El templo (En proceso de…, no lo tengo claro, nota de la autora)

El templo (En proceso de…, no lo tengo claro, nota de la autora)

Tete

05/03/2026

PRIMERA PARTE: El árbol.

CAPÍTULO 1. El relato.

Aquella noche mi abuela entró en la habitación y me susurró al oído:

—Ven conmigo y no me hagas preguntas.

Con mucho sueño y sin ganas, me levanté y la seguí. No imaginaba lo que tramaba, pero no era normal que me despertara a medianoche.

—Abuela, ¿qué pasa? —le dije.

—Chist, ven conmigo.

La seguí hasta su habitación; ya dentro, cerró la puerta con el dedo apretado sobre el pestillo para que no hiciera ruido. Caminó hacia el armario, frente al balcón, que mantenía una de sus puertas desplazada sobre la otra. El frescor de las hierbas aromáticas que se amontonaban en macetas sobre el suelo se colaba dentro. Olía a ella.

El armario de roble era el único mueble de la habitación que no había sido cambiado con el tiempo. Tenía los mismos años que mi abuela, aunque los llevaba peor; se había desvencijado de un lado. La abuela abrió la puerta, despejando el fondo tras una montaña de sábanas con una mano. Con la otra, buscó en uno de los bolsillos de su bata. Sacó una herramienta en forma de «L» con restos de óxido. La herramienta encajó en una muesca que se difuminaba con la veta de la madera. Con un ligero movimiento de muñeca hizo saltar una pieza que escondía un mecanismo. Se escuchó un crujido mecánico que desplazó un portón, mostrando una oquedad. El mismo mecanismo deslizó una plataforma que portaba una guitarra. La tomó entre sus manos y me la mostró al tiempo que me besaba la mejilla. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue por qué mi abuela escondía esa guitarra, cuando en casa había instrumentos repartidos por doquier, en cualquier estancia.

—Esta guitarra no suena como todas, presta atención: mi-do-si-la-la. —Cerró los ojos y pellizcó las cuerdas dejándose llevar mientras cantaba.

—Suena como todas, abuela, pero tu voz se acopla de forma que no se puede distinguir el sonido de las cuerdas del de tu voz, como si fuera un solo sonido. Me gusta.

Nos solía cantar a la caída del sol, cuando la temperatura le agradaba. Ni demasiado calor ni demasiado frío. Pero nunca usó esa guitarra; la hubiera reconocido por el color del barniz. El tono anaranjado con betas nacaradas la hacía reconocible sin dificultad.

Como un juglar, acompañada de sus instrumentos, nos cantaba historias de seres imaginados, de árboles escondidos en sitios sagrados, de música, de sueños con barcos. Las narraba de forma que quedábamos petrificados siguiendo los gestos de su cara, el movimiento de sus manos. Esa forma suya de escenificar las historias producía en mí cierta inquietud, pues no las reproducía como producto de su imaginación; parecía que las recordaba de otra época de su vida.

—Héctor, alguien debe saber qué sucedió y lo que vino después. Si algo me sucediera, nadie sabría que existe y podría terminar maltrecha. —El párpado le temblaba.

—¿Por qué me asustas? —Me cobijé en su hombro, intentando que no notara que me había contagiado su pesar.

—Ha refrescado, ¿lo notaste? Acurrúcate a mi lado. —Apretó mi mano junto a su costado.

La habitación en penumbra proyectaba nuestra sombra sobre la pared. Nuestra silueta, como un solo cuerpo, se balanceaba suavemente mientras me besaba la mejilla.

—Todo comenzó con un árbol milenario… —dijo en voz baja.

CAPÍTULO 2. La caída del árbol.

Anchurica se perdió en el mar de la niebla en otro tiempo. Era una isla a la deriva, alejada de otras tierras, pero sobre todo del hombre. Su propia deriva, la protección de la niebla y la zozobra del mar, la resguardó evitando el contacto con cualquier civilización, hasta que los barcos perdieron el miedo y osaron acercarse. Las historias sobre naufragios cerca de sus costas, según relatos antiguos de algunos supervivientes, relataban que no albergaba nada de valor.

En Anchurica había un bosque que cubría lo que la vista podía alcanzar y más. Árboles de todas las especies crecían en él. Oculto en aquel mar verde, un ser oraba a los pies de un ejemplar, que parecía más un templo que un árbol, a juzgar por su tamaño. Los animales se acercaban a su tronco buscando cobijo cuando se sentían amenazados, a sabiendas de que allí nada podría sucederles.

El anciano árbol siempre estuvo allí, como un vigía a merced de las estaciones. Las nubes ocultaban las ramas más altas, disfrazando su altura; no así sucedía con el tronco, que no dejaba ver las montañas a su espalda, lo que obligaba a rodearlo dando un paseo. Junto a él, desde el comienzo de los tiempos, adorándolo, una tribu de chamanes oraba. Eran seres cubiertos de harapos y no se adivinaba nada de su fisonomía. El único detalle que saltaba a la vista era su envergadura; por lo demás, los rastrojos de tela se encargaban de ocultar con pericia cualquier tramo de su figura.

