El templo Capítulos 1-6

El templo Capítulos 1-6

Tete

11/02/2026

CAPÍTULO 1. EL ÁRBOL

Aquella noche mi abuela entró en la habitación y me susurró al oído:

—Ven conmigo y no me hagas preguntas. —Con mucho sueño y sin ganas me levanté y la seguí. No tenía idea de lo que tramaba, pero no era normal que me despertara a media noche. Nunca fue lo que se entiende como «una abuela al uso», de esas que se empeñan en que te comas las croquetas o de las que se pasa el día tejiendo mientras ojea de vez en cuando la tele, tampoco de las que va al gym con las amigas.

De carácter jovial, solía decirnos que lo que más anhelaba cuando estaba de gira era retornar a casa tras sus conciertos. Por nuestra parte, sentarnos a su lado a escuchar las historias que inventaba era un regalo. Nuestra Sherezade particular, cada noche encadenaba relatos de seres imaginados, de árboles escondidos en sitios sagrados, de música, de sueños con barcos. Los narraba de forma que quedábamos petrificados siguiendo los gestos de su cara, el movimiento de sus manos. Esa forma suya de escenificar las historias haciendo que nos sumergiéramos en mundos desconocidos, producía en mí cierta inquietud, pues las reproducía como si las recordara de otra época de su vida.

—Abuela ¿qué pasa? — le dije. —Psss ven conmigo. — La seguí hasta su habitación, ya dentro cerró de forma sigilosa la puerta.

—Tengo que hablar contigo Héctor.

Introdujo la mano en el bolsillo de su bata, sacando una herramienta en forma de ele con restos de óxido. Se acercó a su armario desplazando una montaña de sábanas para localizar una muesca que levantó con cuidado. Tras la pieza a modo de remiendo, se escondía un mecanismo que desplazó un portón mostrando una oquedad. El mismo mecanismo que accionó el portón deslizó una plataforma portando una guitarra. La tomó entre sus manos y me la ofreció al tiempo que me besaba la mejilla.

Lo primero que se me pasó por la cabeza era por qué mi abuela escondía esa guitarra, cuando en su casa había instrumentos repartidos por doquier, en cualquier estancia. Puso la guitarra en mis manos.

—Siéntate a mi lado—no paraba de mirarme.

—Estoy preparado para lo que sea que tengas que contarme, —afirmé convencido de lo que estaba diciendo. Había sido elegido por mi abuela para contarme un secreto, eso me hacía sentir importante y me gustaba. Yo, que no destacaba por ninguna habilidad, tampoco por mi brillantez en los estudios, me sentí halagado. Decidí olvidar mis complejos, no quería que nada estropeara ese momento con ella. De esta manera comenzó todo, con un relato:

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Anchurica era una isla perdida en el mar de las zozobras. No estaba cerca de ningún sitio habitado, por lo que no se le prestó atención durante muchos siglos. Algún barco osó acercarse demasiado, pero eran conocidas las historias sobre naufragios cerca de sus costas. Según relatos antiguos de algunos supervivientes, aparte de la vegetación abundante y frondosa, no había nada que interesase hacer por allí.

Anchurica albergaba un bosque que cubría todo lo que la vista podía alcanzar. Árboles de todas las especies y variedades crecían en aquel rincón, perdidos, olvidados. Oculto en aquel mar verde, un ser oraba a los pies de un inmenso ejemplar. Los animales se acercaban a su tronco buscando cobijo cuando se sentían amenazados, a sabiendas de que allí nada podría sucederles.

El anciano árbol siempre estuvo allí y junto a él desde el comienzo de los tiempos adorándolo como si de un Dios se tratara, una tribu de chamanes oraba. Eran seres cubiertos de harapos y no se adivinaba nada de su fisonomía. El único detalle que saltaba a la vista era su envergadura, por lo demás, los rastrojos de tela se encargaban de ocultar con pericia cualquier tramo de su organismo.

Un día empezaron a aparecer por el bosque leñadores que observaban los árboles y realizaban marcas siguiendo criterios a veces azarosos. El bosque protegía a su ejemplar más querido, la espesura lo ocultaba, a pesar de que su tamaño hacía difícil tal empeño. Avanzaban, dejando tras su paso un reguero de árboles desechados, siempre los ejemplares más grandes, los más ancianos, que fueron cayendo uno tras otro.

La naturaleza de alguna manera intentó defenderse tendiendo trampas para hacerlos desistir de lo que parecía una misión suicida, pero el riesgo no frena al hombre desesperado, cuando el incentivo hace brillar los ojos y nublar la mente.

