Ecos de un recuerdo olvidado

Ecos de un recuerdo olvidado

Hans Schmidt

14/01/2026

La cafetería estaba casi vacía. La luz cálida de las lámparas creaba sombras largas sobre la mesa de madera. Elena jugueteaba con un sobre de azúcar, sin poder quitarse una duda de la cabeza.

 Llevaban apenas tres citas, pero había algo en él que la desarmaba. No era solo que fuera lindo o que sus 25 años le dieran una seguridad que los chicos de 18 no tenían; era algo más profundo, casi instintivo.

—¿Te pasa algo? —preguntó Julián con una media sonrisa.

—Julián, tengo que preguntarte algo —empezó ella, bajando la voz—. ¿Por qué siempre pedís chocolate caliente con una pizca de canela para mí? Ni siquiera te lo pedí la primera vez, solo lo pusiste frente a mí.

Julián frunció el ceño, recostándose en la silla. Se quedó mirando el vapor que subía de su taza.

—Que sé yo—confesó él, y su voz sonó extrañamente honesta—. Es un impulso. Como cuando te veo caminar por el borde de la acera y siento un vacío en el estómago, como que vas a tropezar.

—A mí me pasa con tu risa —respondió ella en un susurro—. La escucho y siento que estoy en un lugar seguro. No es «mariposas en el estómago» de una cita normal. Es… paz. Como volver a casa. A veces decis cosas que me resultan extrañamente familiares. Como cuando antes de cruzar la calle me pusiste la mano en el hombro y dijiste «Ojito con el escalón». Mi mamá dice exactamente lo mismo, con el mismo tono.

Julián soltó una risita suave, pero no dijo nada. Se limitó a mirarla con una ternura que Elena no terminaba de descifrar.

—Julián, me resulta raro —dijo Elena, dejando el tenedor—. Siento que me conocés mejor de lo que debería alguien que acaba de conocerme. ¿Alguna vez nos vimos? ¿En la escuela? ¿En el barrio?

Julián sacudió la cabeza, tratando de forzar su memoria.

—Hay una imagen que me viene a la mente desde que empezamos a salir. Una alfombra azul con dibujos de nubes. Yo estoy sentado ahí, jugando con unos cubos de madera, y hay alguien… alguien pequeño que siempre me quita el cubo rojo.

Elena se quedó helada.

—En el galpón de mi casa hay una caja con juguetes viejos. Hay cubos de madera. Y falta el rojo. Mamá dice que lo perdí de bebé.

—Esperá —Julián se inclinó hacia adelante, su expresión se volvió seria—. Mi mamá… ella siempre menciona a una amiga, «La tía Marta». Me decía que de chico yo era muy pegado a ella.

—¡Marta es mi mamá! —dijo Elena, sintiendo un escalofrío—. Pero ella nunca me habló de un Julián. Solo mencionaba al «hijo de Lucía», que le ayudaba con los mandados.

—Lucía es mi vieja—soltó él, casi sin aliento.

El silencio se volvió denso. Los dos empezaron a unir los puntos en voz alta, como si leyeran un guión olvidado:

—Vos tenías 8 años —calculó Elena—. Tu mamá te llevaba a mi casa porque no tenía con quién dejarte…

—Y tu mamá —siguió él—, estaba desesperada porque no podía pagar una niñera y tenía que cubrir turnos en el hospital. 

Julián cerró los ojos con fuerza. Un recuerdo nítido lo golpeó.

—El lazo amarillo.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Tenías un lazo amarillo que siempre te quitabas y te metías en la boca. Yo me pasaba horas distrayéndote para que no te ahogaras. Me dabas un trabajo terrible —soltó una carcajada nerviosa, con los ojos empañados—. Ella confiaba en mí. Yo no era un «nene», Elena. Yo era el encargado de que no te pasara nada mientras ella dormía una siesta de dos horas antes de su turno.

Julián suspiró, dejando de lado el misterio. Sacó su teléfono y buscó en la galería de fotos guardadas en la nube.

En la imagen, un niño de unos 8 o 9 años, con la misma mirada responsable de ahora, sostenía en brazos a una bebé de mejillas rosadas que apenas empezaba a caminar. La bebé tenía un lazo amarillo en el pelo.

—Mi mamá es la mejor amiga de la tuya, Elena. Cuando tenías un año y medio, tu mamá volvió a trabajar a tiempo completo y no encontraba a nadie de confianza. Mi madre le sugirió que yo, a pesar de ser un niño, podía ayudarte mientras ellas tomaban café o hacían las cuentas en la habitación de al lado.

Elena abrió los ojos de par en par, procesando la imagen.

—Noooo… ¡Fuiste mi niñero! —susurró ella, entre la risa y el asombro.

—El más dedicado —respondió él—. Te cuidé durante casi dos años. Te enseñé a no tenerle miedo a los perros y a comer manzanas sin cáscara. Mi mamá siempre decía que era el único trabajo que me tomaba en serio. 

