Misión cumplida
Laura, en camino a su trabajo, mira el reloj de su auto: son las ocho y cinco minutos. Tiene una presentación de mercadeo programada para las nueve en punto; no puede llegar tarde.
Lucha contra el tráfico de la mañana, aprovechando cada luz roja de los semáforos para maquillarse usando el pequeño espejo de la visera del auto.
Luz verde. El auto de atrás, impaciente, suena la bocina. Laura cierra la visera y sigue conduciendo.
Luz roja. Revisa el portafolio: los documentos están, el iPad con la presentación está, su identificación y la tarjeta de acceso al edificio están. No falta nada.
Luz verde. Es zona escolar, así que tiene que ir despacio por una cuadra más.
Luz roja. Suena la notificación de su celular: un mensaje de su jefe recordándole traer rosquillas y café para la presentación de la mañana.
Sin perder tiempo dice:
—Ok, Google, rosquillas cerca de mí.
El celular le muestra una cafetería Krispy Kreme que está a pocas cuadras de donde se encuentra. Saliendo de su rutina diaria, se desvía tomando una derecha en la intersección. Dos cuadras más adelante hace una izquierda. Ve la cafetería a su derecha.
Se detiene frente a la ventanilla y pide dos docenas de rosquillas glaseadas y un litro de café.
Pone el portafolio en el piso, delante del asiento del pasajero, haciendo espacio para la compra.
La empleada le pasa las dos cajas envueltas en una bolsa de plástico con unas servilletas, y el café en un envase plástico cubierto por un cartón carmelita oscuro.
El auto se llena de un olor dulce y cálido.
Vuelve a mirar el reloj: ocho y cuarenta minutos. Su presentación es a las nueve en punto. Tiene el tiempo exacto para llegar a la oficina.
Se le olvida algo. En su mente hace un inventario rápido: el iPad con la presentación, los documentos, las identificaciones, las rosquillas y el café. Lo tiene todo.
Llega al estacionamiento. Está casi lleno, y los espacios vacíos no son los mejores.
Vuelve a mirar el reloj: son las cinco para las nueve.
Toma el portafolio y lo cuelga de un hombro, las rosquillas con la mano derecha y el café con la izquierda, y con un empujón cierra la puerta del auto. Camina rápidamente hacia el edificio.
Se ve reflejada en los cristales azulados del edificio. Corrige su postura y acomoda su pelo con un movimiento de cabeza.
Distraída, casi tropieza con un desamparado que está sentado en el piso, recostado a la pared.
Es el mismo desamparado que deambula por el estacionamiento, recogiendo colillas de cigarro o pidiendo dinero con un vaso plástico. Es el mismo desamparado que ella evita mirar todos los días y del que solo sabe que le dicen Thomas.
Laura entra al vestíbulo y presiona el botón del elevador. Pocos segundos después se abren las puertas.
Entra, y con ella dos personas más.
Un señor le hace el favor de presionar el número del piso por ella.
Piso tres.
El botón 3 se ilumina.
Se abren las puertas del elevador.
Laura sale con pasos apresurados y llega frente a la puerta de su empresa. Pone el envase del café en el piso y pasa su tarjeta de acceso.
Las puertas se abren.
Entra rápidamente, pero sin correr.
Se dirige a la sala de conferencias, donde casi todos ya están sentados, listos para la presentación.
Mira el reloj dorado que cuelga de una de las paredes.
Un minuto para las nueve. Había llegado justo a tiempo.
Sus compañeros la ayudan a poner las rosquillas y el café en el centro de la mesa y cierran las puertas de la sala de conferencia.
Laura comienza su presentación. Treinta minutos más tarde, desde el pasillo se escuchan aplausos y risas.
La presentación de Laura fue todo un éxito.
Se abren las puertas y Laura sale sonriendo. Todos la felicitan.
En camino a su oficina por el pasillo, recibe un mensaje de texto.
“Las estoy esperando. ¿Vienen o no?”, le pregunta su mamá.
Laura, al leer el texto, siente que el alma se le cae al suelo. Busca desesperadamente las llaves del auto y echa a correr.
Sale por el pasillo y se dirige hacia las escaleras. Corre escaleras abajo, dejando atrás sus zapatos negros con suela roja.
De un golpe abre bruscamente la puerta que da al vestíbulo y corre fuera del edificio hasta llegar a su auto.
Entonces ve al desamparado.
Tiene a su hija en brazos.
La mece suavemente mientras le da palmaditas en la espalda para calmar a la niña, que no para de llorar.
Laura le arrebata la niña de los brazos. Al ver que está bien, le besa la frente, los ojos y las mejillas.
La carga.
Mira al desamparado, que se mantiene frente a ella, parado sobre los vidrios de la ventana del auto que rompió momentos antes con una piedra para salvar a la niña de una muerte segura por las altas temperaturas del auto bajo el sol del verano .
Laura observa por primera vez al desamparado. Un hombre de unos sesenta años, con barba blanca amarillenta por el cigarro. Lleva puesta una chaqueta de camuflaje.
En ella se puede leer:
THOMAS
US ARMY
Thomas, mirando a Laura, que llora de agradecimiento, se para en firme y lleva su mano derecha, con los dedos juntos, hacia la sien.
Fin
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