El sillón era relativamente cómodo. Al menos eso parecía. Al menos esa fue la sensación mientras duró la espera en la sala de preparación.

Una espera no esperada, ya que por esas cosas que tiene la burocracia administrativa, quizás se prolongó algo más de lo debido. De todas maneras, no fue tan grave.

Estábamos citados a las 15:00, y llegamos quince minutos antes.

Luego del papeleo de admisión, nos mandaron directamente al piso de internación.

Allí, el primer encuentro con ese modelo de sillón: un silloncito de esos que parece que el respaldo te abraza toda la espalda y se prolonga hacia los lados, transformándose también en apoyabrazos.

De frente, a primera vista: la sala de espera del séptimo piso era un espacio algo amplio, de forma circular. Claro, daba justo a la esquina de Callao y Lavalle, mirando hacia la Facultad de Medicina.

El ventanal, alto de piso a techo, de dos puertas y con cancel del lado de afuera, dejaba ver la verde cúpula de la Iglesia del Salvador.

Allí habremos esperado no más de quince o veinte minutos.

Luego nos dijeron que, como la habitación designada todavía no estaba lista, era mejor bajar un piso y esperar directamente en la sala previa de preparación antes del ingreso al quirófano.

Bajamos ese piso por la angosta escalera que rodeaba un viejo ascensor modernizado, pero en reparación.

El ascensor por el cual habíamos subido previamente al séptimo piso era moderno, de esos que se instalaron mucho tiempo después en un edificio de muchos años. El primer ascensor era chico, con capacidad para no más de tres ocupantes. No apto para claustrofóbicos.

Ya instalados, luego de haber sido recibidos por un enfermero que nos acomodó en una especie de box individual, al cual le dio más privacidad aún desplegando un biombo de varios cuerpos, de esos de acero inoxidable y tela blanca.

Quedamos como escondidos.

El sillón en el cual debía esperar Dani era de esos que verdaderamente te invitan a quedarte a vivir ahí. Esos mullidos, en los que te hundís.

Yo tuve el segundo encuentro con un sillón similar al del séptimo piso.

Nos acomodamos. El enfermero bajó unas cortinas blackout que dejaban ver solo una parte: la parte inferior de la ventana de piso a techo. Ventana de madera de dos hojas. En este caso, sin la cancel exterior.

Ventana con balcón, pero balcón francés: esos en los que no entra nada más que una maceta, en el caso de que uno pretendiera poner algo afuera de la habitación. Balcón con reja de hierro forjado con ornamentaciones.

Esas ornamentaciones formaban una especie de mira telescópica que, sumado al poco espacio libre que dejaba al descubierto la blackout, hacían que únicamente se observara de la vereda de enfrente una ventana.

¿Qué universo había apenas veinte o treinta metros enfrente, en diagonal directa hacia abajo?

📚 El Universo de la Ventana

En un primer instante, imaginé que esa ventana era el cubículo de un bibliotecario obsesivo. Lo veía encorvado sobre un escritorio de roble; una lámpara de tulipa amarilla arrojaba un círculo de luz sobre volúmenes polvorientos. No. No era ni una biblioteca, ni una oficina pública, sino el archivo secreto de la avenida Callao. El lugar donde se guardaban los nombres de todos los que alguna vez se habían sentado en este mismo sillón, el de la vereda de enfrente. Él, el bibliotecario, el escribiente, el hombre encorvado, anotaría con pluma la duración exacta de mi espera, un dato tan inútil como necesario para completar su vasto, silencioso y abrumador inventario del tiempo de otros.

Luego, la escena cambiaba sutilmente. La luz ahora era más azul, más fría. De repente, el cuarto se transformaba en el taller de un relojero desmemoriado. Un anciano de lupas colgadas al cuello, rodeado de infinitas piezas diminutas: resortes, piñones, rubíes. No arreglaba el tiempo, sino que lo desarmaba. Lo veía intentando volver a ensamblar los quince minutos que llegamos temprano, o reconstruir la media hora de más que nos había regalado la burocracia. Sus manos temblaban, incapaces de restaurar el tiempo perfecto de la vida de un extraño, atrapado en un piso superior, en una sala de espera, de un edificio de enfrente.

Y finalmente, la más aterradora de las visiones: la ventana estaba vacía. La luz que yo percibía no venía de una lámpara, sino de un hueco en la pared. Era la misma luz blanca, potente, incandescente, cegadora, de los pasillos de la clínica reflejada en un espejo y aumentada mil veces. El universo de enfrente era, de hecho, este mismo universo, pero visto en diferido, un eco de mi propia ansiedad. Un recordatorio de que, incluso en el encierro de un box con biombo, no estamos solos. Hay otros ojos, otras ventanas, otras ansiedades mirando siempre hacia el mismo lugar, esperando pacientes. La ventana no era un escape; era el reflejo de mi propia burbuja de miedo.

Me hundí un poco más en el sillón, ese silloncito repetido en los diferentes ambientes, que luego, agradecido, me convenció de que, al menos, en este universo de espera, la espalda estuviera tan bien abrazada. El enfermero carraspeó. La puerta se abrió. El biombo fue plegado y el tiempo, ya desarmado o inventariado, estaba

a punto de reanudarse.

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