Un día empezaron a aparecer por el bosque leñadores que observaban los árboles y realizaban marcas siguiendo criterios, a veces, azarosos. El bosque protegía a su ejemplar más querido; la espesura lo ocultaba, a pesar de que su tamaño hacía difícil tal empeño. Avanzaban dejando tras su paso un reguero de árboles desechados, siempre los ejemplares más grandes, los más ancianos, que fueron cayendo uno tras otro. La naturaleza intentó defenderse tendiendo trampas para hacerlos desistir de su misión errática. Los cauces subían de nivel, dejando impracticables los senderos; otras veces, una simple picadura de un insecto podía diezmar la expedición, sembrando el miedo. Pero el riesgo no frena al hombre desesperado, cuando el incentivo hace brillar los ojos y nublar la mente.

Cuando llegaron hasta él, al elevar la mirada, no fueron capaces de pronunciar palabra; no habían visto jamás nada parecido. No era solo el árbol lo que impresionaba: la ubicación, en algunos momentos, se les antojó laberíntica. Se hacía invisible hasta encontrarse justo delante. Parados frente a él, el capitán Tanenbaum musitó:

—Más que un árbol, me atrevería a afirmar que es una catedral orgánica. Este sitio es… —Se sintió bien al respirar.

James dejó caer las herramientas resoplando. Sin pedir permiso, se acercó a tocar la corteza.

—Es una locura… —murmuró, recorriendo las grietas con los dedos—. No recuerdo haber visto un ejemplar como este ni en los viejos libros de botánica. Mire estas raíces. Son monstruosas. —Se volvió hacia Tanenbaum con el ceño fruncido—. No es solo talar un árbol; las raíces se extienden tocando cuanto aquí crece. Yo no quiero mancharme las manos con esto.

Una mueca apareció en su rostro. De una cosa estaba seguro: no podrían hacer frente al volumen de la deuda contraída. También sabía que se arrepentiría de su acción.

—Está oscureciendo; refrescará seguro. Busquemos dónde montar el campamento antes de que sea tarde. Vamos a estar una temporadita por aquí. ¡Adelante! —Tanenbaum hostigó a los hombres para que no se relajaran.

Tumbados sobre la hierba que invitaba a la contemplación, no sentían premura sobre el trabajo.

—Sería un error no disfrutar de lo que se nos ofrece, pero va siendo hora de que nos pongamos en marcha y tomemos una decisión sobre cómo talarlo. De todas las formas posibles de cortarlo, solo una es la menos arriesgada. Será difícil, pero no imposible. Cortaremos por la zona de umbría para que se deje caer ladera abajo; tiene una ligera inclinación hacia ese punto.

Era temprano en la mañana cuando emprendieron el trabajo. Los rayos del sol empezaban a desplegarse por el horizonte sobre las cumbres. El silencio que precede al alba siempre es solemne, pero aquella mañana era amenazante. Apenas se escuchaba el canto de los pájaros. El riachuelo que se desviaba en el barranco proveniente de las cumbres disminuyó su cauce, dejando de oírse el borboteo de sus aguas. Ni siquiera el viento agitó las hojas. Los hombres dudaban que fuera posible derribar un árbol de tales dimensiones; incluso hubo quien se opuso a lo que consideraban un despropósito.

—Tenemos que sacar la boca. Hasta que no extraigamos la cuña de madera de este lado, no se vencerá. Todos a una en esta zona; la tenéis marcada. Solo golpead y golpead hasta que la parte superior y la inferior se encuentren; entonces será nuestro —gritaba James.

La quietud que acompañaba las jornadas de trabajo los asfixiaba. Hasta que un día la cuña se desprendió sin avisar tras varios meses. Agotados, les costó creer que había sido derrotado. El árbol se mantuvo en pie decidiendo cuándo sería vencido, y lo hizo justo al caer el sol sobre el horizonte. James se volvió y gritó:

—¡Árbol va!

Un tambaleo anunció el desplazamiento hacia la vertiente sur del terreno. Se dejó caer parsimonioso, en una despedida anunciada. Fue acogido por el arbolado, que amortiguó su caída parapetando con su cuerpo el de su viejo amigo. Nada de ello evitó el estruendo ni el temblor que se dejó sentir a decenas de kilómetros. Uno de los leñadores dijo que el ruido al caer le recordó a un quejido, un alarido doloroso. No fue capaz de decírselo a nadie, pero se sintió observado.

—Talar un árbol no te convierte en un desalmado —musitó James contrariado. Sin dejarse arrastrar por sentimentalismos, gritó a los obreros—: ¡Celebrémoslo!¡Volvamos al campamento! —Quiso alejarlos de allí para olvidar lo que acababa de suceder.

Una lengua de aire invadió por sorpresa la meseta resultado de la tala. Elevado sobre el suelo, el tocón unido a la tierra desprendía un aroma a madera antigua, impregnando a los seres que, sigilosos, se acercaron para certificar el deceso. Velaron su cuerpo del ocaso al alba, como si de un ser vivo se tratara, orando junto a él.