Tras años de esfuerzo fue descubierto. Al contemplarlo no fueron capaces de pronunciar palabra, no habían visto jamás nada parecido. No era solo el árbol lo que impresionaba, la ubicación en algunos momentos se les antojó laberíntica, percibiendo una estrategia para hacer imperceptible la presencia del monumento natural. Se hizo invisible hasta encontrarse justo delante.

Parados frente a él, tan solo el capitán Tanenbaum musitó:

—Más que un árbol me atrevería a afirmar que es un templo, una catedral orgánica. Este sitio es…

Paró para tomar aire despacio. Sintió un deleite curioso con un gesto tan cotidiano y necesario como el de respirar. Se hinchió de una sensación de bienestar, de calma absoluta, retrotrayéndose, buscando entre sus recuerdos, pero no recordó sentirse tan bien en ningún momento anterior de su vida.

El señor James, encargado de la localización del árbol, interrumpió al capitán añadiendo:

—No me atrevería a catalogar esta especie, no he visto un ejemplar similar ni siquiera en los libros más antiguos de botánica. Intuyo la profundidad de sus raíces que se esparcirán tan lejanas que cuanto aquí crezca de alguna manera estará conectado a él. Si lo taláramos, el desastre causado podría afectar al entorno durante un largo periodo de tiempo, pudiendo llegar a desaparecer todo lo que aquí contemplamos. Sería una lástima que un espacio natural de esta dimensión fuera destrozado por la ambición de un magnate. Yo no puedo participar en esto — afirmó mientras movía la cabeza dubitativo, acongojado por las sensaciones que el lugar le transmitía.

—Lo siento tanto como usted, se lo aseguro, Sr. James. Esto no va a ser tarea fácil. Tenemos una misión que cumplir. Nuestro salario y el de nuestros hombres depende de ello. El Sr. Ferrer, querrá recuperar la inversión. Aseguramos el éxito o la reposición de lo invertido. —Una mueca de resignación apareció en su rostro. De una cosa estaba seguro, y era que no podrían hacer frente al volumen de la deuda, como también lo estaba de que se arrepentiría de su acción por el resto de sus días.

Tras varias jornadas de deliberaciones, llegó el momento en que estos hombres armados de herramientas comenzaron a talar su tronco. Muchos de ellos dudaron que fuera posible derribar un árbol de tales dimensiones, incluso hubo quien se opuso a lo que consideraban un despropósito; a pesar de ello, con esfuerzo y tras varios meses se oyó un grito:

– ¡Tronco va!

Un tambaleo anunció el desplazamiento hacia la vertiente sur del terreno. Se dejó caer parsimonioso en una despedida anunciada hacía días. El ruido de las herramientas al golpear su tronco avisó del desastre. Fue acogido por el arbolado amortiguando su caída, parapetando con su cuerpo el de su viejo amigo. Nada de ello evitó el estruendo provocado, ni el temblor que se dejó sentir a decenas de kilómetros de distancia; los animales percibieron el sismo con tristeza no con miedo, sospechando el origen del movimiento.

Habían talado un árbol milenario que había permanecido en aquel lugar miles de años, puede que millones, y que tardó en quebrarse para desaparecer en un instante, dejando desolado el lugar al que perteneció desde el inicio de los tiempos.

Uno de los leñadores dijo asombrado que el ruido al caer le recordó un quejido, un alarido doloroso. No fue capaz de decírselo a nadie, pero junto con la certeza de sentirse observado presentía que acababan de cometer una atrocidad.

Aquel día no alteró la rutina de los leñadores que continuaron su labor retirándose al caer la noche al campamento. Más que cansados, estaban hastiados de un trabajo que aquel fatídico día les había hecho sentirse miserables. Talar un árbol no te convierte en un desalmado, pero todos estaban seguros de que ese ejemplar era irremplazable. No quedaría otro igual en todo el planeta, si es que alguna vez existió alguno más.

Una lengua de frío polar invadió por sorpresa la meseta resultado de la tala. Ligeramente elevada sobre el suelo, el trozo de tronco unido a la tierra, desprendía un profundo olor a madera antigua, impregnando a los seres que sigilosamente se acercaron para certificar el deceso. Velaron su cuerpo del ocaso al alba, como si de un ser vivo se tratara, orando junto a él. De vez en cuando, el silencio era roto por los suspiros dolorosos de aquellos que durante generaciones veneraron lo que amaban más que a su propia vida, se percibía infinito sufrimiento en sus plegarias. Fue justo antes del amanecer, apenas unas horas antes de que los hombres llegaran para continuar su trabajo, cuando el ser misterioso que hacía las veces de gran jefe tomó su hacha. Arrodillado, acarició la corteza del ejemplar, acercando su rostro hasta su superficie a la vez que palpaba sus rugosidades, buscando una zona concreta, un indicio de algo que finalmente terminó apareciendo. Golpeó con ímpetu clavando la herramienta en la corteza hasta que ahondó lo suficiente. Topó con lo que parecía un trozo deforme de madera allí encajado, deformando su interior. De forma ceremoniosa lo extrajo de él y con gritos desgarrados clamó:

—Naxa aquin lag takka —“Todos somos tú”.

