido en lo que eres. —intentó hacerla sonar, sentado en el quicio de la primera puerta que encontró.
—Sé que conoces mis manos, las desechaste desde el primer momento. Pero puedes haber cambiado de opinión. No sé si lo sabes, pero mi primera vocación fue la música, construir instrumentos vino más tarde. Mis manos eran más acertadas las herramientas que con las cuerdas. Ya no son gráciles con nada. Los años y las penurias contigo me han dejado un temblorcillo incómodo que me imposibilitaba los acabados de entonces. He aprendido a esconderlo, disimulando que toco al aire. —le seguía hablando, como se habla a un amigo de toda la vida.
—Solo dos personas han intentado hacerte sonar. Las dos con suertes dispares. Es el turno de probar con un tercer intérprete.
Localizó a una joven promesa. No había en principio ningún motivo por el que éste no pudiera ocupar el lugar de su predecesora.
—Solo eres un buen ejecutor, pero no haces que aparezca la “magia”, la que todos elogiaban a María. Tus interpretaciones son correctas, pero necesito que transmitas. Seguiré buscando.
Cuarta parte: el barco
Capítulo 9. Retorno
El mar en calma lo acompañó en los primeros días de viaje. De vez en cuando algún delfín saltaba por los costados aliviando la soledad. Otras veces, a lo lejos, como motas de polvo, las siluetas de los barcos se deslizaban sobre la línea del horizonte, haciéndole albergar esperanzas sobre la cercanía de tierra firme. Tumbado en cubierta se abandonaba.
—Padre, eso que decías de las nubes yo no lo entendí; solo usé mis ojos para ver cómo se usaban formones y lijas, cómo se hincaban los clavos en la madera. Lo demás era un murmullo que tal como entraba salía de mi cabeza. ¡Si mis oídos hubieran estado tan atentos a tus palabras como mis ojos lo estaban a tus manos con las herramientas, otro sería mi destino ahora! Por lo menos sabría dónde me hallo. —sollozaba mientras se hacía compañía escuchándose a sí mismo.
—Madre, ¿me recuerdas? ¿Era alguien con tu voz, o tal vez eras tú la que susurrabas a través del aire de este lugar? Entonces no me sentía tan solo como ahora. Olvídalo, solo tengo hambre y mucho tiempo para pensar.
—Podrías llevarme a tierra firme; necesito agua y algo de comida. Ya llevo varios días sin beber y no aguantaré mucho más. —Este pensamiento lo alentó a dar una última vuelta—. ¿Y si hubiera quedado alguna caja por revisar en la bodega?
Mientras recorría de nuevo la nave, revisando camarotes, cocina y sala de máquinas, su mente lo llevaba de un lugar a otro de su memoria, sin orden aparente.
—Desde aquí te contemplé el día de tu botadura, ¿lo recuerdas? —sonrió mientras se asomaba al ojo de buey en el camarote de tripulación, cerca de la bodega—. Llenamos las bodegas con comida para un ejército. Matilde Ferrer estampó la botella contra tu casco diciendo: «Buena mar y buenos vientos, yo te nombro el navegante». Nunca imaginó que tanto esfuerzo daría con su barco, medio podrido, abandonado en un muelle de desguace. Pobre mujer. ..
Seguía hablando solo mientras descendía hasta la bodega. Revolvió entre el desorden de cajas. Al revisar la estancia fijó la mirada en una rata que trepaba por las cuadernas.
—No huyas: si te atrapo podría hacer dos cosas contigo, comerte o convertirte en mi amiga.
Un golpe seco hizo que se girara, pero solo escuchó las olas al romper contra el casco. Volvió a escucharlo.
—¿Quién anda ahí?
La puerta de la bodega que daba al almacén se deslizó haciendo gruñir los goznes. Al moverse desplazó parte de la basura que impedía que se abriera del todo. De entre los restos, una figura comenzaba a vislumbrarse. A contraluz se desdibujaba; no se apreciaban con nitidez sus rasgos; se intuía la silueta de un hombre con aspecto fantasmal. Conforme se aproximaba, la tez ennegrecida destacaba sobre la palidez del pelo cano. Gonzalo retrocedió.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? No te acerques más.