Fue justo antes del amanecer cuando el ser que hacía las veces de gran jefe tomó su hacha. Arrodillado, acarició la corteza del ejemplar, acercando su rostro a la superficie mientras palpaba sus rugosidades. Buscaba una zona concreta. Clavó la herramienta en la corteza hasta que ahondó lo suficiente, hasta topar con lo que parecía un trozo deforme de madera encajado en su interior. De forma ceremoniosa lo extrajo y clamó:

—Naxa aquin lag takka.

El chamán lo elevó, mostrándolo. Aquel ser, con las facciones irreconocibles por la pintura y cuyo cuerpo se asemejaba a cualquier cosa menos al de un ser humano, tomó el trozo de madera y, llevándolo junto a su pecho, lo apretó con fuerza. Después comenzó a realizar movimientos involuntarios. Los cánticos inundaron el bosque; el viento se encargó de trasladarlos colándose en cada rincón del follaje. Los leñadores, atrapados en un sueño profundo, permanecieron ajenos a lo que sucedía. La exaltación fue creciendo hasta que la energía que ondulaba de un lado a otro dio paso a un haz de luz proveniente de las entrañas de la tierra. Atravesó el tronco anclado al suelo y se perdió en lo más profundo del universo. Tras ello, corrieron a ocultarse.

********************

—Abuela. —La zarandeé. Se había quedado perpleja; apenas reaccionaba a los movimientos que le propinaba.

—Héctor, no me interrumpas, debo seguir.

—Esta historia me recuerda un poco a las de siempre, pero es más triste, más complicada. Tu cara sigue pálida. ¿Te encuentras bien? —No había recobrado el color natural en sus mejillas.

—No, no lo estoy. Será mejor dejarlo para mañana. —La acompañé a su cama. Me dejó preocupado.

SEGUNDA PARTE: MADERA.

CAPÍTULO 3. Encuentro.

—Tengo frío, Héctor, acércame la manta. —La cubrí tocando su frente.

—Estás destemplada, abuela. Podríamos dejarlo hoy. Si quieres hablaremos de otras cosas; hay algo que no me has contado. ¿Por qué yo? —Por fin me atreví a preguntarle.

—No he sido yo quien te ha elegido —se limitó a decir—. Vamos a seguir; eso ahora no importa.

—A mí me importa —le dije, pero me ignoró de nuevo.

—¿Quieres saber más sobre el barco? Deja de preguntar y atiende. Creo que no has sido elegido por ser insistente; será otro el motivo. —Me contagió su alegría.

***********

Por fin lo encontró. Habían pasado muchos años desde la última vez que estuvo dentro. Cerró los ojos, inhalando y exhalando todo lo despacio que pudo, observando desde el muelle en el fondeadero de desguace.

—Cómo he echado de menos este olor a madera, vuelvo a casa —musitó mientras sus pensamientos lo devolvían a su infancia.

—Padre, ha sido la terquedad que heredé de ti la que me ha traído de vuelta. —De él recordaba casi todo: su fuerza descomunal, su aspecto descuidado y su ternura. Le hacía señales para que estuviera siempre atento. Debía volverse invisible o lo despedirían del trabajo: «Nadie contrata a un carpintero con un hijo pequeño a su cargo». Aprendió a moverse a su lado como una sombra, atento al contratista que aparecía de improviso. La cuadrilla ayudaba a Rodrigo protegiendo al crío.

Los recuerdos de su pasado estaban allí, en ese lugar, todo circunscrito a ese barco, al astillero. Como una ráfaga, vinieron a su mente los días de trabajo, un hervidero de hombres encaramados a andamios colocando tablones de madera un día tras otro. Su padre era uno de ellos. Rodrigo intuyó que, en no mucho tiempo, si lograba no ser descubierto, podría emplear a su hijo como aprendiz. Ciertos trabajos requerían de pequeñas manos que realizaran labores más precisas, por lo que entendió que explicar todo cuanto allí se hacía y cómo funcionaban las cosas, aunque la edad no fuera la adecuada, podría garantizar un futuro a su lado.

—Ya eres mío. —Ese barco lo entusiasmaba. Conocía cada rincón, cada esquina. Había jugado en él miles de veces desde que comenzó su construcción. Lo podía recorrer con los ojos cerrados porque muchas eran las noches que dormía en su interior, cuando las jornadas de trabajo se extendían como algo cotidiano. Deseaba quedarse dormido porque era entonces cuando sentía la presencia de su madre a su lado, besándolo. Guardó el secreto por expreso deseo de ella. A veces dudaba que se tratara de un sueño. Solo la veía cuando dormía en el barco. Ella le acariciaba el pelo y el rostro mientras musitaba palabras de amor a su oído; incluso le cantaba canciones.

—Mi-do-si-la-la. —Quizás por eso se sentía tan bien en él y lo buscó con tanta vehemencia.

Cuando se vio obligado a abandonarlo, había crecido lo suficiente como para manejar con habilidad gubias, formones y escofinas. «La vista es el mejor maestro», le recordaba su padre cada día. Ya no se escondía del malhablado capataz, que vio en el muchacho un virtuosismo poco usual para un crío de su edad. Jamás le mostró un buen gesto, pero de vez en cuando hacía la vista gorda con su padre, dejándolo descansar sin hostigarlo. Cerró los ojos al alcanzar la cubierta, posponiendo la recompensa de contemplarlo de nuevo por dentro.

