Estaban todos apurados por salir, o mejor dicho, por llegar. La capital los esperaba con el tráfico, el estrés del día a día, la contaminación galopante y la carga del trabajo sedentario y aburrido que ambos, padre y madre, tenían. Pese a que era domingo y estaban en ese momento en una ciudad turística, este no era un viaje de placer, sino más bien uno obligado por las circunstancias. Su hijo mayor salía de vacaciones de la universidad y no tenían dinero para pagarle un pasaje en avión o en autobús que lo llevara a casa.
Como eran solo cuatro horas las que los separaban de la ciudad donde él estudiaba, planificaron hacer el viaje de ida y vuelta. Es por esto que se levantaron muy temprano, hicieron desayuno para ellos dos y para los dos niños que se quedaban esperándolos a su regreso. Luego de esto emprendieron el recorrido. Allá llegaron al mediodía, almorzaron en el apartamento que su hijo ocupaba y prepararon todo para regresar a la capital.
El viaje de ida fue placentero y rápido. Llegaron a su destino en horas del mediodía; sin embargo, de regreso el ambiente se empezó a sentirse agrio. Quizás fue porque el cansancio de la carretera estaba pegando, así como el calor inclemente y haber salido tarde para la vuelta a casa. Lo cierto es que el buen ambiente que había más temprano se había disipado.
Con esa situación que afectaba el viaje, comenzaron los problemas. Decidieron no echar gasolina en la ciudad para ahorrar tiempo, ya que suponían que en la carretera encontrarían estaciones de servicio con menos cola. Luego, la madre quiso parar en la basílica que estaba en la carretera, pero el padre se opuso porque no quería llegar de noche y le parecía que esa parada era una pérdida de tiempo.
Después de hora y media de camino, por fin consiguen una estación de servicio con combustible. Ya eso les estaba resultando preocupante porque el país, irónicamente petrolero, en esos momentos vivía una espantosa crisis de combustible. Contrario a lo que esperaban, consiguieron una cola que les hizo esperar una hora. Esto causó un malestar mayor, hasta el punto de que nadie hablaba. Ya el viaje estaba estropeado.
El camino continúa. El padre y la madre escudriñan la carretera, mientras el hijo adopta la actitud que ya tiene preparada cuando el ambiente familiar está enrarecido: auriculares en los oídos, volumen máximo del teléfono y música que lo distraiga hasta llegar a casa.
En eso están cuando se acercan a la zona de mayor peligro en la carretera. El padre, conocedor del camino por tantos viajes realizados a lo largo de los años, cree que antes de las seis de la tarde saldrán de esa zona, evitando cualquier cosa que los aceche.
Para sorpresa de todos, al salir de una curva, aparecen de la nada cuatro figuras: cuatro jinetes del Apocalipsis que buscan pescar en la carretera a cualquier incauto para que les alimente el estómago. Cuatro seres sin alma tras la caza de quien les financie sus vicios e incluso los eleve frente a los demás seres de su calaña para, de esta manera, seguir avanzando en la meritocracia de la escala delincuencial.
A partir de este momento, los acontecimientos se suceden con violencia. Los eventos ocurren tan rápido, pero, a su vez, el tiempo pasa tan lentamente para los involucrados que parece que todo acontece en dos dimensiones distintas y, a la vez, entrelazadas. En la primera, los pistoleros se colocan en medio de la vía, bloqueando el paso del auto. Disparan sus armas de fuego por encima de este. Causan pánico en los ocupantes. Los detienen y abordan el vehículo. Arrojan, no se sabe cómo, al padre a la parte de atrás del carro; mientras se monta uno como conductor, uno en la puerta del copiloto, al lado de la madre, y los otros dos en las puertas de la parte de atrás del carro. Luego arrancan a trompicones el vehículo y se meten por una trocha de tierra, perpendicular a la carretera. Todos lucen amenazantes, todos con frenesí y júbilo; todos, los secuestrados y los secuestradores, con la adrenalina a mil.
Así, recorren 30 minutos hasta llegar a un claro cubierto de alta maleza, donde bajan a la familia. En los oídos de los tres protagonistas de la historia aún retumbaban las palabras del que parecía ser el líder de los pistoleros cuando se dirigía al padre: “Tú sabes que estás muerto, viejo”.
En la segunda dimensión el tiempo pasa lentamente. Pareciera que la vida de la familia va a permanecer en ella eternamente: la madre súplica por su hijo, pide que no lo toquen, aunque a ella la maten. El padre se muestra colaborador con los secuestradores. Les ofrece lo poco que tienen encima: la computadora y la ropa del hijo que está en la maleta, los teléfonos; incluso se pueden llevar el carro. El hijo cabizbajo piensa en las 3 vidas que se truncaron por cuatro inescrupulosos.