El hombre se cubrió el rostro con las manos y siguió caminando hacia él. El barco se alzó con brusquedad para caer con fuerza. El mar comenzó a agitarse.
—Sufren, ¿no escuchas sus lamentos? Yo sí. Shhh, pon atención y no hagas ruido; ya verás cómo también puedes oírlos —gemía tambaleándose de un lado para otro—. Acércate, pon tu cara junto a la madera. Están orando, ¿quieres escuchar su quejido? —pellizcó la madera.
—¡No me toques o te juro que. .. ! —levantó la mano en tono desafiante.
—¿Acaso estás sordo? Debe ser eso. Todos están sordos. MI-DO-SI-LA-LA-si-la-la. Escucha la madera.
—Qué has dicho —murmuró Gonzalo.
El barco giró a babor de golpe, haciendo que cayeran golpeándose contra los costados del casco.
—Lo entiendes ahora: es el barco el que está hablando. No puedes escucharlo, ¿verdad? Nunca has podido.
—MI-DO-SI-LA-LA-si-la-la. .. —tarareó Gonzalo, recordando la melodía.
—¿Quién te ha enseñado esa melodía? No deberías conocerla; es solo para mí. No te atrevas a cantarla; no te pertenece. Ella me la regaló; era nuestro secreto. Ya no acude en las noches; se ha marchado.
—Nadie me la enseñó. La está cantando, pero tú no puedes oírla. Nos lleva a Anchurica; ellos nos llaman. Hay algo que hacer. Estamos cerca.
—Viene el fin. Acompáñame. —Le hizo gestos con las manos y se dirigió al almacén—. Espera. —Se paró volviéndose hacia atrás para comprobar que Gonzalo le prestaba atención—. ¿No lo hueles? Vuelve el hedor. Así es como empieza, luego va en aumento hasta que sea imposible soportarlo y tengamos que marcharnos de aquí, si es que no se hunde antes —apuntó el viejo.
—Eso fue lo que dijeron los marineros —se sobresaltó Gonzalo—. Tras su botadura, Matilde Ferrer se empeñó en hacer una pequeña gira por los puertos cercanos para mostrar el barco, pero tuvieron que regresar porque de las bodegas ascendía un olor a podredumbre que les impidió seguir a bordo. La propia Matilde, tras el desastre, que fue su ruina, se pasaba las tardes en el puerto contemplándolo mientras inventaban cientos de reparaciones posibles. Nada funcionó. Así fue como di con él de nuevo, siguiendo el rastro de la empresaria.
—Come, no queda mucho más, te lo aseguro. —Le ofreció con pulso tembloroso los restos de comida enlatada que había escondido tras un tablón del almacén.
El hambre pudo más y se acercó. No tenía motivos para temerle: la luz que entraba por una rendija entre las cuadernas lo hacía parecer un viejo loco.
—¿Quién eres? —lo interrogó con la boca llena, —¿Por qué te escondes aquí? —tenía más preguntas que hacerle, pero esas eran las más importantes.
Capítulo 10. El polizón.
No contestó en ese momento. Sabía que se quedaría dormido con el último bocado, lo vigilaba desde que se coló en el barco y allí no había más alimento que el que tenía escondido. Ocultó la puerta del almacén tras una montaña de basura y enseres rotos para protegerse. No sabía de quien se trataba, llevaba mucho tiempo escondiéndose de maleantes que arremetían contra la embarcación descargando la miseria de sus vidas contra el barco.
—Si tan solo lo escucharan, pero no saben hacerlo. —a veces estaba cuerdo y otras no hacía más que decir cosas sin sentido.
—No me has dicho quién eres —se movió nervioso incorporándose. Podría haberle atacado, pensó.
—Lo mismo te preguntaría yo —le respondió con cordura.
—Está bien, dada la situación puede que eso no importe demasiado.
