Aquí los muertos no saben que están muertos, y si les dices que están muertos, te ignoran. Lo sé porque yo los enterraba, la primera, la segunda y todas las veces que se requería, pues la lluvia los sacaba del agujero y el calor los devolvía. Un día de San Bailón pasé por estas tierras pidiendo comida, abrigo o de lo que sobre, nadie pareció verme, solo unos indios más hambrientos que yo mesmo, los indios y un párroco, que me dio una pala carbonera y me dijo:

Un centavo por cada enterramiento, el Ave María es por tu cuenta.

Desde ese momento me hice sepulturero de este maltrecho poblado que, sacando las cuentas, sacaba un fallecido al día mientras tuve en mis manos el trebejo. Viudas, viejos, niños, vírgenes, beatos y descreídos, tísicos y baleados, sepulté por cientos en ese pequeño trozo de tierra desdichada, solo cristianos claro, los incrédulos se quedaban allí donde los atrapaba el olvido. Después de años enterré al mismo padrecito, y me quedé sin centavos, pero con los Ave María. Después de otros tantos enterré a uno con mi rostro, mis ropas y mis maldiciones, solo farfullé el Ave María y también lo cubrí de tierra. ¿Porqué te escribo de esto? ¿Qué tienes que ver tú conmigo? Pues nada y todo. Desde que el tal Pedro falleció ya nada ocurre en esta comarca, los muertos ya no vuelven a su sepultura si no que vagan por los caminos, subiendo y bajando, murmullando como remolinos de polvo, como almas sin cuerpo que ignoran su propia muerte. Y yo quedé atrapado aquí con ellos, en medio de estas calles de tierra, sin labor, sin beneficio ni salida, y sobre todo sin nombre, un desconocido que olvidaste enviar al cielo, o al infierno. Después de la muerte de Pedro, cuando todo acabó, me hubiese gustado regresar a la vida y escapar con la india Flor para vivir con ella en medio de las lomas verdes, más allá de la media luna. ¿Sería tan difícil? ¿Qué se rompería con aquello? Yo creo que nada. Pasó que de alguna forma me gustaba estar allí, bajo esa lluvia, bajo esos calores, bajo ese agobio sofocante, escuchando ecos y voces de fantasmas, bajo la tiranía del tal Pedro, vivo o apuñalado, pero ya no, ya no, los muertos terminaron por aplastarme y la vejez me aletea en la cara.

Pero perdona, ahora sé que te pido lo imposible, ya me enteré que tu mismo te fuiste bien derechito al cielo, ahora sé que es demasiado tarde para pedirte nada, culpa mía, culpa mía, demasiado tarde, cuarenta años tarde.

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