A la sombra del Vapor.

A la sombra del Vapor.

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Para Sra. Dulfina Contreras, desde comala.

Sí está leyendo esto, es por que seguramente el tabaco logró su cometido y acabo por fulminar mi último pulmón.

Vaya salvajada.

Desde luego resolveré un par de inquietudes, como quiera el sol ya no saldrá igual para ambos.

Arrancó confesando qué nunca me sentí a gusto trabajando en la cafetería, creí habérselo comentado en esas tardes de invierno, mientras el chocolate caliente pasaba de mano en mano frente a mis ojos. Como una danza de dedos a la sombra del vapor.

No fue una etapa que vayamos a recordar de ancianos, en una silla campesina con un plato humeante de cardo. Con risitas tímidas y miradas de afecto entre ambos.

Ya que moler granos de café y ordenar cubiertos no fue lo único prolijo que hice en una jornada ordinaria de trabajo.

Mientras su trato hacía a mí persona siempre fue con desprecio frente a los clientes de la burguésia. Yo encontraba reposo en el regazo de su esposo. Cada humillación suya la cobré en silencio: cada agresión verbal se transformo en una costra, qué él cicatrizaba con su voz.

No solo fui su empleado a tiempo completo. También fui el cuerpo en el que su marido se sentía libre.

El motivo de esta carta, es para informar de mi estado de salud. Actualmente padesco de Toxoplasmosis, sarcoma de kaposi y tuberculosis: enfermedades que contraje en la misma época que nos vinculamos laboralmente. Y en la que estuve sentimentalmente con «el amor de su vida» Fioro. Así solía llamarle ante su clientela.

Ayer perdí uno de mis pulmones, ahora viviré así cómo decía mí padre —a medio pulmón—. Pero el médico de cabecera qué aún no me explico por qué continúa viendo mi casó, dice que ya pronto ése cederá. 

Me hubiese encantado ver su reacción Sra. Dulfina, al leer el escrito. Pensará que mi orientación sexual es una tómbola promiscua. Pero solo fue un bonito romance con Fioro, probablemente una aberración a los ojo de Dios. 

Si el sobre llega a destino es por que ya pase al patio de los callados. Y mis restos yacen en un pozo común. Lejos del paraíso. 

Aquí desde el polvo de un colchón mal oliente de hospital. Me despido, hasta nunca Dulfina, 

me marcho con el pecho encendido por ese último fuego que le robé a su vida

— Fioro te amo. 

Atte: Rufino Valdez. 1973, comala.






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