—Tienes que ser importante para él, he visto pasar a muchos por aquí pero solo contigo se adentró mar adentro, ¿estás seguro que no lo oyes? A mí me habla. No estoy loco, a veces escucho demasiado, ese es mi castigo. Pero ellos hablan y quieren que vayamos, hablan a través del barco.
—¿Quiénes son ellos? —la pregunta buscaba confirmar su hipótesis de que estaba enfermo de la cabeza, pero llevaba tanto tiempo solo en el barco que hasta las historias de un chiflado llamaban su atención.
—Acerca tu cabeza al forro, rasca un poco con la mano, pellizca la madera. —le indicó mientras le mostraba cómo hacerlo. —Llegaremos pronto, estamos cerca. —es así como me hablan.
Repitió el gesto, pero no con intención, tan solo imitaba.
—Yo no escucho nada. —confirmó su hipótesis.
El anciano se tumbaba en cubierta moviendo los dedos sobre el aire, pulsando algo que no estaba allí.
—Sabes, cuando era joven era conocido por mi trabajo, hasta que esa…—calló súbitamente.
—¿Quién era ella? fue una mujer, ¿perdiste la cabeza por una mujer, fue eso? —creyó haber dado con el motivo de su locura.
—Qué equivocado estás…—paró de hablar. ¿Sabes, este barco tuvo la culpa? Aquí empezó y terminará todo.
—Es curioso, a mí me pasa algo parecido. Este barco es mi vida, mi regreso a él no es casualidad. Dices que lo escuchas, yo escuchaba a mi madre cuando era pequeño y trabajaba con mi padre dando forma a estas maderas. Nunca la conocí, pero aquí la sentía. Di forma a su rostro cuando esculpí el mascarón de proa, la veía en sueños. Pero de eso hace ya…—no pudo continuar. Un nudo en la garganta lo asfixiaba.
—Estuve a punto de cortar el mascarón hace mucho tiempo…—Gonzalo hizo el amago de golpearlo.
—No lo hice muchacho, lo pensé dos veces, la talla es tan perfecta. .. Mi vida era otra, no imaginaba lo que me deparaba el destino. —Bajó la voz, —Algo nos llama y nos lleva de vuelta, no sé quiénes o qué, pero falta poco.
—¿De vuelta, a dónde?
—Escucha la madera, shh. —colocó la oreja sobre el suelo mientras la pellizcaba.
El barco inició un leve cabeceo que fue creciendo sin prisa. Por un tiempo mantuvo la verticalidad hasta que la niebla lo envolvió y comenzó a escorarse hacia babor.
—¡Hemos llegado! —gritó el anciano agarrado a los salientes del lado contrario, tendiendo una mano a Gonzalo que se deslizaba golpeándose.
La nave zozobró peligrosamente hasta que finalmente encalló en la arena.
Capítulo 11. La casa de empeños
Cuando entró en la casa de empeños solo quería sacar lo suficiente para cenar aquella noche, llevaba varios días sin comer. A la flojera provocada por la inanición se unía la pesadumbre que lo carcomía por dentro.
—No ha funcionado nada. —para sus adentros repetía una y otra vez.
—¿Cuánto me das por ella? Vale más de lo que imaginas —adelantó al empleado mientras la dejaba sobre el mostrador, despidiendo cualquier posibilidad de remontar ese último bache.
—No vale mucho, ese color anaranjado no me gusta, le soltó un billete sobre el mostrador indicándole con la mano el camino hacia la puerta.
—He hecho las cosas demasiado bien, mi pecado ha sido mi soberbia, he construido un instrumento tan perfecto que tiene voluntad propia. —el señor del mostrador lo miró con pena.
—Si consigue que alguien la haga sonar, de por seguro que se volverá rico. Yo lo hice, la encontré, pero no fui capaz de llegar a un acuerdo con ella, si hubiera negociado tal vez… —se echó a llorar.
—La guardaré un tiempo. Haga un esfuerzo, pero si tarda demasiado no cuente con ella.
