En una era saturada de titulares y pantallas, la idea de “estar informados” se ha convertido en un fin en sí mismo, pero pocos se preguntan para qué. 

La información, antaño instrumento de conocimiento y reflexión, ha sido sustituida por un producto más del mercado. Cuando el sistema mediático se sostiene sobre la ganancia y la propaganda, pierde su esencia: servir a la verdad y al ciudadano.

Las noticias se fabrican con dosis calculadas de emoción, morbo y falsedad para mantener a la audiencia pegada. En los momentos de dolor social, la tergiversación y el sensacionalismo se imponen sobre la empatía y el rigor. 

Entre miles de supuestas “verdades” enfrentadas, la objetividad se disuelve en intereses ocultos y narrativas prefabricadas.Quizá por eso crece la tentación del silencio: mejor parecer ignorante que convertirse en depósito de manipulación.

La verdad ha muerto, la información también.

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