—Se arrodilló al abrir los ojos—. No puedo verte de esta manera —gimió—. No has sido construido para terminar fondeado junto a estas naves muertas. ¡No estás muerto! —Sollozó deseando que el barco lo escuchara.

Desde el muelle no parecía tan deteriorado. El casco mantenía su dignidad, conservando el aroma penetrante de aquella madera que podía diferenciar de cualquier otra. Tuvo ganas de maldecir, de enfrentar su rabia contra el culpable de aquello. Se hincó en el suelo sollozando. La misma furia que lo arrodilló lo impulsó a levantarse. En esa posición, el destrozo adquiría mayor importancia. Se dispuso a comprobar el alcance del saqueo. Mirara donde mirara, no quedaba nada de la belleza de antaño, pero no le importó. Seguía sintiendo que era su hogar. Esta sensación lo llevó hasta la proa, encaramándose al mascarón. Con sus dedos palpó recorriendo las facciones de la figura de mujer que un día esculpió con sus propias manos.

—Sigues aquí, madre. No han dañado tu rostro. —Se abrazó de nuevo al mascarón.

Un crujido seco, seguido de un brusco movimiento de la embarcación, hizo que se descolgara. Asido por las manos y con el cuerpo colgando, estuvo a punto de caer al mar. Se alzó con fuerza agarrándose para trepar por el casco, buscando los salientes con la punta de sus botas; el barco comenzó a moverse con pereza. Tras varios crujidos, se desancló del fondo rompiendo las cadenas que lo amarraban al muelle. Gonzalo no pudo saltar; seguía trepando por el casco con dificultad. Tampoco lo hubiera hecho de haber podido. Se deslizó mar adentro.

El suave bamboleo del mar lo meció. Cayó dormido en cubierta mientras contemplaba la cúpula celeste bordada de estrellas. La claridad del día mostró con mayor crudeza la barbarie. Recorrió la cubierta en dirección hacia la popa, palpando las partes que llevaban su impronta y la de su padre.

«Padre, esto es obra tuya», abrazó el palo mayor mientras ascendía sin perder de vista la madera hasta la cofa.

—¿Te acuerdas, padre? Como sudabas el día que lo hincasteis amarrados al soguero hasta conseguir la perpendicularidad del enclave. La cuadrilla, amarrada también a las sogas, evitaba como titanes que se desplazara en el sentido equivocado. Todo eran abrazos cuando quedó afianzado, tal como ahora sigue. —Recordaba en voz alta, como si pudiera escucharlo; qué orgulloso se sentía.

Recordar tiempos pasados le ayudó a soportar el presente. Se alegró de que su padre no lo hubiera acompañado. Siguió moviéndose por instinto, y al hacerlo intentaba asir a su lugar todo lo que había sido dispersado. Ya en la popa tomó con ambas manos el timón. Lo giró con parsimonia. Solo unos pocos grados hacia babor, cambiando de nuevo hacia estribor. No desvió el rumbo. Volvió a intentarlo. Como una petición, esta vez puso intención casi de súplica cuando lo maniobraba. El barco giró levemente, sin brusquedad, accediendo al ruego.

—¿Quieres jugar conmigo? —No volvió a suceder en todas las mañanas que pasó dentro. Tuvo la creencia de que fue una especie de bienvenida a bordo—. Estás hecho un desastre; tal vez quieras que te repare. Tendré que curar tus heridas.

Oteó el horizonte; el mar seguía en calma. No lograba orientarse por mucho que se afanaba en poner en práctica las litúrgicas explicaciones de un padre procedente de un clan de navegantes indígenas. Buscó en el cielo las señales: el sentido del viento, la forma de las nubes, cómo volaban las aves. No conseguía ubicar su paradero.

—Me has traído para curar tus heridas. No tengo idea de hacia dónde me llevas, pero imagino que será importante para ti.

TERCERA PARTE: MÚSICA.

CAPÍTULO 4. El luthier.

Quizás fue la suerte, o puede que algo que escapa al entendimiento, lo que hizo que aquel día pasara un luthier por el cementerio de barcos. Un luthier en busca de madera para nuevos instrumentos. En su larga trayectoria profesional se había labrado un buen nombre, pero no había conseguido llegar más allá de los límites de la vieja ciudad donde residía. Sin embargo, él se sabía poseedor de una gran virtud: sabía que sus instrumentos algún día inmortalizarían su apellido.

Construía los instrumentos aportando las cualidades de músico a las de carpintero, sumadas al don que lo acompañó desde su nacimiento y del que no supo nunca su nombre: poseía oído absoluto. Contar con la ventaja de percibir en la madera ciertos matices sonoros inapreciables por el resto de colegas de gremio convirtió sus instrumentos en objetos de deseo para su círculo de músicos más cercano. Sabedor de su don, era cuestión de tiempo que algún día llegasen a oídos de un gran músico sus proezas. La oportunidad llegó de lejos, de más allá del océano, del nuevo continente.