—Es muy tarde, solo quiero cenar algo caliente y dejar de pensar. Se llama María, ¿sabe? La chica que consiguió hacerla sonar, no he conseguido dar con ella para devolvérsela. Si algún día pasara por aquí, es menudita y morena. Solo tiene que mirarla a los ojos cuando vea la guitarra y sabrá a quien ha de devolvérsela. Es ella la única que podrá arrancar una nota. No me pregunte por qué. ¡Júreme que solo se la dará a ella!
—No puedo garantizarle nada. Pero tenga por seguro que tendré en cuenta su recomendación. —la pena del anciano lo conmovió.
Cuando salió del restaurante miró al cielo, nada había cambiado sin embargo ya no era el mismo. Con el estómago lleno pensaba con una lucidez que le hizo perder la cordura. Comenzó a vagar por las calles hablando solo, se burlaban de la forma en la que pellizcaba el aire, simulando tocar una guitarra.
Cuando entró en la habitación lo encontró sentado en una esquina en el suelo, apoyando la espalda en una de las patas de la cama, con la mirada ausente, perdida hacia el infinito. Su delgadez extrema y la palidez de su rostro preocuparon a María.
—Carlote, soy María—tomó sus manos acariciándolas suavemente, —he venido a verte porque necesito hablar contigo. El artesano levantó su plateada cabeza y no pareció reconocerla.
Los rayos de sol se filtraban por la ventana, calentando la piel del rostro del anciano.
—Dime algo, te llevaré conmigo. No dejaré que pases más tiempo en este lugar.
Carlote no se movía apenas, indiferente a todo cuanto tenía lugar en la habitación, sordo ante los sollozos de María.
—Eres el artesano más grande que haya existido, tú le diste forma. Esa guitarra es especial, necesito encontrarla, quiero que vengas conmigo, yo te cuidaré. Necesito tu ayuda. —sollozó intentando que Carlote la reconociera, hiciera caso a sus súplicas.
No reaccionó a ninguna de sus palabras, no estaba allí.
Tras serenarse un poco, le acarició dulcemente el pelo y la cara antes de despedirse. Lo besó con el mismo ímpetu y cariño con el que lo hizo cuando le regaló su guitarra.
Al marcharse se volvió de nuevo hacia el anciano, por impulso se puso a cantar.
—MI-DO-SI-LA-LA-si-la-la.
—Por fin has venido—susurró, pensé que no volvería a verte y eso no podría soportarlo, María. —María lo tomó por la barbilla mirándolo fijamente a los ojos, —no sufras más, Carlote —no te guardo rencor, has sido la persona más importante de mi vida, me conoces mejor que nadie.
—María, esa guitarra no es un instrumento normal, hay algo en ella que me desconcierta, a veces no sé ni donde vivo, puede que por momentos haya perdido la cabeza. Creo que me está afectando a la cordura, me sucede desde que entré en ese maldito barco y encontré el tablón. Tengo que volver.
—Vendrás conmigo, no te voy a dejar solo.
—Solo sácame de aquí, no te puedo acompañar, debo volver al barco. Si quieres ayudarme, sácame de este lugar, te lo ruego. Te diré dónde encontrarla, tal vez estés a tiempo de recuperarla.
QUINTA PARTE. LOS CHAMANES
Capítulo 12. La tribu.
La octava noche de relatos no fue otra más. La forma en que me recibió en su habitación me preocupó desde el momento que crucé el umbral de su puerta. Estaba inquieta, noté como disimulaba al limpiare el sudor de las manos sobre su ropa.
—Hoy necesito comprensión de tu parte. —seguía nerviosa.
—No tengo claro cómo afrontar esta parte. Si no estás dispuesto a abrir tu mente, nada de lo que voy a contarte tiene sentido. —Volvió a secarse las manos.
—Confía en mí— la tranquilicé mientras su mano deslizaba mi flequillo y despejaba mi frente. Tomó aire mientras el gris de su mirada se clavaba en mí.
—No, no sabes a qué me refiero. La verdadera historia comienza ahora—me apretó contra su cuerpo solfeando una canción. Me mecía entre sus brazos, acunándome.
