EL CABALLO DE MIGUEL PARAMO ESCRIBE UNA CARTA A DAMIANA CISNEROS PARA QUE LE DE NOTICIA A DON PEDRO PARAMO

EL CABALLO DE MIGUEL PARAMO ESCRIBE UNA CARTA A DAMIANA CISNEROS PARA QUE LE DE NOTICIA A DON PEDRO PARAMO

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Damiana:

Dile a don Pedro que yo lo anduve buscando. Que volví.

Volví con el trote quebrado, oliendo todavía a la noche en que se me fue encima el

barranco. No traía ya a Miguel. Nomás su sombra. Esa sí venía. Se me pegó al lomo

desde entonces. A veces siento que me aprieta las rodillas. A veces me silba. Y yo

vuelvo la cabeza y no miro a nadie.

Dile que por eso regresé.

Uno cree que los muertos se quedan quietos. Pero no. Andan rodando, como piedras

sueltas, buscando dónde parar. Miguel no ha parado. Anda en el aire. Anda en los

corrales. Anda espantando el sueño de la gente. Yo lo sé porque lo traigo encima.

Dile a don Pedro que su hijo todavía galopa. No con el cuerpo. Con la mala sombra

que dejó regada por los caminos. En las tapias. En las puertas cerradas. En el miedo

de las muchachas. En ese ruido que hace la tierra cuando se acuerda.

Dile que yo llegué hasta el patio. Que me detuve en la puerta. Que no quise entrar.

Me dio miedo.

No del hombre. De lo que guarda adentro. Hay silencios que patean más recio que las

espuelas. Y el silencio de don Pedro siempre me hizo recular. Por eso te lo digo a ti.

Dile que no vengo a pedir nada. Ni pasto ni agua ni descanso. Vengo nomás a dejarle

este recuerdo: que hay cargas que no se caen ni con la muerte. Miguel se cayó. Pero

no se cayó del todo. Algo de él siguió andando. Eso fue lo que volvió conmigo.

Y también dile esto:

Que en las noches, cuando el viento se arrima a la Media Luna, se oye otra vez el

galope. No es el mío. O no nomás el mío. Es como si viniera alguien detrás. Alguien

que no encuentra puerta por donde entrar ni tierra suficiente donde echarse.

Ese es Miguel. Yo ya estoy cansado de llevarlo.

Si don Pedro pregunta por qué no fui yo mismo a decírselo, dile que me rajé. Que me

paré en seco junto al portón. Que sentí otra vez aquel frío. No el del barranco. Otro. Un

frío viejo. El que sale de los hombres cuando ya se les murió casi todo por dentro.

Díselo así.

A ver si te oye.

El caballo de Miguel Páramo

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