El chamán le extrajo el corazón.

Aquel ser, con las facciones irreconocibles por la pintura y cuyo cuerpo se asemejaba a cualquier cosa menos al de un ser humano, tomó el trozo de madera y llevándolo junto a su pecho lo apretó con fuerza susurrando. Tras ello, rompió a realizar movimientos involuntarios. Los cánticos de los seres inundaron el bosque, el viento se encargó de trasladarlos colándose en cada rincón del espeso follaje, sin embargo, los leñadores atrapados en un sueño profundo permanecieron ajenos a lo que allí sucedía. Los animales se movían inquietos de un lado para otro simulando una danza sincronizada con los chamanes. La exaltación fue creciendo hasta que la energía que pululaba bailarina de un lado para otro, dio paso a un haz de luz proveniente de las entrañas de la tierra. Atravesó el tronco anclado a la tierra perdiéndose en lo más profundo del universo. Todos los presentes miraron curiosos los hechos. Tras ello, corrieron a ocultarse.

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Abuela, ¿estás bien?
la zarandeé. Se había quedado rígida, apenas reaccionaba a los movimientos que le propinaba.

—No te preocupes, mi niño, no ha sido nada—mientras la abrazaba sentí miedo, imaginé lo que sería mi vida sin ella y no pude sujetar la lágrima que se deslizó discreta por el rabillo de mi ojo. Intenté ocultarla para que no se preocupara. Creo que la vio, pero se hizo la tonta para no inducirme una llorera que hubiera sido difícil de sujetar.

—¿Lo dejamos aquí? —le propuse para que descansara. Ya era tarde y la noté fatigada.

—Tal vez tengas razón, cariño. Este será nuestro secreto. Cada noche te regalaré un relato, solo para ti, la noche que termine podrás comprenderlo todo.

CAPÍTULO 2. EL LUTHIER

Quizás fue la suerte, o puede que algo que escapa al entendimiento, lo que hizo que aquel día pasara un luthier por el aserradero donde descansaban los tablones del árbol. Un luthier en busca de madera para nuevos instrumentos. En su larga trayectoria profesional se había labrado un buen nombre, pero no había conseguido llegar más allá de los límites de la vieja ciudad donde residía. Sin embargo, él se sabía poseedor de una gran virtud, sabía que sus instrumentos algún día inmortalizarían su apellido. Construía los instrumentos aportando las cualidades de músico a las de carpintero, sumadas al don que lo acompañó desde su nacimiento y del que no supo nunca su nombre; poseía oído absoluto. Contar con la ventaja de percibir en la madera ciertos matices sonoros inapreciables por el resto de colegas de gremio, convirtió sus instrumentos en objetos de deseo para su círculo de músicos más cercano. Sabedor de su don, era cuestión de tiempo que algún día llegase a oídos de un gran músico sus proezas. Cuando eso sucediera, su vida cambiaría.

La oportunidad llegó de lejos, de más allá del océano, del nuevo continente. Fue entonces cuando comprendió que necesitaría una madera distinta para sorprender a su cliente especial, comprendió también que esto supondría el despegue que tanto había deseado. Había recorrido durante meses multitud de aserraderos y no había encontrado lo que buscaba, pero aquel día todo cambió, aquella madera era algo fuera de lo común: suave tersa, de un color intenso, tanto que se dispuso de inmediato a sacar de su mochila un palo redondo de madera con el que comenzó a golpear a lo largo de los tablones para hacer pruebas de resonancia. Buscó entre montañas de piezas, golpeando cada una de ellas escuchando su respuesta. Quería localizar los tablones más próximos al centro del árbol, por experiencia sabía que éstos eran los mejores, pero allí había demasiados, no era posible que provinieran todos de un solo ejemplar, se alarmó al pensar que podrían haber talado un bosque. Eligió un tablón que le resultó peculiar. Sobresalía un poco respecto al montón donde estaba apilado, sus bordes eran irregulares en algunos lados, no habían tenido cuidado al cortarlo. “Todos iguales menos éste”, pensó. “Qué curioso”, recapacitó y volvió a por él tras desecharlo en un primer instante.

—No está en venta, — gritó el obrero encargado de la custodia de los tablones. —Márchese de aquí ahora mismo, —insistió de forma grosera. El violero, descendió despacio con su tablón en la mano, haciendo caso omiso a las palabras del guarda. Una vez abajo, metió su mano en el bolsillo sin prisas, sacando una maraña de billetes que sin contar ofreció al vigilante.

