La carta de Nochebuena

La carta de Nochebuena

salazarcuicar

17/02/2026

Cuando Eduardo leyó la carta que le escribió Ramoncito, su hijo, al niño Jesús, experimentó muchas sensaciones que había encapsulado en su interior. El cariño que durante muchos años de su vida le profesaba a Santiago, su hermano menor, comenzó a emerger al comprender que este le ofrecía a Ramoncito el cariño que a él no le daba. Porque Eduardo demostraba que no estaba dispuesto a perdonar nada.

Nunca le dijo a su hijo que estaba peleado con su hermano ni le impidió de ninguna manera verlo. Simplemente ignoraba su existencia. El niño jamás vio a los hermanos juntos. No hubo un cumpleaños ni una Navidad en la que ellos coincidieran, pero eso no impedía que él los quisiera a ambos. Por otro lado, él nunca había sentido un acercamiento serio de parte de Santiago ni algún tipo de arrepentimiento. 

En esta carta, que ahora leía con cierta melancolía, su hijo pedía que toda la familia estuviese reunida. Que él pudiese conocer a su primo recién nacido. Que su padre y su tío estuviesen juntos, compartiendo como una familia normal, y que él no tuviese que ver a su tío casi a escondidas, como lo había hecho hasta ahora.

Mientras releía la frase en la que el niño pedía no verse a escondidas con su tío, una imagen asaltó la mente de Eduardo: Santiago dándole un beso en la mejilla a Carmen, su novia de entonces. Aunque este hecho no fue lo único que fracturó la relación filial, sí fue lo definitivo. También contribuyó a la ruptura ese juego de fútbol en el que le recriminó y humilló fuertemente a Santiago por una jugada que hizo y que ocasionó la eliminación del equipo. Además de los problemas acumulados por la manía del menor de adueñarse de todo.

Después de leer la carta, pensó que quizás había exagerado un poco. Ahora reconocía que había humillado a su hermano de muy mala manera después del juego. Los problemas de convivencia tampoco eran algo de otro mundo. Lo que lo mantenía en duda era la situación con Carmen, su novia. Él podía aceptar que lo consiguió dándole un solo beso en la mejilla, pero el sentimiento de ser traicionado todavía le dolía. Nunca le importó la deslealtad del lado de ella, con quien terminó enseguida; lo que lo destrozó fue que el otro protagonista fuese Santiago.

—¿Qué están haciendo ustedes dos? Con razón has estado detrás de ella todo el día. Eres un desgraciado, Santiago.

—¡No hicimos nada! Te lo juro Eduardo. ¡No hicimos nada!

 

El alboroto fue grande. Su padre impidió que se fuesen a las manos. Carmen se fue de la casa y de la vida de ambos. Pese a que ya habían pasado quince años desde ese acontecimiento, aún sentía rabia por ello. Lo que más lamentaba era que no había escuchado un perdón sincero, aunque la actitud del hermano era visiblemente de arrepentimiento.

Eduardo sopesó las cosas. Por un lado, su orgullo todavía estaba herido; pero claramente Santiago buscaba la forma de acercarse y recomponer la relación. El medio para hacerlo era a través de Ramoncito. Él estaba consciente de que Santiago le llevaba regalos, de que hablaba por teléfono con él y de que, de alguna manera, trató de estar presente en la vida del niño. No se lo impedía. Tampoco lo alentaba. Su única acción fue hacerse el desentendido, aunque en algunas ocasiones pensó en actuar y cortar de plano ese vínculo. En este momento, con la carta en la mano, sintió que estaba exagerando y que nada era tan grave como para romper ese cariño entre tío y sobrino. 

Se sentó a cavilar en el mueble y recordó todas esas cosas que antes los hacían inseparables: los juegos de fútbol en el patio de la casa, las comiquitas, los cuchicheos mientras trataban de dormir, la complicidad que tenían entre sí, entre otras cosas. Finalmente se decidió. Ese diciembre, Santiago iba a pasar las navidades con su esposa y su hijo recién nacido en casa de sus padres. A él le correspondía ir con ellos la noche de fin de año. Este era un acuerdo tácito que tenían ejecutando desde hacía años, para no encontrarse y disfrutar cada quien las festividades. Pero ahora, en vísperas de la celebración de Nochebuena, Eduardo montó a su familia en el carro para encontrarse con su hermano en la casa paterna. Al llegar la sorpresa para todos fue mayúscula

—Santiago, necesito que hablemos —Eduardo fue directo con el hermano.

—¿Qué pasa Eduardo? Tu hermano está aquí con su familia. Es Navidad no arruines estas fiestas— El padre de ambos hermanos trató de contener cualquier problema

—Tranquilo papá, yo no vine a buscar problemas. Todo lo contrario, quiero solucionarlos y por eso necesito hablar con Santiago.

—Abuelo, papi no viene a pelear— Ramoncito también estaba preocupado, pero le tomó la mano al papá y al tío al mismo tiempo, como para transmitirles sus sentimientos.

—Está bien, Eduardo, creo que es bueno que hablemos.

 Eduardo sabía que todos estaban preocupados por esa conversación. Hacía quince años que los hermanos no se hablaban; ya esa situación se había normalizado tanto para la familia que él ni siquiera conocía a la esposa de Santiago.

 —Santiago, yo sé que tú visitas a mi hijo, le llevas regalos y estás pendiente de él— comenzó hablando Eduardo.

—No lo hago por nada malo, solo me intereso por él. No creí que eso te causara problemas. Yo le iba a dejar un regalo aquí con mi mamá para que se lo diera cuando vinieran en Año Nuevo.

—No me causa problemas. Todo lo contrario. Ramoncito está muy pegado contigo, pero pidió, como regalo de Niño Jesús, que tú y yo hiciéramos las paces. Estoy dispuesto a que nos entendamos.

—Yo también quiero que nos entendamos. Dejemos atrás todo. Yo sé que tuve la mayor culpa y me arrepiento de lo que hice— Santiago sintió que, al decir estas palabras, se quitó un gran peso de encima.

 

No hicieron falta mayores palabras. Nadie tampoco preguntó de qué hablaron. Eduardo se quedó con su familia, compartieron la cena y luego se quedaron jugando los tres, Ramoncito, Eduardo y Santiago, con el videojuego que este último le dio al niño.

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