Cuando se enteró del suicidio de Susana, Martha no pudo evitar la tristeza y el vacío por la pérdida de su amiga. Habían pasado tres meses desde este suceso y ellas llevaban muchos años sin verse; sin embargo, el saber de la muerte de una amiga de su infancia le hizo ver la fragilidad de su propia vida.
Trató de averiguar las circunstancias de su deceso. Llamó a conocidos y amigos en común hasta dar con la respuesta.
—Susana estaba mal de la cabeza, Martha —le respondió José Alberto por teléfono—; tenía años afirmando que una niña muerta la perseguía.
―Se debió haber traumado con algo. Ni ella ni su familia padecieron de trastornos mentales que yo sepa
―Yo no sé qué le pasó. Solo sé que desde que se casó y se mudó con su esposo, empezó a cambiar. Se volvió paranoica, tenía visiones y decía que había una “presencia” en forma de niña en la casa. Esta niña la perseguía
—¿Fue tratada? ¿La llevaron a psiquiatras o algo así?
―Ni el esposo ni la familia quisieron hacer un escándalo. Se mudaron de la casa. Luego se fueron de la ciudad, pero ella insistía en que la niña la seguía.
—¿Me imagino que por eso se suicidó?
—Creo que sí. Dejó una nota en la que decía que nadie podía ayudarla y se ahorcó. Fue tan trágico. Estaba de vacaciones con su esposo en España. Parecía más calmada. Tenía varias semanas tranquila, cuando de repente dijo que la habían encontrado. Al otro día se quitó la vida.
La conversación perturbó a Martha. Sin razón aparente, sintió una conexión entre lo que le pasó a Susana y su propia vida. Ella misma se estaba mudando a la casa de sus sueños junto a su esposo y a su pequeña niña. Era una vivienda hermosa, con aires coloniales; tenía un jardín florido, estaba rodeada por las montañas del Macizo de Turimiquire y tenía una vista preciosa a las playas de Mochima. Una casa única.
Sin embargo, le preocupaba un poco su hija. Desde que llegó a la casa, le había dado por jugar con una amiga imaginaria. Ella no vio nada raro en ello al principio, pero, últimamente la amiga ocupaba toda la vida de Sofía. Le dejaba un puesto a su lado para las comidas, jugaban en la alberca de la casa y le daba un lado de su cama para dormir.
Aunado a esto, desde lo de Susana, Martha empezó a tener sensaciones extrañas. Escuchaba a un bebé llorar en una de las habitaciones. A veces parecía como si alguien se estuviese bañando en la alberca. En otras ocasiones era un martilleo constante. La casa tenía muchos sonidos y estos eran enigmáticos.
Cierto día todo se salió de control. Un silencio ensordecedor precedió al llanto de un bebé. Un llanto nítido, estresante, sobre todo aterrorizante; pero más aterrador fue el grito de Sofía. Martha corrió a su habitación y la encontró en posición fetal en la cama, arropada con el cobertor, llorando y con un miedo espantoso.
―Mi amor, ¿qué te pasa?
―Mami, Lucía quiere que le des tetero al bebé
—Cálmate mi niña. ¿De qué bebé me hablas?
—Mami, hay que hacerle tetero al bebé para que no llore. Lucía no quiere que el niño llore. Le tengo miedo, dice que me va a pasar cosas malas si no se calla
―Vamos a recoger tus cosas y nos vamos Sofia. Voy a llamar a tu papá
Martha recogió unas pocas cosas y salió decidida a irse de la casa. Entró al carro y sintió cuando Sofía cerró la puerta de atrás:
—¿Hija, te encuentras bien?
―Sí mami
Salió lo más rápido posible de la propiedad. En la carretera se cruzó con su esposo Daniel. Este también estaba perturbado.
Poco antes de recibir la llamada de Martha, conversó con un compañero que le contó la historia turbia de la casa en la que ahora vivía. La construcción la hizo su propio dueño, un italiano muy laborioso, quien la quería para él, su hija y su nieta. La construcción tuvo un sinfín de retrasos por diversos motivos: un temblor leve llevó al piso las columnas recién levantadas; una huelga en la cementera retrasó la obra un mes por falta de concreto. Finalmente, un albañil murió cuando sobre su cabeza se cayó una viga de hierro que estaban soldando. Este último accidente ocasionó que los trabajadores se fueran de la obra, alegando que el terreno donde estaba erigiéndose la obra estaba maldito.
Cuando finalmente la casa quedó lista y la familia estaba en plena mudanza, en un descuido de la madre, la niña, de nombre Lucía, terminó ahogada en la alberca. La casa no fue ocupada y quedó abandonada. El abuelo y la madre de la niña se fueron del país y, desde entonces, la casa ha sido vista como embrujada.
Sin embargo, lo que más impactó a Daniel fue que los últimos habitantes solo permanecieron seis meses en la propiedad. Eran unos recién casados. La esposa empezó a tener visiones de una niña que se le aparecía en todos lados. Fue tanta la impresión de ella que prácticamente se fueron huyendo. Nunca regresaron por la mudanza ni por sus ropas.
Las coincidencias eran demasiado para Daniel y también para Martha, cuando este se las contó
―Martha, ¿dónde está Sofía? ―preguntó Daniel con la voz quebrada por el presentimiento
―Está aquí atrás― respondió ella sin quitar la vista de su esposo
―Martha… estás sola en el carro
—¡DIOS MíO! —fue el grito de desesperación de la madre—. ESTABA AQUÍ; YO LA ESCUCHÉ MONTARSE.
Se regresaron a toda velocidad a casa. Entraron corriendo. La intuición de los padres los llevó a la alberca. Ahí observaron la escena más perturbadora del mundo: su pequeña hija flotando boca abajo, sin vida.
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