—Si sigues así me voy a dormir. —la abracé por impulso apretándola, pero ella seguía pálida e inquieta. No demudó su rostro, ni sonrió.
Esto fue lo que me dijo:
*****
En el mundo antiguo, siempre tronaba por las tardes, y a la negrura seguía la lluvia caótica, que obligaba a buscar refugio entre los riscos. Las piedras eran la única cobija contra las tormentas. Era en los tiempos pasados, antes de que el planeta fuera tal como lo conocemos y de que el hombre habitara la tierra. Durante millones de años, por ciclos, el terreno ascendió, llegó casi a hundirse, se rompió para unificarse después. Una pequeña isla se disgregó permaneciendo a la deriva desde el comienzo. El resto de masas chocaban y se alejaban en erráticas direcciones, cuando no se adherían para siempre. La isla esquivó esos golpes. Tal vez la soledad fue buscada o tal vez guiada. Ellos ya estaban aquí.
Aislados en mitad de la nada, solo quedaron ellos y la semilla traída. La custodiaron hasta que la atmósfera, se volvió benévola, estabilizándose en ciclos regulares. Esperaron a que la negrura no arrastrara cada día, a que los vientos se calmasen amansando las ráfagas. Cuando la noche apropiada fue elegida, un ritual los congregó. El fulgor de una estrella destacó sobre el resto. La elevaron, mostrándola al firmamento.
Cuando llegó el momento de sumergirla bajo la tierra, se inclinaron formando un círculo a modo de reverencia. El gran chamán, inició el ritual cantando.
Sela kin sela, (Alma entre las almas)
Takkai kin korax, (Dios entre los seres)
Nixar kelen quelan tara, (El universo sabe quién eres)
Naxa aquin lag Takka
La tierra tembló iluminándose. Un suave fulgor se escapó de la tierra y se perdió en el cielo, junto a la estrella. La semilla comenzó a nutrirse del entorno aferrándose al lugar con una energía que se desparramaba hacia las profundidades, dispersándose y elevándose hasta escaparse para colmar el aire que la rodeaba. La brisa que emergió del suelo movió los hábitos haciendo que se balancearan, estaban embriagados.
Fue creciendo sin aparecer por la superficie al menos dos inviernos. Hundida en la tierra fue adoptando formas. Primero fue una piedra, pero no podría crecer más allá de su forma inicial, y si lo hacía habría de deberse a un cataclismo. Un animal le aportaba viveza, movimiento, pero no le garantizaba la longevidad que necesitaba. De todas las formas del reino vegetal, el árbol le pareció la más elegante y duradera. La belleza de la naturaleza también es una forma de belleza. Así dispuso que sería su forma.
De los seres que la custodiaban, nadie vio nunca su rostro, si es que lo tienen, ni la geografía de su cuerpo, siempre oculto. Ni siquiera a mí, que, a través del instrumento, me ha sido concedido el don de conocer lo que sucedió, me ha sido permitido contemplarlo. Solo se me ha permitido saber que lo que daba sentido a su vida era la custodia del ser. Lo único que quedaba de ese otro mundo del que vinieron y que los aferraba a éste, como nexo entre los dos. Llevan tanto tiempo entre nosotros, que son más de aquí que los que aquí nacieron. Son el nexo de unión entre este mundo y otros mundos que no conocemos pero que existen o existieron. Ellos están aquí, pero no pertenecen a este lugar.
*****
Hizo un descanso.
—Será mejor que lo dejemos; podemos seguir mañana. Te noto fatigada; debes descansar. Deberíamos dejar de hacer esto porque te está perjudicando. No eres la de antes; estás abatida. —Por primera vez tuve la sensación de que cada historia la consumía.
—Queda poco. —Se levantó para dirigirse al armario. Volvió a sacar la guitarra de su escondite. No había nadie en casa. Con cuidado pellizcó las cuerdas rasgando suavemente de arriba abajo. Acompañó con su voz los acordes.
—Alma entre las almas, Dios entre los seres, El universo sabe quién eres.
—Cantaba con voz grave, impostada; no era ella. Se detuvo mientras aspiraba hondo. La guitarra desprendía un suave aroma a madera recién cortada.
