Cuando nací mi abuela me tomó como la reencarnación de su bebé, su hijo quien, hace diez años, había muerto con apenas dos días de nacido. Este suceso, por supuesto, dejó devastada a mi abuela. Ella vio fallecer en sus brazos a su último hijo, a su benjamín, al sexto que ella y mi abuelo concibieron. Sobre la marcha tuvo que recomponer su vida, guardar su dolor y hacerse la fuerte para continuar al frente de los asuntos familiares.
A partir de ese fatídico evento, mi abuela fue todos los domingos, religiosamente, al cementerio a llevarle flores; del mismo modo que en su cumpleaños ofrecía una misa por su eterno descanso. El bebé siempre estuvo presente en la mente y en el corazón de todos en la casa
Diez años después mi padre, su hijo mayor, ya casado con mi madre, me tiene a mí, no solo su primer hijo, sino el primer nacimiento desde la muerte del bebé. Con mi alumbramiento volvió la alegría plena a la casa, mi abuela poco a poco dejó de frecuentar el cementerio, solo iba en ciertas ocasiones, además se involucró activamente en mis cuidados. Inclusive, ya desde que estaba en el vientre, ella pidió que me pusiera el nombre de su hijo fallecido.
Mi madre, conocedora de la historia, primero ofrece resistencia y da excusa para no ponerme el nombre; sin embargo, finalmente accede, pero le pide a mi abuela, que no me diga el nombre de su bebé para evitar que me traumatice por la historia del niño. Más allá de eso, mi abuela, en mi presencia, nunca mencionó la existencia de ese último hijo suyo.
Desde que nací me trató como su hijo menor, me consintió, me cuidó, se encargó de mi educación y me malcrió como cualquier abuela con su nieto. Cuando nació mi hermana, consiguió la excusa perfecta para que yo viviera con ella, mi madre se ocuparía de la recién nacida, mientras ella se ocupaba de mí, ayudando a aliviarles la carga en el hogar.
Yo supe la existencia del bebé fallecido cuando entraba a la adolescencia, pero nunca pregunté por su nombre, ni la fecha de su nacimiento, ni de ninguna otra cosa por el estilo. Aunque en varias ocasiones acompañé a mi abuela al cementerio, normalmente a limpiar la cripta donde estaba su mamá o su papá, ella nunca visitó conmigo la tumba de su hijo.
Al cumplir los 11 años mi madre se empezó a preocupar porque veía que perdía mi cariño de hijo, le insistió a mi padre para mudarse de casa, la nuestra estaba en la misma cuadra de la casa de mi abuela; sin embargo, esto no sirvió de nada ya que, pese a mudarnos un poco retirado de ella, yo iba a visitarla todos los días y me quedaba en su casa los fines de semana. Cuando me sentía mal o estaba triste, yo buscaba consuelo en mi abuela, con ella era feliz, mis mejores regalos el día de la madre eran para ella, con ella me sentía seguro. Al crecer le consulté siempre, y compartí con ella mis decisiones importantes.
Pasados muchos años, durante el entierro de mi abuela, me puse a detallar todas las tumbas de la familia y me fijé en la lápida de mi tío. Un frío desagradable recorrió mi espalda al leer mi nombre de la tumba: Antonio Alejandro Martínez. Quedé estupefacto. Un sentimiento de tristeza me embargó inexplicablemente; pero, lo más sorprendente es que nació exactamente diez años antes de mí. Su nacimiento fue 26 de marzo de 1966; mientras tanto, el mío fue el 26 de marzo de 1976.
Llegué a antigua casa familiar, busqué las pocas fotos de mi tío bebé o cualquier cosa relacionada con su alumbramiento. Lo que conseguí me dio escalofrío, en la única foto que pude encontrar de él me di cuenta que de bebé éramos parecidos; pero, además, ambos nacimos en el mismo ambulatorio, lo cual podría no ser una sorpresa, ya que es un centro hospitalario cerca de la casa. Sin embargo, lo anormal de esto, es el hecho que fue inaugurado en el año 1966, año del natalicio de mi tío y fue demolido para su mudanza en el año 1976, año en el que nací yo.
Parecía que esos paralelismos entre nosotros eran rebuscados o simplemente el destino trató de compensar el dolor de mi abuela con todas estas coincidencias; aunque, para ser honestos hay cosas en las que ella intervino para acrecentar estas coincidencias, como lo es el hecho que los padrinos de agua de mi tío y los míos son los mismos: dos hermanos de mi abuela.
A mi madre le pregunté si ella sabía todas estas cosas coincidentes. Su respuesta fue que conoció la historia poco a poco, a destajo, nunca tuvo el panorama completo; pero siempre siguió el consejo de mi abuela sobre cómo tenían que hacerse las cosas. Ella solo tenía 20 años cuando me tuvo y su propia madre vivía en un pueblo a 12 horas de distancia de donde estábamos viviendo. Por todo esto era lógico que siguiera los consejos de su suegra.
Yo hago un repaso de mi existencia y noto que siempre busqué la aprobación de ella. Siempre quise que estuviese feliz, por eso estudié medicina, carrera que ella quería para mí. Ella siempre congenió con mi esposa. Apenas la conoció la aceptó como una hija más, con mis hijos tuvo un cariño especial. Hoy en día, yo mismo me pregunto si mi historia no sería la que le correspondía a ese niño que nació una década antes y cuya cortísima existencia no le permitió disfrutar de la vida. Sinceramente creo que sí, este era su plan de vida, el que se fuese tan rápido de este plano terrenal fue un error que el universo trató de reparar enviándome a mí como su reen
carnación
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