

Don Pedro:
Mi abuela decía que los muertos no leen. No escuchan. No hablan.
Pero cuando duermo, dialogo con ellos.
Eduviges Dyada, me abre la puerta de los sueños sin hacer ruido. Dice que llegan antes que los vivos.
Esa niña adormilada, le escribe con dudas que arrastra hace años:
«Escucho la voz de mi hermano murmurar, convertida en sombra».
En Comala todo se invierte.
Desaparecen las sombras.
Las voces nos caminan.
Las palabras son polvo de silencio.
Nadie llora a sus muertos.
Los fantasmas barren trozos de nada esparcidos en baldosas de recuerdos.
Usted no me conoce.
A mi hermano, sí.
No habita entre nosotros. Se lo llevó una enfermedad junto con su sombra.
Desde entonces no hay oscuridad.
Comala es una claridad que lastima.
Claras son las calles.
Claras, también, las casas.
La gente, clara, parece deslavada por dentro.
Nadie proyecta sombra.
Nada se desprende de los pies.
Nada se refleja en las paredes.
El sol derrite los bordes del cuerpo.
No se dibujan sombras en el suelo.
El pueblo repite: ¡en Comala habitan sólo muertos!
Nadie duerme. Los muertos no duermen.
La luz seca no refleja nada.
Alguien —dicen— se tragó todas las sombras.
También se murmura, en las tardes levantadas de polvo, que antes que nos cubriera el olvido había una mano escribiendo nuestros pasos.
Ese hombre, cuentan, se llamaba Juan Rulfo.
No sé si es cierto.
Aquí los rumores caminan como ánimas que no terminan de morirse.
Don Pedro:
¿Por qué Rulfo dejó a Comala sin sombras?
¿Por qué sólo mi hermano tenía?
¿Por que ni el Padre Rentería quiso hablar de esa sombra?
Si es verdad que los personajes pueden cruzarse con su creador, hágame un favor: pregúntele por qué nos dejó a medio camino entre la vida y el eco.
Pregúntele si necesitaba que alguien cargara sus culpas.
Tal vez por eso hizo este pueblo.
Un lugar donde los muertos siguen dando que hablar porque los vivos no saben qué decir.
Fíjese, Don Pedro:
aunque todo esté quieto y parezca un sepulcro, cuando el sol cae torcido lo veo correr detrás de mi hermano, persiguiendo su sombra, como si quisiera apagar lo único vivo que quedó en este pueblo.
Por eso le escribo.
Para que si llega a verlo, le pregunte por qué hizo a Comala sin sombras y a mi hermano no.
¿Por qué le dio una sombra a un niño que dejó morir a los cinco años?
¿Por qué lo puso a usted a perseguirlo como si esa sombra fuera un delito?
Pregúntele si mi hermano fue un error de escritura… o la única prueba de que todavía quedaba algo humano aquí.
Sugiera que puede que alguien esté guardando las sombras y que no hayan desaparecido.
Si no responde, dígale:
«En el pueblo que creó, lleno de muertos sin sombra y de remolinos de ausencias, todavía anda una caminando que sobrevivió a su escrito.
Y mientras quede una sóla, lo que escribió no alcanza…».
Saludos!!
La que sabe quién guarda las sombras.
Cartas desde el polvo
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