Fue entonces cuando comprendió que necesitaría una madera distinta para sorprender a su cliente especial. Había recorrido durante meses multitud de aserraderos y no había encontrado lo que buscaba, pero aquel día todo cambió.

Antes de llegar al barco, al acercarse desde lejos en el muelle, se dio cuenta de que allí tenía un aserradero para él solo. La madera de aquel barco era algo fuera de lo común: su color era intenso, a pesar de la decadencia del lugar y del aspecto de abandono. Subió a bordo y sacó de su morral una pequeña maza con la que comenzó a golpear los tablones para hacer pruebas de resonancia. Golpeó de proa a popa, escuchando su respuesta. Quería localizar los tablones más próximos al centro del árbol; por experiencia sabía que estos eran los mejores, pero allí había demasiados para provenir de un único árbol. Fijó su mirada en el mascarón de proa; era un tablón grueso enorme. Lo golpeó con fuerza.

—Suena bien —se dijo—. Tal vez sea esto lo que estoy buscando. Espera, Carlote —se dijo al fijar la mirada en la talla—, es tan delicada la talla, tan compleja en detalles; ese rostro es tan bello… —No pudo seguir adelante con lo que pretendía.

Siguió revisando, hasta tropezar con un saliente mal clavado que se elevaba junto al timón.

—¡Maldita sea, casi me caigo! —Lo golpeó para arrancarlo de allí.

—Casi me parto los dientes por tu culpa —le gritó enfurecido por el tropiezo. El sonido al golpearlo con fiereza le hizo retroceder. Lo arrancó y se lo llevó consigo.

El violero se marchó pensativo con su tablón en la mano. Era una madera como pocas había visto hasta entonces. No era palo de rosa, ni ébano o caoba, ni siquiera koa. La estudió a fondo comprobando su densidad y contracción para obtener información precisa sobre ella. Lo hacía siempre antes de construir un instrumento, pero no obtuvo pistas del tipo de árbol del que procedía. Tampoco nadie supo decirle.

—Quizás proceda de un árbol exótico —se dijo, centrándose en lo que realmente importaba.

No dudó ni por un instante del éxito de su misión contemplando el tablón veteado de forma singular. Dedicó años y todo su talento en transformar aquel trozo de madera. Cortó con pericia las ranuras de los trastes para obtener una profundidad homogénea; se encerró en su taller durante días para lograr la belleza de una roseta digna del instrumento que pretendía construir. En su búsqueda de la perfección se obsesionó con los barnices, buscando en tratados antiguos de alquimia la fórmula que permitiera proteger al instrumento dejando transpirar a la madera. Mezcló tinturas en fórmulas oleosas proporcionando un ligero toque de color que identificara su creación ensalzando su nombre. Cuidó con mimo todos los detalles de la construcción; de sobra sabía que, al final, cualquier error afectaría a la calidad del resultado, así que decidió que no sería la falta de esmero causa de ello.

La sorpresa llegó a posteriori. A pesar del esfuerzo, la sonoridad no era la esperada para un instrumento de esa calidad, y esto era el menor de sus males. Revisó todo el proceso intentando mejorar la resonancia. Se cuestionaba qué era lo que estaba haciendo mal, pero ensimismado en sus pensamientos giraba la cabeza de un lado para otro negando cualquier fallo por su parte. Su sueño se desvanecía y, en su desesperación por convertirla en algo único, todo se tornaba en lo contrario.

—Jamás he tenido entre mis manos una materia prima de tanta calidad y que dé peor resultado. Seguiré insistiendo; lijaré día y noche si es necesario —renegaba para sus adentros. Pasaba tantas horas en su taller que había naturalizado hablar consigo mismo, aislándose del exterior.

—Has conseguido alterar mis nervios y mi salud. —Daba por seguro que algo extraño sucedía y que se escapaba a sus cortos alcances. Tenía sueños raros y llegó a suponer que la madera estaba hechizada o embrujada; no sabía decir exactamente el qué. Cuando despertaba por las mañanas murmuraba:

—¡Paparruchas! —negándose a dar una explicación irracional a todo lo que le estaba sucediendo, ni siquiera cuando las cuerdas saltaban al intentar afinarla—. ¡Paparruchas! —gruñía una y otra vez de forma huraña.

—¡No me vas a volver loco, a Carlote no! —La colgó en el escaparate.

CAPÍTULO 5. María.

La pequeña niña, a diario, contemplaba absorta el cristal del escaparate. Tras él, una guitarra se ofrecía a la venta. Que ella recordara, siempre estuvo allí. Junto a la guitarra, violines, violonchelos y demás instrumentos de cuerda componían lo expuesto en la tienda llamada «CARLOTE E HIJOS». Le entusiasmaba ese instrumento, aunque no tuviera claro el motivo. Tener la posibilidad de contemplarla a diario le resultaba un privilegio.

«CARLOTE E HIJOS» era un reconocido taller de reparación y construcción de instrumentos de cuerda. También se dedicaban a la venta. Había pasado de padres a hijos por varias generaciones, pero ahora solo quedaba Carlote al frente. Los hijos se marcharon lejos, a las nuevas tierras. Carlote se negó a cerrar para marcharse con ellos. No por eso consintió en cambiar el nombre a su negocio.

