Hijos de ese tal Pedro Páramo, todos los hombres de este pueblo que dicen conocerlo, en realidad lo que siempre quisieron fue emularlo. ¡Y a mí que no me renieguen!, porque los conozco bien.
Ante mí no pudieron callarse ningún secreto, los muy hocicudos. Tampoco los culpo; por esos días era yo un monumento. Ahora solo quedan despojos soñolientos del pasado.
Nadie lo conoció mejor que yo: un hombre de esos, mentirosos hasta la médula, que con tal de conseguir lo que quieren son capaces de hablar hasta de amor y quién sabe cuánta mierda; eso sí, era bien parecido el cabrón…
Yo lo esperaba, siempre lo esperaba. Le decía a todo que sí y me aguantaba sus berrinches sin excepción. Cuando le venía la vergüenza con la que después no podía ni mirarme a los ojos, justo cuando se quedaba vacío, yo saboreaba el momento de la venganza.
Un día me contó del padrecito, muy recto que se veía, muy protector de la ley de Dios: todos los curas son iguales; quién mejor que yo para saber por dónde se les mete el pecado.
El punto culmen de la venganza era tener al mero cacique del pueblo vuelto un chamaco, desvanecido en un llanto insondable al mismo tiempo que le venía viniendo el gustillo… —No era mi culpa —decía—. Yo era tan solo un niño y me dejaban solo con el cura; ahora solo siento vergüenza. ¿Me entiendes?
Yo le acariciaba el vientre, efectivamente como a un niño indefenso. —¡Claro que no era tu culpa! —le repetía mientras me incorporaba. Y cuando el revés de su mano se ponía contra la mía, él comparaba los tamaños y se compungía. Rápidamente se secaba las lágrimas, se vestía con desespero y, al ponerse el sombrero y acomodarse el bigote, repetía, disimulando su devastación: —No le vayas a decir a nadie o te mato…
No sé si esta confesión merece ser leída. Yo conozco a Pedro Páramo; lo he visto en todos los que alguna vez lo han buscado y han llorado en mi espalda, vencidos.
Cartas desde el polvo
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