Así van los tres, con la cabeza gacha para no ver a los ladrones. Tratando de no hacer nada que los altere. Con la vida en un hilo, rogando que las autoridades no intenten rescatarlos porque eso enfurecería a los malhechores. Pareciera que la familia es víctima de una versión exprés del síndrome de Estocolmo, porque quieren congraciarse con sus captores y colaborar en todo lo que pidan. Los tres ruegan a Dios, con más fuerza el padre, para que estos se apiaden y los suelten. Posteriormente, tras un largo e interminable camino, finalmente llegan a un destino.
En toda situación siempre hay un punto crítico. Un momento que puede marcar un antes y un después para ciertas personas. Este punto para la familia llegó justo en este descampado al que llegaron después de ser abordados. Sus captores, cuando se dirigían al sitio donde preparaban la emboscada, habían convenido en no matar a nadie, solo en robar; sin embargo, al llegar al sitio preparado, no todos estaban de acuerdo con esta medida.
En el camino se les incorporaron 6 individuos más que se movilizaban en 3 motos. Estos recién incorporados eran individuos de mayor edad y experiencia y, para colmo de males, consumían alcohol. Las opiniones de ellos eran diferentes: uno sugirió que dejaran ir al padre para que este buscara dinero y pagara rescate por la madre y el hijo. Otro, por el contrario, pensó que era el momento de bautizar a los muchachos y ver quién tenía guáramo realmente, y la forma de hacerlo era matar a alguien de la familia o a todos.
Los pistoleros tomaron el control de los motorizados. En todo caso, el secuestro era de ellos, por lo que la decisión sobre lo que se iba a hacer correspondía sólo a ellos. Pese a que eran más jóvenes que los motorizados, su decisión fue respetada.
La familia se bajó del carro. Los tres se arrodillaron y se abrazaron. Ninguno levantó la cabeza, evitando en todo momento ver a sus captores. El padre rezaba como nunca lo había hecho en su vida; la madre protegía a su hijo con todo su cuerpo; el hijo intentaba mostrar valentía; esa experiencia había borrado en él el resto de la adolescencia que le quedaba.
Los pistoleros se dedicaron a revisar el carro y sacar todas las pertenencias. No consiguieron dinero. Escasos 10 dólares tenían los viajeros encima. Eso alteró a los motorizados, quienes profirieron improperios y amenazaron, pero los pistoleros controlaron la tensa situación. Sin embargo, ocurrió el milagro, el evento que sacaría a los protagonistas del hoyo en el que parecía que iban por la falta de un botín sustancioso. Su integridad pendía de un hilo. Esto, aunado a la ingesta alcohólica y a la presencia de los motorizados que, a todas luces, constituían una seria amenaza para su supervivencia.
El milagro se produjo cuando consiguieron el bolso de trabajo de la madre. Ella, odontóloga, tenía en el morral varios juegos de brackets y ligas de ortodoncia, además de herramientas para su trabajo. Los pistoleros, los muchachos, los perpetradores del secuestro se emocionaron y le pidieron a la madre que se los colocara.
Y ahí estaba esa escena surrealista, o más bien, propia del realismo mágico latinoamericano:
—¿Pure, quién pone frenillos? —preguntó al padre, quien parecía ser el líder de los pistoleros.
—No se dice frenillos menor, eso se llama brackets —respondió uno de los motorizados.
—Ellos me entienden, ¿verdad, pure? —Repitió el líder.
—Yo soy odontóloga —replicó la madre.
—Yo quiero que me los ponga a mi “dotora”— continuó el líder de los pistoleros.
—Yo también quiero —dijo otro de los pistoleros.
—Yo también —se manifestó uno de los motorizados.
—¿Puede ponernos brackets a los tres? —volvió a preguntar el líder.
—Sí, creo que tengo tres juegos de brackets; pero ¿dónde puedo hacer el trabajo? — preguntó la madre.
—Aquí mismo. Nos sentamos en el asiento del copiloto y usted le echa bola a la chamba —dijo el motorizado que se iba a poner la ortodoncia.
—¿Quiero pedirles algo? —se atrevió a hablar la madre.
—Eche pa fuera “dotora”— contestó el líder.
—No nos hagan nada a nosotros. Yo les pongo los aparatos, quédense con lo que tenemos; pero no nos hagan nada —suplicó la madre a punto de llorar.
—Quédese tranquila. No le vamos a hacer nada. Haga su trabajo y todo va a estar bien —respondió el que parecía más viejo de los motorizados.
Cuando la madre terminó de colocar la ortodoncia a los tres maleantes, dejaron a la familia con uno de ellos para asegurarse de que nadie les hiciera nada y salieron. Se llevaron el auto de la familia y fueron seguidos por los motorizados, en un rumbo desconocido.
Se quedaron abrazados. Se respiraba una tensa calma. Ellos tenían que esperar el regreso de los pistoleros, pero, además, que cumplieran su promesa y los liberaran sin inconveniente.