—Algún día volverán cuando no consigan que su guitarra suene como han soñado —se decía haciendo alusión a su particular desgracia.

Adoraba su trabajo, su ciudad, pero sobre todo el olor a madera. Una tarde, Carlote se percató de la rutinaria visita de aquella niña que miraba fijamente la guitarra como hipnotizada. Desde aquel día estuvo pendiente de ella, admirando la forma en que pasaba las tardes pegada al escaparate. Se convirtió en un espectáculo para él, casi una costumbre. De reojo y escondido para no ser visto, trataba de entender el interés inusual hacia el instrumento que había supuesto para él un desastre a nivel profesional y una tragedia en lo personal. Observaba cómo de forma sutil se sentaba en el bordillo del escaparate y pegaba su diminuta nariz al cristal; entonces se quedaba absorta, paralizada casi, mirándolo. Tras las cortinas que daban al taller, intentaba entender la obsesión de aquella niña. En ocasiones se le pasaba por la cabeza animarse a salir y preguntarle por qué hacía eso, por qué ese interés tan inusitado por esa guitarra.

Recordaba el día que, para salir de dudas, la cambió por otra de las muchas que almacenaba en el taller de similar aspecto. La pequeña mostró una mueca de desagrado a la que siguió un conato de llanto. Se repuso, conteniendo con una profunda respiración su malestar. Al día siguiente no fue necesario indicarle que todo estaba de nuevo en su lugar. Llegó y, esbozando una sonrisa, volvió a colocar ligeramente su nariz frente al cristal, evadiéndose de todo cuanto la rodeaba. Fueron pasando los meses y un día Carlote decidió intervenir. Tomó la guitarra, salió a la puerta y le dijo:

—¿Te gusta?

Ni lo escuchó, absorta como estaba en su mundo. Sorprendentemente, continuó diciendo:

—Te la regalo; es tuya.

En definitiva, la guitarra era un trasto que le había ocasionado muchos quebraderos de cabeza y muy pocos beneficios económicos. Llevaba años en el escaparate. Todos cuantos se interesaron alguna vez por ella la habían devuelto, reclamando la cuantiosa cifra que habían desembolsado. Tras esto, se preguntaba a qué músico le podría ofrecer una guitarra empeñada en desafinar y cuyas cuerdas se rompían tan fácilmente. No fueron pocas las veces que ideó hacer una hoguera enorme para verla arder, desprenderse de ella al fin. Pero eso fue justo antes de ver a esa niña. María no podía creer lo que le estaba pasando; la tomó contra su pecho y, agarrándose al cuello de Carlote, lo besó y le dijo:

—¡Gracias! ¡Gracias!

Por primera vez escuchaba su voz; le resultó curiosa. Temblaba de alegría mientras lo abrazaba. Sintió sin un atisbo de duda que la guitarra estaba en las manos correctas. Limpiándose las lágrimas le dijo:

—Cuídala mucho; tiene carácter. Me atrevería a decir que es una guitarra rebelde. He dedicado muchos años de mi vida a ella. Es tozuda como una mula vieja; te lo digo yo que la conozco bien.

Hablaba de ella con cercanía, como algo propio, como si fuera su mujer. Una mujer a la que adoraba pese a la diferencia de caracteres. El primer día que vio a la niña junto al escaparate comprendió que tal vez debía dejarla marchar, que su parte en esa historia había concluido. «Todo fluye», se dijo.

—Seguro que sabrás hacerla sonar. —Intuía que ella podría conseguirlo, sintiéndose feliz y contrariado al mismo tiempo. Dejaba marchar el instrumento que debía haberle dado la fama necesaria para alcanzar la gloria, habría resuelto su jubilación y proporcionado el viaje de sus sueños—. Solo una cosa más: me encantaría saber tu nombre.

—Me llamo María —dijo mientras sonreía.

Ya no parecía tan excesivamente delgada ni tan descuidada de aspecto. No mostraba la palidez de otros días o incluso del instante anterior.

—¿Querrás tocarme alguna pieza cuando aprendas a tocar? Me alegrarías la vida.

—Algún día, señor, no lo dude —afirmó la pequeña mientras se alejaba saltando.

Al volver a casa nadie la vio entrar a su habitación. Con sumo cuidado guardó el instrumento debajo de la cama tapando con la colcha la visión. Bajó a cenar como lo hacía todas las noches. Tan solo su hermano pequeño se dio cuenta de que algo había sucedido cuando notó el leve temblor en la comisura de los labios tratando de evitar que se le escapara una sonrisa.

CAPÍTULO 6. Guitarra.

No sabía cómo sonaría. Por eso, cuando la sacó de su escondite y acarició despacio las cuerdas, el sonido producido no suscitó en ella la emoción que esperaba. Aun así, no paró de rasgar sus cuerdas porque la vibración cosquilleaba, además de sus dedos, su cuerpo entero. Notó un pequeño terremoto.