—¿Y qué pasó después?

—Nos mudamos de ciudad y perdimos el contacto, hasta que te vi hace unos meses y… bueno, empecé a sospechar que eras vos por esa forma que tenés de arrugar la nariz cuando pensás.

Elena estiró la mano y tocó la de él. Ahora todo tenía sentido: la sobreprotección de Julián, su conocimiento de sus miedos irracionales, esa familiaridad eléctrica.

—Nos estamos reencontrando—  dijo ella, mirándolo con una sonrisa dulce.

Julián la miró, todavía procesando que la bebé que cuidaba con tanta responsabilidad era ahora la hermosa mujer que tenía frente a él.

Los siguientes días Elena y Julián no podían dejar de enviarse mensajes con nuevos detalles que recordaban: una cicatriz en la rodilla de él que ella recordaba haber visto mientras gateaba, o el olor de un talco específico que a Julián le devolvía imágenes de una cuna de madera. Y surgió la necesidad de blanquear la situación ante sus madres.

—No podemos simplemente decírselo por teléfono —había dicho Elena—. Necesitamos verles las caras.

Eligieron una cafetería antigua, con mesas de mármol y olor a café recién molido. Elena llegó primero con su madre, Marta, quien no paraba de quejarse del tráfico.

—Elena, hija, ¿para qué tanto misterio? Podíamos haber merendado en casa, y más barato—decía Marta, acomodándose el abrigo.

—Es un lugar nuevo, mami. Relajate.

Cinco minutos después, la campana de la puerta sonó. Julián entró del brazo de Lucía, una mujer de mirada vivaz que hablaba animadamente con su hijo. Los dos se dirigieron directamente a la mesa donde estaban Elena y Marta.

Marta levantó la vista y se quedó congelada con la taza de té a mitad de camino. Lucía, al ver a su amiga, soltó un pequeño grito de sorpresa y se llevó las manos a la boca.

—¿Marta? —balbuceó Lucía—. Pero… ¿qué hacés aquí?

—¿Lucía? No nos vemos hace años… desde que se mudaron a la capital —Marta miró a su hija y luego a Julián—. Pará un poquito… Julián, ¿Sos vos? ¡Pero si ya sos un hombre!

Julián sonrió, dándole un beso en la mejilla a la madre de Elena.

—Hola, tía Marta. Un poco más alto que la última vez, supongo.

Las dos madres se abrazaron con la efusividad de quien recupera un tesoro perdido, pero la confusión no tardó en llegar. Se sentaron juntas, dejando a los jóvenes frente a ellas.

—Qué coincidencia tan increíble —dijo Lucía, secándose una lágrima—. Que nos encontremos justo hoy, en el mismo café…

—No fue una coincidencia, mamá —intervino Elena, mirando a Julián con una complicidad que no pasó desapercibida para las mujeres.

El silencio cayó sobre la mesa mientras las dos madres procesaban la situación. Miraron a Elena, luego a Julián, y finalmente se miraron entre ellas.

—Ustedes dos… ¿se conocen? —preguntó Marta con cautela.

—Estamos saliendo, mamá —dijo Elena con naturalidad—. Aunque técnicamente, nuestra primera cita fue hace diecisiete años, cuando Julián me cuidaba mientras vos trabajabas en el hospital.

Marta se puso roja de golpe, mientras Lucía soltaba una carcajada sonora.

—¡Lo sabía! —exclamó Lucía, golpeando la mesa suavemente—. Julián, siempre me preguntabas por «la nena del lazo amarillo» cuando eras chico. ¡Pasaste meses triste cuando nos mudamos porque decías que nadie la iba a cuidar tan bien como vos!

—¡Y yo! —añadió Marta, todavía en shock—. Julián era el único que lograba que Elena se durmiera sin llorar. Yo te pagaba con galletitas y revistas, ¿te acuerdas? Eras el niño más responsable del mundo. Me salvaste la vida en aquellos años, Julián.

La tarde se transformó en un desfile de anécdotas. Las madres empezaron a sacar fotos de sus billeteras y teléfonos: Elena aprendiendo a caminar apoyada en los hombros de un Julián de ocho años; Julián dándole una mamadera con una seriedad absoluta; ambos dormidos en el mismo sofá, rendidos después de una tarde de juegos.

Elena miró a Julián por encima de la mesa. El misterio se había resuelto, pero la conexión se sentía más fuerte que nunca. Ya no eran solo un chico y una chica que se gustaban; eran dos historias que se habían pausado y que, finalmente, habían encontrado el camino para continuar.

—Bueno —dijo Marta, mirando a Julián con ojos de suegra pero también de vieja amiga—, espero que ahora que sos más grande, sigas siendo igual de responsable con ella. Aunque creo que ya no aceptás masitas como pago.

Julián tomó la mano de Elena bajo la mesa.

—Esta vez, el trabajo es para toda la vida, tía.

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