—Nadie sabrá nada, esto es un negocio entre tú y yo—dijo el violero sin aspavientos, sin despegar los ojos del encargado que mantuvo la mirada sin parpadear, pero que terminó por agarrar el dinero y dar media vuelta.

—Está bien, pero no tarde mucho en marcharse de aquí—murmuró mientras se giraba colocando los billetes para contarlos en la garita.

Era una madera como pocas había visto hasta entonces, no era palosanto, ni ébano o caoba, ni siquiera koa. La estudió a fondo comprobando su densidad, dureza y contracción, para obtener información precisa sobre ella. Lo hacía siempre antes de construir un instrumento, pero no obtuvo pistas del tipo del árbol del que procedía. Preguntó a colegas del gremio, nadie supo decirle.

“Quizás proceda de un árbol exótico”, se dijo y no quiso dar más vueltas al asunto, centrándose en lo que realmente importaba. No dudó ni por un instante del éxito de su misión, contemplando entusiasmado el tablón veteado de forma singular.

Dedicó años y todo su talento en transformar aquel trozo de madera en algo extraordinario. Pasó noches enteras calibrando el diapasón, cortó con pericia las ranuras de los trastes para obtener una profundidad homogénea, se encerró en su taller durante días para lograr la belleza de una roseta digna del instrumento que pretendía construir. Calculó al milímetro lo que se alarga la cuerda al pisarse, evitando que el más mínimo error diera al traste con su esfuerzo.

En su búsqueda de la perfección se obsesionó con los barnices, buscando en tratados antiguos de alquimia la fórmula que permitiera proteger al instrumento dejando transpirar a la madera. Mezcló tinturas en fórmulas oleosas proporcionando un ligero toque de color que identificara su creación para así ensalzar su nombre. Cuidó con mimo todos los detalles de la construcción, de sobra sabía que al final cualquier error de cálculo, elección de la madera, colocación de las cuerdas, afectaría a la calidad del resultado, así que decidió que no sería la falta de esmero causa de ello.

La sorpresa llegó a posteriori, a pesar del esfuerzo, la sonoridad no era lo esperado para un instrumento de esa calidad y esto era el menor de sus males. Revisó todo el proceso intentando mejorar la resonancia. Se cuestionaba qué era lo que estaba haciendo mal, pero ensimismado en sus pensamientos giraba la cabeza de un lado para otro negando cualquier fallo por su parte. Su sueño se desvanecía y, en su desesperación por convertirla en algo único, todo se tornaba en lo contrario. No daba crédito a lo que estaba sucediendo, jamás había tenido entre sus manos una materia prima de tanta calidad y que diera peor resultado, no dejó de insistir y de lijar día y noche, alterando sus nervios y su salud. Daba por seguro que algo extraño sucedía y que se escapaba a sus cortos alcances. Tenía sueños raros y llegó a suponer que la madera estaba hechizada o embrujada, no sabía decir exactamente el qué. Cuando despertaba por las mañanas murmuraba.

—¡Paparruchas!,—negándose a dar una explicación irracional a todo lo que le estaba sucediendo, ni siquiera cuando las cuerdas saltaban al intentar afinarla. —¡Paparruchas!,— gruñía una y otra vez de forma huraña. Finalmente acabó colgándola en el escaparate.

CAPÍTULO 3. MARÍA

La pequeña niña, a diario, contemplaba absorta el cristal del escaparate. Tras él, una guitarra se ofrecía a la venta. Que ella recordara, siempre estuvo allí. Junto a la guitarra, violines, violonchelos y demás instrumentos de cuerda, componían lo expuesto en la tienda llamada: “CARLOTE E HIJOS”. Le entusiasmaba ese instrumento, aunque no tuviera claro el motivo. Tener la posibilidad de contemplarla a diario le resultaba un privilegio. Sin duda, era el instrumento que más le gustaba de todos los que allí se mostraban.

“CARLOTE E HIJOS” era un reconocido taller de reparación y construcción de instrumentos de cuerda. También se dedicaban a la venta. Había pasado de padres a hijos por varias generaciones, pero ahora solo quedaba Carlote al frente. Los hijos se marcharon lejos, a las nuevas tierras que ofrecían promesas de prosperidad y futuros prometedores. Carlote se negó a cerrar para marcharse con ellos. No por eso consintió en cambiar el nombre a su negocio.

–Algún día volverán cuando no consigan que su guitarra suene como han soñado– Se decía haciendo alusión a su particular desgracia.

Adoraba su trabajo, su ciudad, la rutina de saber qué era lo que le esperaba la mañana siguiente, pero sobre todo el olor a madera. Un Geppetto atemperado por los reveses menos previstos. Tal cual era su aspecto.

