Había muerto la madre de Emiliano. Vivían desde hacía mucho tiempo en la ciudad de Puebla. Dejaron atrás su pasado, enterrándolo donde la tierra lo guarda. Hubo un tiempo en que, pese a lo que hicieron, huyeron, creyendo que al dejar los huaraches en la vieja casa podrían olvidar y alcanzar el perdón del que oyeron hablar tras la muerte de doña María.
Magdalena dejó una carta antes de morir. Estaba cerrada. El sobre, arrugado y viejo, estaba cubierto de polvo y humedad. Como última voluntad, debía llegar a Comala. Solo debía leerse allí.
Emiliano tomó la carta. La sostuvo largo rato en el camión. No sabía lo que contenía. Solo le pesaban los recuerdos: su madre, Magdalena, todavía viva, fingiendo alegría mientras los labios le temblaban.
Había llegado. Vio Comala. El camión se detuvo y siguió su rumbo. Allí encontró a un anciano. Estaba pálido; el rostro apenas se le distinguía bajo el sombrero. Cuando la duda le pesó, el anciano se adelantó y le dijo:
—¿A dónde se dirige, joven? —se acomodó el sombrero.
—Voy a la casa de Magdalena. Aquí casi no se oye nada.
—Ya, ya. Esa mujer… No sé si vaya a encontrar su casa. La tierra se le vino encima.
—¿Cómo fue? —preguntó sin mirarlo.
—¡Híjoles! Creo que usted no se enteró. Hizo daño. La envidia… ya sabe.
—…
—Aquí la tierra no se queda con lo que no le pertenece.
Emiliano bajó la mirada. Apenas movió la cabeza, sin decir nada. Ya había oído esos murmullos.
No le había importado hasta el día en que la halló muerta, tras envidiar a una vecina por sus guajolotes. Fue con don Ezequiel, para que le hiciera un trabajo. Pagó todo lo que tenía. Luego la vecina enfermó, también los guajolotes. Y a Magdalena algo se le fue quedando dentro. Moría de hambre. Pero más de envidia.
Emiliano no sabía lo peor. Recordaba que allá, cuando alguien tiene algo que otro no, la envidia lo entierra.
La carta decía la verdad. La abrió. Tiró el sobre. Quedó pálido. Entonces la tierra, la misma que cubrió la casa de Magdalena, vino también por él.
Cartas desde el polvo
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