—¿Quieres tocarla tú?
Me entregó la guitarra. Antes de hacerlo la acercó a su pecho apretándola fuerte, mientras le murmuraba algo. Me indicó con gestos cómo colocar las manos para hacerla sonar. Pellizcé las cuerdas despacio, dejando que se expresara; luego las rasgué, tal como ella lo había hecho antes.
—MI-DO-SI-LA-LA-si-la-la
—Fue un canto que entoné con emoción mientras tocaba. El sonido era nítido, acompasado con mi voz. Me sentí transportado fuera de la habitación de la abuela, aunque eso no era posible. Unas figuras harapientas, sobre un altar enorme de madera, oraban haciendo reclamos al cielo. No recuerdo más de aquella noche, o puede que sí: el olor. Recuerdo un olor profundo a madera. Puede que procediera de la guitarra.
Capítulo 13. La isla.
—Toma la llave—me ofreció el objeto en forma de “L”. —Es tuya. Ya no la necesito.
Estaba serena y animada, no parecía cansada. Me tomó la cabeza con las dos manos y me besó la frente.
—La guitarra me eligió, me llamaba por las tardes, cuando salía a jugar tras el colegio. Al principio era como un juego, luego se convirtió en una necesidad. No me he separado jamás de ella, ha venido conmigo de gira por el mundo, pero jamás la he usado para tocar frente al público. He tenido una vida plena, pero es la hora de despedirme.
—No quiero escuchar más. No quiero esa guitarra maldita, te está consumiendo, ¿no lo ves? Cada vez estás más débil, más enferma. —Cuando terminé de hablar, la puerta del balcón se desplazó dejando entrar la brisa de la noche. Había llovido y el aroma a petricor, tomillo y a romero humedecidos nos hizo callar un instante. El olor a madera camuflado por los barnices de la guitarra, opacó los anteriores.
—Todos somos tú, MI-DO-SI-LA-LA-si-la-la.
— No hay forma de volver atrás, no puedes decir que no. Solo escucha, ahora es cuando empieza tu nueva vida.
*****
La arena sobre la que encalló el navío estaba perfectamente pulida en algunas zonas, en cambio en otras, el grosor de los granos hacía que se hincara en la planta de los pies a pesar de llevar zapatos. Las corrientes marinas, golpeaban con fuerza la playa protegiendo las zonas más accesibles de la isla, como un sistema de defensa.
Con un simple vistazo, se miraron satisfechos de haber llegado hasta allí, abalanzándose hacia los frutales para saciar el hambre de días. La vegetación lo cubría todo, contagiando con el verdor una calma antigua, de saberse no necesitado de nada más.
—Estamos en casa, he venido para quedarme, me esperan—el anciano pellizcó con los dedos en el aire simulando tocar un instrumento.
—Y yo, ¿qué hago aquí? —le preguntó al anciano indagando por si él podía dar sentido a este viaje. —Solo quiero estar en casa, ese barco es mi hogar, tan solo necesito aprovisionamiento y que no me mate de hambre—sonrió despreocupado.
—Ellos lo saben, pero tú no los escuchas, no puedes, no tienes mi don.
Por la mañana paseaban, explorando las sendas. Los rastros del paso del hombre por la isla, se escondían tras el espesor. Al despejar los senderos, aparecían las pistas por las que habían dejado caer los tablones. Cuerdas, plataformas y herramientas abandonadas con las que realizaron el trabajo de despiece del ejemplar. Por las noches, se dejaban arropar por la naturaleza.
El tercer día de exploración, una ardilla se deslizó por el tronco del árbol colocándose en el hombro de Gonzalo. Con el hocico le hizo cosquillas en el cuello.
—No esperaba hacer amigos, por aquí—se dejó acariciar.
A continuación, saltó de su hombro brincando de rama en rama de los árboles que bordeaban el sendero. En algunos momentos se paraba, comprobando que seguían detrás.