Una tarde, Carlote se percató de la rutinaria visita de aquella niña que miraba fijamente la guitarra como hipnotizada. Desde aquel día, estuvo pendiente de ella, admirando la forma en que pasaba las tardes pegada al escaparate. Se convirtió en un espectáculo para él, casi una costumbre. De reojo y escondido para no ser visto, trataba de entender el interés inusual hacia el instrumento que había supuesto para él un desastre a nivel profesional y una tragedia en lo personal. Observaba cómo de forma sutil se sentaba en el bordillo del escaparate y pegaba su diminuta nariz al cristal, entonces se quedaba absorta, paralizada casi, mirándolo. Tras las cortinas que daban al taller, intentaba entender la obsesión de aquella niña.

En ocasiones se le pasaba por la cabeza animarse a salir y preguntarle por qué hacía eso, por qué ese interés tan inusitado por la guitarra, por esa guitarra. Recordaba el día que, para salir de dudas, la cambió por otra de las muchas que almacenaba en el taller de similar aspecto. La pequeña mostró una mueca de desagrado al que siguió un conato de llanto. Se repuso, conteniendo con una profunda respiración su malestar. Al día siguiente, no fue necesario indicarle que todo estaba de nuevo en su lugar, como siempre lo había estado. Llegó y esbozando una sonrisa volvió a colocar ligeramente su nariz frente al cristal, evadiéndose de todo cuanto la rodeaba.

Fueron pasando los meses y un día Carlote decidió intervenir. Tomó la guitarra, salió a la puerta y le dijo:

–¿Te gusta?

Ni lo escuchó, absorta como estaba en su mundo. Sorprendentemente continuó diciendo:

–Te la regalo, es tuya. –Se sintió mejor pensando que acababa de realizar una buena acción. En definitiva, la guitarra era un trasto que le había ocasionado muchos quebraderos de cabeza y muy pocos beneficios económicos. Llevaba años en el escaparate. Todos cuantos se interesaron alguna vez por ella, la habían devuelto, reclamando la cuantiosa cifra que habían desembolsado. Tras esto, se preguntaba a qué músico le podría ofrecer una guitarra empeñada en desafinar y cuyas cuerdas se rompían tan fácil. No fueron pocas las veces que ideó hacer una hoguera enorme para verla arder, desprenderse de ella al fin. Pero eso fue justo antes de ver a esa niña.

María no podía creer lo que le estaba pasando, la tomó contra su pecho y agarrándose al cuello de Carlote lo besó y le dijo:

– ¡Gracias!¡gracias!

Por primera vez escuchaba su voz, le resultó curiosa. Temblaba de alegría mientras lo abrazaba.

Sintió sin un atisbo de duda que la guitarra estaba en las manos correctas, es como si todo encajara y hubiera un motivo para todo. Limpiándose las lágrimas le dijo:

–Cuídala mucho, tiene carácter. Me atrevería a decir que es una guitarra rebelde, como si eso fuera posible ¿verdad? Solo sé que he dedicado muchos años de mi vida a ella. Es tozuda como una mula vieja, te lo digo yo que la conozco bien.

Hablaba de ella como si fuera su novia o su mujer. Una mujer a la que adoraba pese a la diferencia de caracteres. El primer día que vio a la niña junto al escaparate comprendió que tal vez debía dejarla marchar, que su parte en esa historia había concluido, –“todo fluye” –se dijo.

–Seguro que sabrás hacerla sonar – intuía que ella podría conseguirlo sintiéndose feliz y contrariado al mismo tiempo. Dejaba marchar el instrumento que debía haberle dado la fama necesaria para alcanzar la gloria, habría resuelto su jubilación y proporcionado el viaje de sus sueños.

–Solo una cosa más, me encantaría saber tu nombre.

–Me llamo María–dijo mientras sonreía.

Ya no parecía tan excesivamente delgada, ni tan descuidada de aspecto. No mostraba la palidez de otros días o incluso el instante anterior.

–¿Querrás tocarme alguna pieza cuándo aprendas a tocar?, me alegrarías la vida.

–Algún día, señor, no lo dude–afirmó la pequeña mientras se alejaba saltando.

Al volver a casa nadie la vio entrar a su habitación. Con sumo cuidado guardó el instrumento debajo de la cama tapando con la colcha la visión. Bajó a cenar como lo hacía todas las noches. Tan solo su hermano pequeño se dio cuenta que algo había sucedido, cuando notó el leve temblor en la comisura de los labios tratando de evitar que se le escapara una sonrisa.