—Eres una guitarra; tendrás que sonar, ¿no? —Se animó a hablarle—. Tendré que aprender a tocarte; seguro que si lo consigo me contarás tus cosas y yo te contaré las mías.

Cuando rasgaba despacio las cuerdas, en los primeros intentos, los acordes fluían con ciertos matices reconocibles, pero eran pocos los intentos que llegaban a buen término. A pesar de su paciencia, perdía los estribos cuando, tras practicar con insistencia, confundía notas, perdiendo el interés al ver el resultado.

—Querías estar conmigo, me llamaste, y ahora no me haces caso. —Ya no era tan pequeña, pero su hermetismo seguía intacto respecto al resto del mundo. Necesitaba la guitarra para comunicarse; daba igual que fuera un objeto inanimado, ella no lo percibía así—. Puedo llevarte de vuelta con Carlote; creo que añoras tu escaparate, no quieres estar con nadie —la amenazó—. Tenía razón, eres un instrumento triste, como yo, pero dos tristezas son demasiado para mí. No entiendo por qué me elegiste —le dijo llorando el día que volvió con la ropa destrozada del colegio, tirando la mochila al suelo y pateándola.

Todos la decepcionaban. Recordó a Carlote, lo mucho que había sufrido; a ella le haría lo mismo. La tomó por el mástil con la intención de llevarla de vuelta a la tienda, pero recapacitó un momento. Debía despedirse antes de deshacerse de ella. Se tumbó en la cama para darle un último abrazo. En ese momento pensó que nada era como necesitaba que fuera; todo el mundo le fallaba. Necesitaba llorar para que el llanto se llevara el dolor que sentía. Necesitaba que las lágrimas alejaran las burlas, las risas cómplices. Compartió sin darse cuenta el sufrimiento que albergaba mientras la amarraba a su pecho para que lo sintiera.

—Tú no tienes la culpa de nada; lo siento, no he debido pagarlo contigo.

Sus dedos se acercaron a las cuerdas, pellizcándolas despacio.

—No te preocupes; aunque no quieras sonar no me importa, solo quiero que no me dejes nunca, tú no.

Sus dedos se relajaron; estaba tranquila y se dejaba llevar. Las notas musicales cobraron sentido en forma de una melodía triste pero que la reconfortaba. El instrumento la indujo a un estado de semiconsciencia donde la música se fundía con visiones que no llegó a entender, templando el dolor.

—Todos somos tú —terminó tarareando mientras acompañaba con su voz a la guitarra.

CUARTA PARTE: CHAMANES.

CAPÍTULO 7. La tribu.

—Voy entendiendo, abuela. Todo va tomando forma en mi cabeza. —Puso su dedo en mi boca intentando silenciarme—. Déjame hablar a mí.

Abría los ojos en las partes importantes, para que no me despistara. Todo era relevante, según ella, y esto fue lo que dijo:

—Siempre tronaba por las tardes, y a la negrura seguía la lluvia caótica, que obligaba a buscar refugio entre los riscos. Era en los tiempos pasados, antes de que el mundo fuera tal como lo conocemos y de que el hombre habitara la tierra. Durante millones de años, por ciclos, el terreno ascendió, llegó casi a hundirse, se rompió para unificarse después. La pequeña isla se disgregó permaneciendo a la deriva desde el comienzo. El resto de masas chocaban y se alejaban en erráticas direcciones, cuando no se adherían para siempre. Ellos ya estaban aquí.

Aislados en mitad de la nada, solo quedaron ellos y la semilla traída. Fue ceremonialmente sembrada en la tierra, agarrándose a ella con una energía que se desparramaba hacia las profundidades, dispersándose y elevándose hasta colmar el aire que rodeaba el lugar. La semilla, al crecer, adoptó la forma de un árbol, puede que comprendiendo que, de todas las formas, era la más afín a todo lo que en ese planeta existía. Compartía rasgos con los animales, con las plantas y con lo inerte. Así se dispuso que fuera. De ellos nadie vio nunca su rostro, si es que lo tienen, ni la geografía de su cuerpo, siempre oculto. Lo que daba sentido a su vida era la custodia del ser. Lo que quedaba de ese otro mundo del que vinieron y que los aferraba a este, como nexo entre los dos. Eran más de aquí que los que aquí nacieron. La unión entre este mundo y otros mundos. Ellos ya estaban aquí, pero no pertenecían a este lugar. —Hizo un descanso.

—Será mejor que lo dejemos; podemos seguir mañana. Te noto fatigada; debes descansar. Es más, deberíamos dejar de hacer esto porque te está perjudicando. No eres la de antes; estás abatida. —Por primera vez tuve la sensación de que cada historia la consumía.

—Queda poco. —Se levantó para dirigirse al armario. Volvió a sacar la guitarra de su escondite. No había nadie en casa. Con cuidado pellizcó las cuerdas rasgando suavemente de arriba abajo. Acompañó con su voz los acordes.

—Apenas somos un suspiro. Ellos no; fueron los primeros. Antes que nada, ya estaban. Quién sabe si son de este mundo. —Cantaba con voz grave, impostada; no parecía ella.