—Vamos a seguirla, creo que nos lleva a algún sitio, de todas formas, estamos perdidos, no sabríamos volver, son muchas las horas que llevamos de camino.
La noche se cerró de forma acelerada. Las nubes ocuparon el cielo opacando de golpe la caída del sol.
—No esperaba que anocheciera tan pronto, vamos a buscar un refugio para pasar la noche. —Gonzalo estaba algo preocupado, tanto follaje lo asfixiaba, pero no quiso alarmar al anciano.
Se disponían a descansar sobre una llanura despejada de vegetación cuando un suave murmullo los hizo incorporarse. Una tribu los rodeaba con antorchas.
—Sed bienvenidos —el anciano tomó la palabra.
—Todos somos tú. —continuó diciendo mientras se acerca a ellos alejándose de Gonzalo que intentó sujetarlo.
—Eres tú el que habla, pero no es tu voz, ¿qué está pasando? —gritó asustado.
—Este es mi hogar, mi sitio está con ellos, desde el principio. Mis manos no lo sabían, pero fueron artífices como las tuyas.
—Y yo, ¿qué hago aquí, pregúntale a ellos, todavía no lo sé, no me han dicho por qué me eligieron?
El viejo loco bajó la mirada, no quería hablar.
—¿Debo ser yo quien se lo diga? —se giró hacia los chamanes contrariado. —No puedo hacerlo. —se enjugó las lágrimas.
—Baja la mirada, toca la tierra que te sostiene, pellízcala y huele. —con voz impostada el viejo instrumentista se volvió hacia él. Sus labios articulaban de nuevo palabras que no salían de su interior. Las dejaba pasar por sus labios.
Al aplastar su cuerpo contra la superficie elevada, un río de imágenes acudió a él. Entonces comprendió que aquello era parte de su casa. —Esto también es el barco. —fueron las palabras que salieron de su boca.
—Eso es—debes devolverlo.
—¿Y cómo hago que mi barco vuelva a ser un árbol, eso es imposible? —seguía contrariado.
—Hazlo virutas y abona la tierra que lo rodea. —esa es tu misión.
—¿Queréis que lo destroce? estáis todos locos, no puedo hacerlo.
—Ese es tu sacrificio.
—Yo no he dicho que quiera sacrificarme, ni sacrificar mi barco. —recordó los labios de su madre sobre su rostro.
—No pienso hacer lo que me pedís, no tenéis derecho. —se marchó de allí. Mientras descendía por el sendero, tropezó varias veces golpeándose contra los riscos. Cuando llegó a la playa, los jirones de tela se descolgaban de su ropa manchados de sangre.
—Quieren que te destruya, —se deshacía en lágrimas agarrado a la quilla— No saben lo que dicen, no pienso hacerlo. Pueden pedirme lo que quieran, pero eso no, madre.
—Tú lo entiendes, ¿verdad? Porque sigues aquí, yo lo sé, has enmudecido, pero sigues aquí. —el barco comenzó a crujir mientras el sonido del agua que se colaba por las bodegas se hacía más nítido.
—No te haré daño, yo no.
—Yo te ayudaré a hacerlo, no lo perderás. —desde la arena de la playa Carlote le gritó, haciéndoles señales.
—Si no lo haces se hundirá, la habrás perdido de todas maneras. Déjame ayudarte, te lo suplico. No debes cargar solo con esto. Tienes que saber algo, tal vez eso cambie tu perspectiva de lo que debes hacer.
Carlote relató la historia del árbol, su conversión.
—Hagamos una hoguera sobre el tocón. Debe volver a casa. Las cenizas se adentrarán en la tierra formando parte de su ser, en otra forma. Cuando todo termine, buscarás la guitarra, tal vez la puedas escuchar de nuevo en otra forma. Ven conmigo, tal vez solo necesites descansar.
Capítulo 14. La semilla.
—¿Y si no haces el sacrificio que piden? , es cruel, esta historia no me gusta, no quiero ser el elegido. Estás enferma por su culpa, cada vez más débil, es por esa guitarra, ¿no?
—No, cariño, soy mayor, tengo muchos años, estoy muy débil, es diferente.