CAPÍTULO 4. EL BARCO

—¡Buenos días! —El señor Ferrer, como ordenaba ser llamado, se dirigió a su junta general tras mirar de soslayo a los presentes, evitando fijar la mirada en alguien en concreto. La gravedad y el tono de voz usado para dar los buenos días no hacían presagiar nada agradable. Nadie devolvió el saludo por miedo a incomodar o a provocar una reacción negativa que desatara su ira, evitando por omisión, obrar de una forma displicente.

—Os he vuelto reunir para hablar sobre el último informe que ha llegado a mis manos, — levantó las cejas oteando por encima de las gafas para la presbicia que se habían desplazado hacia la punta de la nariz. Esta vez detuvo la mirada en cada uno de ellos, indicando con las cejas el nivel de desagrado.

—No entiendo dónde se encuentra la dificultad…, —Se hincó en el sillón sin dejar de mirar el plano de un barco del que no se separaba.

Acostumbrado a comprar conciencias e impedimentos, le resultaba contradictorio no dar con un simple árbol.

—Hemos dado con un bosque en el interior de la isla de Anchurica. No estamos seguros de poder encontrar lo que buscamos, pero tenemos noticias de que allí puede quedar una reserva de árboles milenarios. El señor James lo ha comprobado revisando documentos de exploraciones hechas varios siglos atrás. Sería la última oportunidad para dar con lo que quiere. No hay más lugares en los que buscar. —Sentenció Tanenbaum sin evitar la mirada esta vez. Estaba tranquilo. Le hubiera encantado soltarle a la cara que lo que buscaba no existía, ¿por qué no conformarse con varios ejemplares de la misma especie? «maldito bastardo», pensó.

La localización del árbol supuso una odisea, pero más aún lo fue la construcción del navío. A la complejidad del diseño se unieron, continuos cambios, revisiones y una ostentosa decoración. “Un barco con un diseño innovador basado en embarcaciones históricas de grandes dimensiones”. Ferrer soñaba con construirse una embarcación digna de un rey, a imagen y semejanza del “soberano de los mares”. Este era el barco que obsesionaba a su padre, aficionado al modelismo naval.

—Es el mejor y más lujoso barco jamás construido, —le repetía día tras día, mientras que con pericia y tesón de cirujano colocaba el enésimo cañón de la maqueta de la majestuosa embarcación— fue ordenado construir por Carlos I de Inglaterra, en 1634, desde entonces no se ha logrado construir nada parecido, hijo.

—Yo lo construiré en tu memoria, padre…—una mueca de desprecio apareció en su rostro—lástima que no estés vivo para ver la grandeza de tu “pequeño desastre”. Será un barco de recreo donde descansar y divertirme, allí haré mis mejores negocios—siempre buscaba el beneficio económico por encima de todo, incluso de su particular venganza.

Sus deseos fueron cumplidos y el barco se construyó tal cual lo había imaginado. Para evitar el polvo y las inconveniencias, no fue a verlo hasta que no terminó su construcción, el día de su botadura.

El calor apretaba, eran ya casi las tres de la tarde cuando llegó al astillero. Una suerte de legión de acólitos aduladores acompañaba a Ferrer. Al pararse frente al navío, justo cuando alzó la mirada para verlo por primera vez, sintió curiosidad por cómo debió ser el tamaño del árbol que había dado lugar a semejante belleza.

—¡Es glorioso! —un vahído siguió a la exclamación e hizo que cayera al suelo perdiendo la conciencia por unos segundos. Fue socorrido recobrando la normalidad con cierta dificultad.

Cuando daba a su término la ceremonia, un marinero de la tripulación gritó alarmado, tuvieron que desalojar el barco: hacía aguas. No sabían el motivo, pero el agua del mar se filtraba por todos lados, era imposible localizar el origen. En los camarotes inferiores comenzaron a acumularse grandes cantidades y se llegó a pensar que se hundiría allí mismo. No fue así.

Lo que sí se hundió fue el orgullo de quien lo mandó construir y flotaron la rabia y el desprecio hacia el barco que se convirtió en su vergüenza pública.

Pasaron años sin que pudieran dar solución al problema. Cuando lo consiguieron, al adentrarse mar adentro para probar la embarcación, el barco erraba en su gobierno, como si contara con voluntad propia, ajeno a órdenes de capitanes o sometido a maniobras de tripulación.

Terminaron por abandonarlo en un cementerio de barcos.

CAPÍTULO 5. ENCUENTRO

—Me sugeriste que todo comenzó cuando talaron el árbol, pero todo comenzó cuando ese señor…—traté de que me explicara por qué iba saltando hacia delante y hacia atrás en vez de seguir una línea recta para contar los hechos.

—Se trata de encajar piezas, cariño, ten paciencia.

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Por fin lo encontró. Habían pasado muchos años desde la última vez que estuvo dentro. Cerró los ojos inhalando y exhalando todo lo despacio que pudo, contemplándolo desde el muelle en el fondeadero de desguace.

