No puedo retroceder el tiempo, menos viajar al pasado. Mis anhelados deseos de encontrarme con aquella querida persona que alguna vez compartió gran parte de mi vida, ya no está conmigo, solo son perpetuas su voz en mi conciencia, la silueta impregnada en los sueños, con todo el ir y venir de sus pasos en aquel corredor de la vieja casa en el campo. Siento su llanto, su melancolía, sus constantes preguntas por aquel destino irremediable que ha todos alguna vez nos tocará transitar. La maldita enfermedad del envejecimiento, que si no es o no, en definitiva todos sufrimos cambios físicos, no tan para mejor, pues el desgaste se nota de aquí a cinco años ya es observable. Sobre todo, al pasar ya los 40 años. Aún da vueltas tu vehemente ambición.
– Si fuéramos eternos, hijo. Seguro viviríamos más cerca de las estrellas. Seríamos seres de luz con todo el poder omnisciente. No quisiera saber el término de mis días.
En esta misiva quedará plasmada tu mejor memoria, no es para que corran las lágrimas, al contrario será el signo de aquella sonrisa tuya que nunca se olvidará. Así como en un mar de emociones que deleitan los sensibles sentidos, por el ruido del oleaje que al batir las olas en la playa dejan escritas en la arena todas tus hermosas palabras.
-Te quiero padre mío. Desde Comala al mundo.
Atte.
Tu hijo
Cartas desde el polvo
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