—Deja que termine, debes saberlo todo, guardar el secreto.
—El precio a pagar es demasiado elevado. —acabó diciendo.
Nunca pasó por su cabeza, que tal vez su nieto, se viera obligado a enfrentarse a una decisión tan compleja.
—Cuando algo se rompe, las piezas ya no encajan del mismo modo, las partes que se pierden por el camino, también son pérdidas irreparables. —sostuvo Héctor con la lucidez de un joven que es capaz de sacar sus propias conclusiones.
—Termina, abuela, ¿qué pasó después? —le tomó la mano relevándola del peso que soportaba. —acepto lo que viene, asumo y te descargo. Ya has soportado bastante.
Una suave brisa movió las cortinas, Héctor se vio trasladado a la isla como un espectador invitado a la ceremonia.
*****
—No lo entiendes, ¿verdad? , si tengo que elegir, no lo haré, sería como hacerme daño a mí mismo. —La tarde daba a su fin.
—No puedes elegir, solo hacer lo que debes, no te dejaré solo. —el mar había dejado de batir las olas, relajando la noche que había vencido a la tarde.
—Mañana lo verás de otra manera, intenta dormir.
—Hay algo en mí que no se deja arrastrar, que no obedece más que a mí mismo, no me conoces. —el anciano se inclinó hacia él, preocupado por lo que acababa de escuchar.
—Solo sé que eres un gran chico, con una gran pérdida que no ha asumido.
—He asumido demasiadas cosas, me toca decidir a mí.
Al despertar por la mañana, las ondulaciones del agua y el ruido del barco al ser engullido por el mar le erizó la piel. La perilla del palo mayor asomaba y volvía hundirse, arrastrada por los movimientos del naufragio. Fue lo último que se supo del barco. El muchacho había desaparecido.
—No has debido hacerlo—se lamentó arrodillado en el suelo. Solo teníamos que devolverlo a casa, esto no estaba escrito ¡Cuánto has debido de sufrir!
Incapaz de regresar oró junto a la playa.
—Todo fluye, siempre fluye, pero no era necesario. —se despidió de la arena internándose en la espesura para regresar junto a los chamanes.
Ese día, dudó de todo lo que había dado por sentado. Volvió al taller, a la desesperación de no poder conseguir lo que era justo, lo que él quería.
—Son tiempos pasados—volvió junto a los suyos.
La noche los esperó. La quietud lo silenciaba todo. La luna en estado creciente estimularía el proceso. La semilla era transportada por Carlote, que, bajo los jirones de tela, había desdibujado la forma de su cuerpo. Solo la diferencia de envergadura lo hacía reconocible entre el resto.
El tocón fue golpeado en su centro, hasta formar crear un cráter que alcanzó la tierra, hurgando entre las raíces muertas. La tierra que las abrazaba.
El frío se calmó, aclimatando la tierra. La templanza fertilizó la siembra cuando el nuevo chamán la mostró antes de entregarla a la tierra. El círculo de seres se inclinó rodeando la semilla.
De su morral sacó los restos del tablón que no usó para la guitarra, besándolos despacio y depositándolos sobre la tierra que cubrió la semilla.
La quilla, rescatada del mar por los chamanes, completó el retorno del ser. El rito concluyó con los gritos del viejo maestro orando al cielo mientras una fugaz esfera de luz se elevó perdiéndose en el firmamento hacia la estrella más inquieta de todas cuantas se podían contemplar aquella noche:
Naxa aquin lag Takka, TODOS SOMOS TÚ, Takka, MI-DO-SI-LA-LA-SI-LA-LA, Takka
“Vuelves al sitio al que perteneces”
Sela kin sela, (Alma entre las almas)
Takkai kin korax, (Dios entre los seres)
Nixar kelen quelan tara, (El universo sabe quién eres)
Naxa aquin lag, Takka
*****
—Lo he visto todo, abuela.
—No, mi vida. Todavía no has entendido. La semilla no ha adoptado forma todavía o si lo ha hecho, nadie la conoce.
—Ese es tu destino.
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