La terquedad que heredó de su padre lo llevó hasta allí. De él recordaba casi todo: su fuerza descomunal, su aspecto descuidado y su ternura. Le hacía señales para que estuviera siempre atento. Debía volverse invisible o lo despedirían del trabajo. “Nadie contrata a un carpintero con un hijo pequeño”.

Aprendió a moverse a su lado como una sombra, atento al contratista que aparecía de improvisto, además de a las horas señaladas: las siete, las once y las cuatro de la tarde. Todos le temían, siempre atemorizando con sus voces. La cuadrilla ayudaba a Rodrigo protegiendo al crío.

Los recuerdos de su pasado estaban allí, en ese lugar, todo circunscrito a ese barco, al astillero. Como un flash, vinieron a su mente los días de trabajo. Un hervidero de hombres encaramados a andamios colocando tablones de madera un día tras otro. Su padre era uno de ellos.

Rodrigo entrevió que en no mucho tiempo, si lograba no ser descubierto, podría emplear a su hijo como aprendiz. Ciertos trabajos requerían de pequeñas manos que realizaran labores más precisas, por lo que entendió que explicar todo cuanto allí se hacía y cómo funcionaban las cosas, aunque la edad no fuera la adecuada, podría garantizar un futuro a su lado.

—Ya eres mío. —Ese barco lo entusiasmaba, conocía cada rincón, cada esquina. Había jugado en él miles de veces desde que comenzó su construcción. Lo podía recorrer con los ojos cerrados porque muchas eran las noches que dormía en su interior, cuando las jornadas de trabajo se extendían como algo cotidiano.

Deseaba quedarse dormido porque era entonces cuando sentía la presencia de su madre a su lado, besándolo. Guardó el secreto por expreso deseo de ella. Por nada de este mundo pondría en riesgo esos momentos. A veces dudaba que se tratara de un sueño. Solo la veía cuando dormía en el barco. Ella le acariciaba el pelo y el rostro mientras musitaba palabras de amor a su oído. Quizás por eso se sentía tan bien en él y lo buscó con tanta vehemencia.

Cuando se vio obligado a abandonarlo, había crecido lo suficiente como para manejar con habilidad gubias, formones y escofinas. “La vista es el mejor maestro”, le recordaba su padre cada día. Ya no se escondía del malhablado capataz, que vio en el muchacho un virtuosismo poco usual para un crío de su edad. Jamás le mostró un buen gesto, pero de vez en cuando hacía la vista gorda con su padre, dejándolo descansar sin hostigarlo.

Rodrigo retomó entonces su oficio de marinero. En el fondo lo anhelaba, era un hombre de mar. Con el dinero ahorrado compró un pequeño velero permitiéndose el capricho de disfrutar de un tiempo sin ataduras junto a su hijo. “Los hombres de mar no amarran en ningún puerto, el mar es su casa”.

El oleaje desvió su camino cuando navegaban cerca del mar de las zozobras. Gonzalo había descubierto la isla en uno de los mapas, y por alguna razón había convencido a su padre para llegar hasta allí.

—He escuchado alguna historia sobre ese mar a los viejos navegantes, no aconsejan acercarse, es arriesgado, Gonzalo.

—No imaginaba que fueras un cobarde a estas alturas, padre.

La mala mar pudo con ellos, pese a los esfuerzos por manejar la embarcación, que terminó cediendo al oleaje deshaciéndose en pedazos. La suerte estuvo de su lado y amarrados a un tablón permanecieron a la deriva por un par de días hasta que avistaron tierra firme, siendo rescatados por los lugareños.

—¿Estamos en Anchurica, padre? —insistía Gonzalo intentando averiguar su paradero.

—No tengo idea de donde andamos, pero no creo que estemos cerca de ninguna ciudad—sabía que tardarían tiempo en volver.

Habían llegado a una pequeña isla de pescadores. Se encontraban aislados, salir de allí supondría varias semanas de navegación. Necesitaban un barco con cierta solidez para volver.

Aquel lugar era primitivo, pero no era Anchurica, eso lo supo cuando puso los pies en tierra firme. La vegetación no era frondosa, ni el mar latía enfurecido. Invitaba a sumergirse, a retozar en su arena como si nada importara. Los días transcurrían despacio, no con la premura de los días en el astillero.

En aquel lugar el cielo revelaba sus secretos. Bastaba con contemplar las nubes y sus formas, olfatear el aire de manera profunda para entender qué pasaría a continuación. Al caer la noche, la cúpula celeste mostraba en forma de tapete bordado de estrellas, cuanto se necesitaba saber para orientarse en la oscuridad.