—No solo los hombres, ni el mar, o la tierra, ni siquiera el sol; tal vez las flores. Él siempre estuvo; vino con ellos. —Se detuvo mientras aspiraba profundo. La guitarra desprendía un suave aroma a madera recién cortada.

—¿Quieres que yo la toque? —Me entregó la guitarra. Antes de hacerlo la acercó a su pecho apretándola fuerte, mientras le murmuraba. Me indicó con gestos cómo colocar las manos para hacerla sonar. Pellizcé las cuerdas despacio, dejando que se expresara; luego las rasqué, tal como ella lo había hecho antes.

—Naxa aquin lag takka. —De mi boca salieron palabras que no entendía; ni siquiera estaba seguro de haberlas pronunciado. Fue un canto que entoné con emoción mientras tocaba. El sonido era nítido, acompasado con mi voz. Me sentí transportado fuera de la habitación de la abuela, pero eso no era posible. Unas figuras harapientas, sobre un altar enorme de madera, oraban haciendo reclamos al cielo. No recuerdo más de aquella noche, o puede que sí: el olor; recuerdo un olor profundo a madera. Puede que procediera de la guitarra.

CAPÍTULO 8. Retorno.

El mar en calma lo acompañó en los primeros días de viaje. De vez en cuando algún delfín saltaba por los costados aliviando la soledad. Tumbado en cubierta se dejaba llevar.

—Padre, eso que decías de las nubes yo no lo entendí; solo usé mis ojos para ver cómo se usaban formones y lijas, cómo se hincaban los clavos en la madera. Lo demás era un murmullo que tal como entraba salía de mi cabeza. ¡Si mis oídos hubieran estado tan atentos a tus palabras, como mis ojos lo estaban de tus manos con las herramientas, otro sería mi destino ahora! Por lo menos sabría dónde me hallo.

—Madre, ¿recuerdas cuando me hablabas? ¿Era alguien con tu voz, o tal vez eras tú la que susurrabas a través del aire de este lugar? ¡Qué más da! Entonces no me sentía tan solo como ahora. Olvídalo, solo tengo hambre y mucho tiempo para pensar.

—Podrías llevarme a tierra firme, necesito agua y algo de comida. Ya llevo varios días y no aguantaré mucho más. —agotó las fuerzas que le quedaban en dar una última vuelta. — ¿Y si hubiera quedado alguna caja por revisar en la bodega? —se dijo.

—¿Recuerdas el día de tu botadura?, llenamos las bodegas con comida para un ejército. Matilde Ferrer estampó la botella contra tu casco. “Buena mar y buenos vientos, yo te nombro el navegante”. Nunca imaginó que tanto esfuerzo por su parte daría con su barco, medio podrido, abandonado en un muelle de desguace. Pobre mujer… —seguía hablando solo y recordando mientras descendía hasta la bodega, buscando a su paso entre el desorden de cajas. De vez en cuando veía trepar alguna rata por las cuadernas, no las espantaba, le hacían compañía.

Un golpe seco hizo que se girara, pero solo escuchó las olas al romper contra el casco.

—¿Quién anda ahí?

La puerta de la bodega que daba al almacén se deslizó haciendo gruñir los goznes. Al moverse desplazó parte de la basura que impedía que se abriera del todo. De entre la basura, una figura comenzaba a vislumbrarse. A contraluz se desdibujaba; no se apreciaban con nitidez sus rasgos; se intuía la silueta de un hombre con aspecto fantasmal. Conforme se aproximaba, la tez ennegrecida destacaba sobre la palidez del pelo cano. Gonzalo retrocedió asustado.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? No te acerques más. No tengo miedo.

Cubriéndose el rostro con las manos, siguió caminando hacia Gonzalo. El barco se alzó con brusquedad para caer con fuerza. El mar comenzó a agitarse.

—Sufren, ¿no escuchas sus lamentos? Yo sí. Shhh, pon atención y no hagas ruido; ya verás cómo también puedes oírlos —gemía tambaleándose de un lado para otro.

—Acércate, pon tu cara junto a la madera; ya verás cómo puedes escucharlos. Están orando.

—¡No me toques o te juro que…! —levantó la mano en tono desafiante.

—¿Acaso estás sordo?, debe ser eso.Todos están sordos. Mi-do-si-la-la; escucha la madera.

—Qué has dicho —murmuró.

El barco giró a babor de golpe, haciendo que cayeran golpeándose contra los costados del casco.

—Lo entiendes ahora: es el barco el que está hablando. No puedes escucharlo, ¿verdad? Nunca has podido.

—Mi-do-si-la-la… —tarareó Gonzalo, recordando la melodía.

—¿Quién te ha enseñado esa melodía? No deberías conocerla; es solo para mí. No te atrevas a cantarla; no te pertenece. Ella me la regaló; era nuestro secreto. Ya no acude en las noches; se ha marchado.

—Nadie me la enseñó, la está cantando, pero no puedes oírla. Nos lleva a Anchurica, ellos nos llaman. Hay algo que hacer. Estamos cerca.

Lanniq sorha. Naxa aquin lag takka.» (El árbol vive. Todos somos tú.

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