Me imagine vestir un traje de tela de aquel color que resaltara mis rasgos físicos y el tono de piel, llevar el cabello suelto y para más comodidad lucir un par de zapatillas, pero no fue así.
Jamás me imagine que llegaría el día en el que tuviera que salir del trabajo que lo había visto como un hogar, en donde encontré personas que me enseñaron el valor del trabajo en equipo, a ser familia, aunque no se comparta sangre, y sin importar la hora del día siempre había algo que aprender.
Había pasado grandes madrugadas y noches en las que el sueño parecía visitarme de 23:00 pm a 02:00 am y sabía que tenía que moverme para no cerrar los ojos. A veces en el primer piso, y otras ocasiones en el último piso para ver como la neblina cubría todo el edificio o como la luna estaba rondando su último turno de la noche.
De la experiencia aprendí mucho, dicen que tener experiencia es dominar algo a la perfección o saber cómo reaccionar ante una situación en específico y entonces yo entendía que la experiencia no era dominarlo todo porque cada día había algo nuevo que aprender.
Aprender lo que significa ser empático con quien tiene problemas en la casa, pero aun así estaba cumpliendo sus responsabilidades como padre en el trabajo, a entender que es más fácil dar órdenes que ejecutarlas con un grupo de trabajo y de allí me lleve la gran lección de mi vida: es fácil hablar con la boca. Aquella frase hasta el día de hoy me ha dejado grandes pensamientos y es el valor de saber liderar y entender de que va los procesos a nivel personal y profesional.
Entonces el día menos imaginado hace 4 años atrás llego, tuve que decir adiós y renunciar a no sentirme parte de un equipo, a insistir en hacer algo nuevo y luchar contra el «siempre lo hicimos así y no he tenido problemas, no tengo necesidad de hacer algo nuevo».
Estoy consciente de que el dominio que tengo hoy en día en algo especifico es a los años de trabajo y haber enfrentado diferentes problemas con un equipo en el que todos opinábamos para sacar una solución, y me entusiasme con la idea de tener otro puesto de trabajo y conseguirme mejores cosas para el desarrollo de la empresa y al final no fue así.
En el camino me encontré con personas que me transmitieron sus conocimientos sin tener que pagar por el mismo, todo lo atribuían a la forma de conversar que tenía con ellos y esa curiosidad intacta que se había mantenido desde el primer día que pisé las instalaciones de aquel trabajo.
Aquel día que fue el último, recorrí cada piso que se volvió mi hogar y donde aprendí que si una maquina sonaba diferente era por alguna causa en específico, en donde un atascamiento del proceso debía revisarse, y sin pensarlo fui encontrando a cada uno de mis sobrinos, así llegué a llamar a los compañeros de trabajo que tuve, o más bien ellos me llamaban tía por tener la personalidad que mantuve al liderarlos. Siempre con respeto, con la única finalidad de sacar lo mejor de ellos y no hacer que caigan en el engaño de que si otro se porta mal porque no tener ese comportamiento compartido entre todo el grupo.
La despedida que me hicieron mis compañeros de trabajo me dio muchas ganas de llorar, pues quien hablaron resaltaron las cualidades que tal vez estaba dando por perdidas y lo que más me resulto curioso es que quien más aprecio mostraba fueron personas de otro departamento y las personas que no llevaban mucho tiempo compartiendo.
De cada día tengo para escribir una historia diferente, pues había visto trabajar a una persona de la tercera edad como si fuera uno de 20 años, a un padre que tuvo un accidente en el que perdió 3 dedos y seguía luchando por la felicidad que construía con su familia, y a mí mismo anterior jefe que había mencionado tener un cuadro de estrés crónico por el trabajo. Me preguntaba si hacia las cosas bien al renunciar, pero tener que estar inyectándome para el estrés no era un buen indicativo de que las cosas estén bien.
Y en efecto, jamás vestí de traje, siempre use pantalón jeans y blusa con reflectivos, un caso blanco, zapatos de seguridad y además de ello mi chaleco característico, ese que decía a donde sea que fuese: buenos días, buenas tardes, gracias, por favor, regáleme 5 minutos y demás. Descubrí un grupo de personas que las sentí cercanas e incluso conocí al amor de mi vida y quien fue ese curita y pilar de mis momentos más difíciles.
Así que al final, aunque perdía un trabajo estable por así definirlo, gane, gane el cariño sincero de algunas personas, el amor y sobre todo el carácter para decir hasta hoy, gracias.
Lo que viene después tengo que asegurarme de que sea algo que valga la pena, la tranquilidad y el desarrollo personal. Si algún día regreso a este capítulo, decir valió la pena, valió cada segundo que fue el final y el inicio de algo nuevo.
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