Pero una inquietud tiraba de él, debía encontrar el navío.

Rodrigo no lo acompaño en este viaje, dejar ir es una forma de querer, y él había encontrado un hogar al que aferrarse.

Cerró los ojos al alcanzar la cubierta. Inhaló y exhaló despacio, posponiendo la recompensa de contemplarlo de nuevo por dentro.

—¡Cómo han podido hacerte esto! —se arrodilló al abrir los ojos.

—No fuiste construido para terminar de esta manera, —gimió.

—No para terminar fondeado junto a estas naves muertas. ¡Tú no estás muerto! —sollozó deseando que el barco lo escuchara. Desde el muelle no parecía tan deteriorado. El casco mantenía su grandeza, conservaba el aroma penetrante a aquella madera que podía diferenciar de cualquier otra. Tuvo ganas de maldecir, de enfrentar su rabia contra el culpable de aquello.

  • —Puede que algún día te encuentre y te de tu merecido…, — la misma furia que lo hincó al suelo lo impulsó a levantarse. Quería comprobar con sus propios ojos cuál era alcance del saqueo. Lo habían destrozado por dentro, no quedaba nada de valor, pero eso a él no le importaba. Corrió a proa, encaramándose al mascarón. Con sus dedos recorrió las facciones de la figura de mujer que un día esculpió con sus propias manos.
  • Un crujido secó seguido de un brusco movimiento de la embarcación hizo que se descolgara. Casi cae al mar. Se alzó con fuerza agarrándose para trepar por el casco. Buscó los salientes, sabía dónde estaban. El barco comenzó a moverse con pereza. Tras varios crujidos, se desancló del fondo rompiendo las cadenas que lo amarraban al muelle. Gonzalo no pudo saltar, tampoco lo hubiera hecho de haber podido. Se deslizó mar a dentro.
  • CAPÍTULO 6.
  • No sabía cómo sonaría. Por eso cuando la sacó de su escondite y acarició despacio las cuerdas, el sonido producido no suscitó en ella la emoción que esperaba. Aun así, no paró de rasgar sus cuerdas porque la vibración cosquilleaba, además de sus dedos, su cuerpo entero. Notó un pequeño terremoto.
  • —Eres una guitarra, ¿tendrás que sonar?, ¿no? —se animó a hablarle, le apetecía hacerlo.
  • —Tendré que aprender a tocarte, seguro que si lo consigo me contarás tus cosas y yo te contaré las mías.
  • Cuando rasgaba despacio las cuerdas, en los primeros intentos, los acordes fluían con ciertos matices reconocibles, pero eran pocos los intentos que llegaban a buen término. A pesar de su paciencia, perdía los estribos cuando tras practicar con insistencia, confundía notas, perdiendo el interés al ver el resultado.
  • —Querías estar conmigo, me llamaste, y ahora no me haces caso—ya no era tan pequeña, pero su hermetismo seguía intacto respecto al resto del mundo. Necesitaba la guitarra para comunicarse, daba igual que fuera un objeto inanimado, ella no lo percibía así.
  • —Puedo llevarte de vuelta, con Carlote, creo que anhelas tu escaparate, no quieres estar con nadie—la amenazó.

—Tenía razón, eres un instrumento triste, como yo, pero dos tristezas son demasiado para mí. No entiendo por qué me elegiste—le dijo llorando el día que volvió con la ropa destrozada del colegio, tirando la mochila al suelo pateándola. Todos la decepcionaban. Recordó a Carlote, lo mucho que había sufrido, a ella le haría lo mismo. La tomó por el mástil con la intención de llevarla de vuelta a la tienda, pero recapacitó un momento. Debía despedirse antes de deshacerse de ella. Se tumbó en la cama para darle un último abrazo.

En ese momento pensó que nada era como necesitaba que fuera, todo el mundo le fallaba. Necesitaba llorar, para que el llanto se llevara el dolor que sentía. Necesitaba que las lágrimas alejaran las burlas, las risas cómplices, los golpes. Compartió sin darse cuenta el sufrimiento que albergaba mientras la amarraba a su pecho, para que lo sintiera.

—Tú no tienes la culpa de nada, lo siento, no he debido pagarlo contigo. Sus dedos se acercaron a las cuerdas, pellizcándolas despacio.

—No te preocupes, aunque no quieras sonar no me importa, solo quiero que no me dejes nunca, tu no.

Sus dedos se relajaron, estaba tranquila y se dejaba llevar. Las notas musicales cobraron sentido en forma de una melodía triste pero que la reconfortaba. El instrumento la indujo a un estado de semiinconsciencia donde la música se fundía con visiones que no llegó a entender, templando el dolor.

—Todos somos tú—terminó tarareando mientras acompañaba con su voz a la guitarra.

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