El tiempo se hizo eterno, oscureció, llovió un poco, los mosquitos se hicieron presentes y se alimentaron de su sangre. Ninguno hablaba y aunque las caras de todos eran menos angustiosas, las interminables horas que pasaron, desde que la mayoría se fue, hizo crecer la preocupación sobre lo que acontecería al regreso de todos los captores.
No hubo la menor intención de escapar. Los vigilaba un pistolero y, además, no sabían exactamente dónde se encontraban. Aunado a esto, había una promesa de por medio: nadie saldría herido. Esas tres palabras y la defensa que hicieron los pistoleros ante los motorizados eran una garantía de que iban a estar bien.
Tras cuatro horas de espera aparecieron pistoleros y motorizados, todos con signos de haber estado tomando y consumiendo quién sabe qué cosas. En ese instante se inició el arduo proceso de liberación, que consistía en salir de esa zona enmontada hasta llegar a la carretera principal.
Embarcados todos los pistoleros con la familia en el carro, todos amontonados, escoltados por los motorizados, salieron al sitio de liberación «rajando monte». Sin embargo, no salieron por la misma dirección por la que entraron. Los secuestrados mantenían las cabezas bajas; la radio del vehículo estaba encendida y la música a todo volumen. Lo que se escuchaba con bastante estruendo era Andrea Bocelli, porque era el único CD que tenía el padre en el carro.
Los captores se pasaban la botella de ron entre sí. El carro patinaba en el fango, se quedaba pegado con frecuencia y había que bajarse a empujarlo. Las primeras veces que se atascaban, los captores bajaban solos, mientras que la familia se quedaba en el carro, siempre con la cabeza gacha. Sin embargo, tantas veces ocurrió esa situación que los tres miembros de la familia también bajaron para empujar, tratando de no verles la cara a sus secuestradores para que estos no se alteraran.
Por fin, y después de una larguísima hora de camino, llegaron a un pequeño pueblo donde pasaron, dejando por varias casas los objetos de la familia. Ahí quedó la maleta con la ropa del hijo, los teléfonos celulares, el bolso con las herramientas odontológicas de la madre, inclusive el caucho de repuesto fue a parar a la casa de uno de los malhechores
Contrario a lo que se esperaría, el pueblo era alegre. En cada esquina había gente tomando, bailando y con mucha música. Para todos era motivo de júbilo cuando los pistoleros, todos muy jóvenes, de escasos 18-20 años, pasaban por esos lugares de fiesta y les mostraban su botín y la familia capturada. Para ellos era el triunfo del pueblo contra esos seres desconocidos que tenían vidas fantásticas con las que soñaban. Personas que pasaban por esa carretera para ir a la playa o a la capital. Personas que no se detenían ni siquiera a pensar en sus carencias. Gente que paseaba con sus lujosos carros y su lujosa vida, sin detenerse ante la miseria que veía en el camino.
En una esquina, el auto se detiene. Se bajan todos los pistoleros y se montan dos personas, ambos en la parte de adelante. Estos eran mayores; por su voz y su contextura, debían estar a mediados de los 30 años. Al entrar amenazan: «Naiden me ve» dice uno de ellos, mientras el otro riposta: «si quieren salir vivos hagan lo que le decimos».
Otra vez la angustia vuelve a la familia; no saben qué esperar. En su mente, los tres se preguntan a qué se debe ese cambio de guardia. ¿Por qué los pistoleros no los liberaron ellos mismos? Estaba claro que estos dos venían de parte de los jefes de la gran banda que azota las carreteras en esa zona. Los pistoleros, pese a haber actuado de forma independiente, ahora se someten a los designios de sus jefes.
Una nube negra se cierne sobre la familia. Conscientes están de que la parte más difícil va a ser cuando estos se bajen para liberarlos, porque ese instante puede ser cuando les disparen. El padre reza. La madre protege al hijo, mientras que este solo quiere protegerla a ella. Ya maduró. Los eventos sucedidos lo hacen ver que ya es hombre y que es él quien debe protegerla.
Al llegar a un cruce de vía, que está bastante oscuro, los dos que los acompañan se bajan y desde atrás indican:
—Bájese el viejo sin voltear y póngase del lado del piloto. En los que cuente cinco, acelera y se pierden derecho. Ya están claros de que no le hicimos nada.
El padre hace eso. Le dice a la madre y al hijo que se agachen lo más que puedan para evitar posibles impactos de bala, mientras él hace lo propio.
Diez kilómetros más adelante, aproximadamente, después de pasar una gran cantidad de huecos y baches, se acomodan en los asientos y, sin parar el carro, se abrazan, se besan y, a la voz del padre, rezan, dando gracias por el milagro de estar vivos.
Ellos saben que deben agradecer que no les pasó nada. También que no presentarán ninguna denuncia porque nadie los escuchará y solo les reprocharán por haber pasado por esa zona. A fin de cuentas, después de tantos años de robos, muertes y secuestros, ninguna autoridad ha hecho nada para mitigar los peligros que existen en esta y en muchas carreteras del territorio nacional.
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